Paloma Sin Nido, la vida de una militante de la Unión Patriótica a través de la poesía

Este relato está articulado por una selección de fragmentos de la obra que Luz Odilia León escribió sobre su experiencia como luchadora social.

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Paloma Sin Nido cuenta la historia de Luz Odilia León y hace un homenaje a todas las víctimas de su familia a través de la poesía.
Cortesía

Soy Luz Odilia León. Nací en 1951 en el municipio de la Palma, Cundinamarca. No tenía cuarenta días de nacida cuando intentaron matar a mis padres. No conocí a mi abuelo paterno porque los Chulavitas lo asesinaron. Nos persiguieron, perdimos todo y tuvimos que escondernos. Por los rumores de que La Violencia iba a continuar, nos fuimos desplazados por varios municipios de Cundinamarca hasta llegar a Yacopí. Vivíamos a la entrada, en la primera vereda, en una finquita alquilada. Cuando mi padre murió, dejé de estudiar. Mi madre estaba enferma, pero con mis hermanos empezamos a trabajar la tierra y los animales.

A mediados de los años sesenta, mi hermano mayor se fue al Meta en busca de mejores oportunidades de trabajo y conoció el Sindicato Agrario del llano y el Partido Comunista. Cuando volvió, llegó con el cuento de la igualdad. Decía que había que combatir la pobreza y la injusticia. En Yacopí el Partido era clandestino, pero siempre que salíamos al pueblo los campesinos le decían camarada, compraba libros, hacía reuniones, se le veía feliz y entonces empecé a sospechar.  Un día, cuando invitó a sus amigos a la casa y me mandaron al pueblo a recoger el periódico Voz Proletaria, descubrí en lo que andaba mi hermano. Uno de sus amigos, de los que fueron esa noche a mi casa, años más tarde, sería mi compañero.

Empezamos de cero, con las manos vacías. En medio del hambre y de la pobreza construimos la casa. Abelardo Aguirre, otro camarada de mi hermano, iba todos los días a ayudar. Mezclaba cemento, buscaba madera, ponía los ladrillos. Una tarde, después del almuerzo, cuando estábamos solos, me regaló los estatutos de la Juventud Comunista (JUCO). Empecé a leer y me enamoré.

Días después llegaron tres dirigentes del Partido que iban a dormir en la casa. Uno de ellos, el más especial, era el compañero Javier Vaquero. Desde que me conoció estuvo pendiente de que me vinculara y se convirtió en mi obstinado consejero.Yo no era capaz de abandonar a mi madre, pero la JUCO me encantó. La gente era muy bonita, había hombres y mujeres muy pilos. A los 19 años, en 1970, terminé la pre-militancia y meses después comenzó el proceso de la Unión Nacional de Oposición (UNO). Una tarde Javier llegó a la casa y le dijo a mis hermanos que me dejaran ir a un evento de la campaña, y así fue. Cuando llegamos, me postuló para que hablara al día siguiente. Sería mi primera intervención en público. Estaba nerviosa y me aprendí unas coplas. A los asistentes les gustó mucho mi discurso ¡Así es que se le habla a la gente compañera! Hubo tres días de fiesta. Hicimos un bazar, vendimos cerveza, lechona, y bailamos.

Cuando hicimos el balance, los compañeros me postularon para que hiciera parte del equipo de la campaña electoral. Nos fue muy bien, todos estaban satisfechos. Javier me decía que tenía el perfil para ser una dirigente social y política importante en el país. Según él, era disciplinada y comprometida. Entonces, empezamos a trabajar, hicimos talleres de educación y jornadas para organizar a los obreros y a los campesinos. A los quince días hubo que hacer un evento parecido en otro pueblo. Mis hermanos se quedaron cuidando a mi mamá y yo me fui, era la primera vez que salía sola tanto tiempo de mi casa. Por una vez los papeles se invirtieron. Nos fuimos caminando con Abelardo y con otros tres compañeros. Atravesamos las montañas, la gente nos recibió en su casa, nos dieron albergue y posada, pero había un plan para matarnos. Nos dimos cuenta y alcanzamos a huir.

A las dos semanas, cuando Javier y Nicolás Mahecha -otro dirigente del partido- estaban un bazar de una escuelita en Yacopí, un comando del ejército los detuvo. Los llevaron a una base militar, les hicieron firmar un acta de libertad y, cuando aparentemente estaban libres, los torturaron. El ejército mató a Javier y a Nicolás, y tiró sus cuerpos por un acantilado. Había sangre en el camino. Todos estábamos conmocionados.

-La muerte multiplicará la vida: Avanzarán con rebeldía / convertirán el dolor en alegría / y la muerte multiplicará la vida. / Tierra de pueblos embravecidos / tendrá que ser libre de guerra y tiranía / sin hambre, ni miseria / así quiero ver la patria mía…

Teníamos un proyecto de vida y había que seguir. Las cosas en Yacopí iban muy bien, cada vez había más gente organizada. Un día me invitaron al pleno del regional, la máxima instancia de decisión del Partido en la zona, y duramos un mes caminando. Cuando regresé, el ejército llegó a buscarme. Afortunadamente, una vecina se dio cuenta y nos avisó. Entonces nos fuimos, escapamos por el cafetal con mis hermanos. Vivimos en la clandestinidad hasta que se acabó la campaña electoral. Trabajábamos en silencio, con discreción, consiguiendo votos y ganando adeptos. Era un homenaje a Javier. El balance fue extraordinario. Creamos varios centros de la JUCO y muchas células del Partido, ganamos las elecciones.

El ejército seguía persiguiéndonos. Fui a Bogotá y me quedé unos días escondida en la casa de una compañera en Nuevo Chile, un tradicional barrio de Provivienda. Cuando las aguas se calmaron, los compañeros me dejaron volver y continuamos con el trabajo. Hice parte de la dirección del regional y después pasé al partido. Fui financiera, secretaria de organización, asistí a la III Conferencia y me escogieron como delegada para el área de mujer y género. Finalmente, a los 23 años, me convertí en representante del Regional del Partido Comunista en Yacopí.

-A rosita hermana: Una rosa marchita / por el sol y por el viento / aroma que se va / con la brisa y el tiempo. / Aroma de mujer, / una rosa viva, / todavía es rosa, / todavía es mujer.

En este ir y venir me encontré con mi futuro compañero. Era una relación distinta a la de antes, él seguía en la clandestinidad y no podía dejarse ver. Nos encontrábamos a escondidas. Me seguía, me coqueteaba, pero yo no quería casarme. Peleamos y después, en el trabajo, nos reencontramos. Los camaradas estaban metiéndole leña al fuego. Decían que haríamos una pareja de confianza, un hogar del partido. Unos años después se dieron las cosas y nos fuimos a vivir juntos. Él era un reconocido líder social. En esa época trabajaba en una cosecha de maíz, era comerciante y tenía ganado.

Una tarde de eclipse fuimos a llevarle una arroba de maíz a un señor y por el camino nos encontró el ejército. Menos mal los vimos antes. Yo me asomé por detrás de una montañita y me encontré de frente con un soldado, mientras mi compañero se escapaba. A mí me detuvieron, me llevaron para un salón de escuela toda la noche. Me hicieron pasar un río hasta la base militar. Casi me ahogo. El sábado me llevaron a la cabecera municipal, de ahí al calabozo y de ahí a la cárcel. Como el alcalde de ese pueblo era militar, los soldados me pusieron una denuncia. Dijeron que yo supuestamente era del 4° frente de las FARC y que estaba ayudando a hacer una emboscada contra ellos. Al tercer día fue la indagatoria y duré quince días encerrada.

Cuando salí tenía que presentarme ante el juzgado cada tres días. Mis compañeros me dijeron que fuera a Bogotá para resolver mi situación jurídica. Llegué y mi proceso estaba en el juzgado 16 de Paloquemao, y para mi sorpresa, el juez encargado del caso era Jaime Pardo Leal. Cuando supo quién era, me ayudó y nos hicimos amigos. Me preguntó que por qué creía que me habían detenido y llegamos al acuerdo de que era persecución política. Me absolvió y me dio el paz y salvo que necesitaba.

-El amor que no se olvida: A la luna la acompañan sus esplendores, / A las madres los recuerdos de sus hijos / Que en la guerra ya murieron. / ¡Ellos son el alma de nuestros cuerpos, / Y por su historia seguimos resistiendo! / Son la guía de los días, / son la luz para el andar, / son el amor que no se olvida, / son el encanto de soñar.  

A finales del 77 quedé embarazada.  Seis meses después, en la etapa más difícil de la gestación, en el partido acordaron que mi compañero se fuera para la Unión Soviética. Cuando mi hijo tenía dos meses de nacido hubo una invasión militar a la región y se llevaron varios camiones llenos de gente, a muchos los apresaban y los desaparecían. Querían quitarme a mi hijo. Nos amenazaron, dijeron que nos iban a poner una bomba. Un domingo en la tarde me detuvieron, tenía al niño en los brazos y nos llevaron hasta a la base militar. Estuvimos hasta la media noche. Cuando salí, tuvimos que huir de la región.

En Yacopí había empezado una persecución sistemática contra el Partido Comunista, contra los campesinos y contra mi familia. Empezamos a salir de a poquitos. Un día los militares llegaron a la casa y cogieron a mi hermana y a mi sobrina, las llevaron a un cafetal, las amarraron, les vendaron los ojos, las interrogaron todo el día.

¡Saquen a mi madre!, ¡Recojan lo que puedan!, ¡Vénganse! Cada día la persecución era más intensa. Tuvimos que vender las cosas por lo que nos dieran y con eso compramos los pasajes para Albán, Cundinamarca.  Fue horrible. Era un pueblito chiquito y frío. No teníamos trabajo, ni amigos, ni nada. Vivimos encerrados en una choza que se inundaba a cada rato. Me acuerdo una vez, después de un aguacero, que las papas del sancocho estaban nadando en el pequeño mar de la cocina.

El ejército nos seguía investigando. Ofrecieron recompensas por nuestra cabeza. Un amigo nos avisó que el F2, antigua policía secreta, nos estaba buscando para matarnos. Mis hermanos, mi mamá, mi hijo y yo nos vinimos a Bogotá a vivir en la casa de una prima de mi compañero. Cuando mi esposo llegó de Rusia nos fuimos a vivir al Castillo, Meta.

Una mañana llegaron dos hombres de civil armados a una cafetería en la 13 con Caracas y se llevaron a mi hermano menor para las caballerizas de Usaquén. En esa época el ejército tenía un caballo adiestrado para morder y torturar a la gente, y unos pozos de agua donde los sumergían hasta que perdieran el juicio. Le dieron una paliza, le quitaron la plata y los papeles. A los ocho días lo soltaron. Cuando me enteré casi me enloquezco. Era mi hermano preferido, el consentido de la casa. Cuando apareció estaba muy enfermo, entonces otro de mis hermanos fue a Bogotá a recogerlos y todos se vinieron para el Castillo.

El ejército desentechó nuestra casa en Yacopí, se robaron las gallinas, mataron los piscos y regalaron los cultivos de café. Nos tocó empezar desde cero, con las manos vacías. Al cabo de unos meses nos reorganizamos. Entré a la Unión de Mujeres Demócratas de Colombia (UMD), creada en 1959 como una vertiente popular de las asociaciones femeninas que se dedicó a reivindicar los derechos políticos y laborales de las mujeres. Empezamos a reconstruir la organización en el centro urbano del Castillo. A Juan, el único hermano que se quedó en Yacopí, lo mataron en 1982.  Sus cuatro niños tuvieron que venir a Bogotá a pasar hambre y dificultades. En Cundinamarca hubo un genocidio contra el movimiento social y contra el partido comunista.

-Para bien o para malHay manos que manchan la letra, / que dejan huellas de pura crueldad. / Son manos denigradas, / son manos cicateras / que no debo mirar. / Hay manos que labran la vida / y construyen la paz; / hay manos tendidas que dan y reciben / lo que se puede dar, / hay manos que siembran amor, / dicha y felicidad. / ¡Son manos enaltecidas / que su huella han de dejar!

El surgimiento de la Unión Patriótica fue monumental. En 1985, como parte de un acuerdo de paz entre las FARC-EP y el gobierno de Belisario Betancourt, surgió el movimiento político que partiría en dos la historia de Colombia y de mi vida. Con mi compañero nos dedicamos al trabajo político, construimos una comisión sindical con muchos afiliados y ayudamos a crear juntas patrióticas en la región.

La noche del 4 de noviembre de 1988 nos dispararon por la espalda, en pleno centro del pueblo.  A mi compañero una bala le cogió el corazón. Murió como a la hora. Yo tengo un tiro, me pegaron por acá -dice Luz, señalando la raíz de la pierna derecha- y salió por delante. Al tercer día, cuando iban a ser las exequias, los paramilitares hicieron una masacre. Se inventaron un retén y mataron a cinco militantes de la UP que viajaban de Granada al Castillo. Cuando atentaron contra nuestra vida, mi compañero era funcionario de la administración y yo era concejala por la UP. Teníamos un almacén, una modistería y una peluquería. Éramos los enfermeros de la gente. Yo aplicaba 15 inyecciones al día y completaba 3 pacientes con suero. Éramos los consejeros de la comunidad. Nuestra casa parecía un juzgado, la gente llegaba a decir que la finca, que el lindero, que el ganado, que los líos de pareja, que los problemas con los hijos.

En vista de las amenazas, mis hermanos cerraron la casa y me encerraron donde una amiga. Los paramilitares me mandaron decir que si dejaba de salir con las banderas rojas a la calle podía quedarme en el pueblo. Me obligaron a irme a Bogotá.

En 1995 desapareció un sobrino. La persecución contra toda la familia continuaba. Al poco tiempo amenazaron a mi hermano mayor, le rodearon la casa, lo iban a matar y tuvo que dejar todo e irse. En 1990 mi madre murió por la enfermedad. Mi hermano mayor no pudo estar en el entierro. A mi otro hermano lo amenazaron varias veces, le dejaron boletas por debajo de la puerta, groserías, intimidaciones y panfletos. También tuvo que huir. El único que quedó en El Castillo fue mi hermano menor, el mismo de las caballerizas, tenía esposa y dos hijas pequeñas, tenía una carnicería, y cultivos de sorgo, era el amigo de todo el mundo. Lo amenazaron y la tarde del 2 de enero de 1996, cuando iba en una moto para la casa, le dispararon por detrás y lo mataron. Un día, el papá de uno de los jefes paramilitares del Castillo le preguntó a una vecina todos mis datos: ¿Dónde vivía? ¿Con quién trabajaba? ¿Qué hacía mi hijo?

-Primavera: Que florezca un Castillo en primavera, / abonado con la sangre de nuestros muertos, / que están sembrados germinando semillas / de lucha, esperanza, paz y libertad. / que confinen la muerte y los sepulcros sean campos de amor / donde aniden las mariposas de mil colores / y cante un ruiseñor. / El rio grite de armonía / y aniden las garzas blancas en la arena / sin que las amenace un cazador.

A mi hijo le había tocado trabajar desde pequeño, estudiaba por las noches en el Camilo Torres. Viajamos al Castillo, al entierro de mi hermano, y cuando salimos del cementerio la policía nos estaba observando. Había infiltrados por todas partes, nos devolvimos inmediatamente. Tenía un local de modistería con varias empleadas y cosíamos vestidos de novia y todo lo que nos encargaran. El 27 de junio de 1997 me llamaron en la mañana para decirme que habían matado a mi hermano Pedro. Me fui a recoger los restos y mientras tanto, mi hijo se fue de la casa. Cuando volví, ya no estaba. Pasaron varios días y no apareció.

Alguien me dijo que se había ido para la guerrilla. Me fui a buscarlo y perdí el negocio. Lo encontré a los tres meses. Hablamos y le dije: “hijo usted iba a ser médico, a estudiar ciencias políticas, trabajaba en una empresa de turismo con gente buena, tenía buenos amigos, ¿por qué hizo esto? ¿Por qué se fue? ¿Por qué me dejó sola? Mis esperanzas estaban en usted”. Entonces me dijo: “madre usted no está sola. No se le puede olvidar que mataron a mi padre por la espalda. Que mataron a mis tíos por la espalda. Que destruyeron la familia. Que usted tiene un tiro en su cuerpo. Que nos han seguido para matarnos. Que mis primos no van a poder estudiar.  Yo quiero cambiar este país, quiero servirles a los pobres, pero a mí no me van a matar por la espalda, prefiero morirme peleando”. Ante eso no tuve nada que hacer, lo abracé y me devolví.

Mi hijo era bonita persona. Cuando se fue a las FARC tenía 18 años y seis meses. Era muy inteligente. Nadie entendió su dolor. Nadie podía ponerse en sus zapatos. Mi hijo se quedó en la selva, yo perdí todos los negocios y los sueños. Siempre que conseguía la plata para el pasaje me iba a buscarlo. Estuvo en el Meta y en el Sumapaz. Mi hijo amaba y defendía a los niños y a los abuelos, la gente lo quería mucho. Los campesinos lo admiraban. Cuando iba a buscarlo me decían muchas cosas bonitas de él. Duró casi cuatro años en la guerrilla.

Un día lo llamé y contestó alguien extraño, volví a llamar y contestó otra persona. Era el ejército, me dijeron que lo habían matado. Tiré el celular. Me enloquecí. Miré las noticias. Al final del día, entre el dolor y la locura, decidí irme para Villavicencio. Me acompañaron tres amigas y una sobrina. Empezamos la búsqueda del cadáver. Fuimos a la séptima brigada y ellos lo tenían. Había muerto en un combate. Estaba en una bolsa negra enterrado en una fosa común. La juez que me atendió me dijo que entendía mi dolor, que ella también era madre y me preguntó por el papá de mi hijo.  Le dije que también estaba muerto. Me dijo que si era guerrillero y le dije que no. Cuando lo recibí y quería abrazarlo me di cuenta que le habían sacado los ojos.  

Me lo llevé para El Castillo. Lo enterré en la vereda Miravalle, en un pedazo de tierra abandonado. Llegamos de noche, en un carro sin luces, por una carretera destapada. Arriba, en las montañas, estaban en combate, se oían las bombas y las balas. El carro se varó. Tuvimos que llevar el cadáver cargado hasta un pueblito, cruzar el río con el ataúd en los brazos y ahí lo estaban esperando los campesinos y algunos guerrilleros.

-El brillo de tus ojosDedicado a mi hijo Olivey Que difícil preguntar… / ¿Dónde están tus ojos, / Hijo mío, dónde están? / ¿A dónde los llevaron, / Dónde, dónde, dónde están? / ¿A quién se los pusieron? / Dónde, dónde, dónde están? / ¿A quién se los vendieron? / ¿Dónde, dónde, dónde están? / ¿Será, será? / ¿Qué me vuelven a mirar? / ¿Me vuelven a consentir? / ¿Me vuelven a acariciar?

Me quedé por ahí, moribunda. Uno renuncia a la vida. Todos los proyectos estaban en él. Las ideas, las metas, las ilusiones y los sueños estaban en él. Queríamos comprar un taxi, un lote y organizarnos, pero con su muerte se acabó todo. No quería volver a Bogotá. No quería vivir.

Un día estaba en una finca, donde unas amigas, y llegó una comisión de cinco militares, compraron dos gallinas, pidieron plátano, yuca y panela, y se fueron. A los tres días volvieron. Encerraron la casa, entraron a mi pieza, desordenaron todo y requisaron la maleta. Me ordenaron salir y me detuvieron. Me obligaron a ponerme botas pantaneras, para hacerme pasar por guerrillera, y me quitaron todo. Me llevaron con ellos por entre el monte. Apareció una cuadrilla de paramilitares. Uno que me conocía de antes les dijo que yo era la dura de la Unión Patriótica y del Partido Comunista. Armaron una carpa y me tuvieron ahí esa noche. Discutimos todo el tiempo. Una vez más, fui víctima de sus humillaciones.

-Tinieblas (fragmento) Dedicado a mi hijo Olivey: Alguien llora, es el lamento frío del silencio. / Es la oscuridad de una noche desconsolada. / Es el resultado de la injusticia y la tortura. / Se ha cortado la voz, / Las pupilas no brillan más. / La noche sombría está. / La luna no alumbra ya.

Al otro día me mandaron a un militar para que hablara formalmente conmigo, me aseguró que si les colaboraba y les contaba lo que, según ellos, sabía, me enviarían al exterior con toda mi familia -le pregunté que cuál familia- y sonrió. Le dije que no tenía cómo colaborarles, que no sabía nada de la guerrilla y que no tenía nada que ver. Me amenazaron con llevarme a una cárcel o a un tribunal. Me amarraron las manos y me llevaron en un helicóptero con otros dos campesinos a Granada, Meta, al famoso batallón 21 Vargas. Después de luchar en vano para poder bañarme, me intenté suicidar. Pensé en una alternativa digna, pero fallé. Al otro día me llevaron a Villavo y me metieron al calabozo con dos mujeres ladronas. A la mañana siguiente, nos llevaron a los calabozos de la Fiscalía y al medio día nos trasladaron a la cárcel. Por la tarde llegó la fiscal a hacer la primera indagatoria, pero ya tenía un  montaje lleno de mentiras firmado por un fiscal de San Martín, Meta, en el que decía que yo era la ideóloga de las FARC en la región y estaba incluida en un proceso por terrorismo en el que supuestamente habían muerto 50 militares.

Fue muy injusto. Estuve seis meses y 15 días en prisión. A los cinco meses llegó una abogada y logró una ampliación de indagatoria para que yo pudiera decir la verdad. El fiscal me hacía preguntas muy directas y muy contundentes en las que tenía que responder sí o no. Me preguntaban si sabía que mi hijo era guerrillero, le dije que sí. Que lo había ido a visitar, le dije no podía renunciar a ser madre ¡si eso es un delito entonces condéneme! Le reclamé porque no había ningún detenido por todos los muertos de mi familia. Todavía no sé quiénes son los responsables de sus muertes. La fiscalía levantó todos los cuerpos y no hay ningún detenido. Cuando hablé de mi hijo empecé a llorar y el fiscal se salió de la oficina. Le repetí que si ser madre era un delito me dejara en la cárcel. Le dije: “mataron mi familia, estoy sola, no tengo nada. Condéneme”. Al mes me pusieron en libertad.

-Buscando las huellas (fragmento) A los desaparecidos He vuelto a pasar siguiendo los pasos, / Buscando las huellas, y no las encuentro. / Y nadie me dice, y nadie responde. / Y sigo pensando, y sigo esperando / que un día regresan de viaje tan largo / Aquí tengo las fotos, / aquí están los recuerdos / de aquellos amigos / que nunca volvieron.

Salí y no sabía qué hacer, no quería volver a Bogotá. Algunos compañeros sobrevivientes de la Unión Patriótica me hicieron un recibimiento en el Meta. Un compañero joven que estaba liderando el proceso de reconstrucción del movimiento social me dijo que no me preocupara: “quédese acá y trabaje con nosotros, vamos a montar la oficina de derechos humanos y le ayudamos en lo que usted necesite”. Entonces nos pusimos a trabajar. Nos reunimos tres veces, pero antes de nuestra cuarta reunión, después de dejar a su esposa en un jardín infantil, lo mataron. A raíz de eso me tuve que venir a Bogotá. Eran unas condiciones muy difíciles. Todos los que por exilio o por casualidad habían engañado a la muerte, estaban amenazados. Para ese momento, la oscura alianza entre el ejército y los paramilitares había asesinado a dos candidatos presidenciales -Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo Ossa-, a 8 congresistas, a 70 concejales, a 11 alcaldes y más de 5.000 militantes de la Unión Patriótica.

Estaba desubicada y no tenía dónde vivir. Entré a una organización de desplazados, pero a raíz de los celos de poder y el juego de egos, tan comunes en el capitalismo, salí al poco tiempo. El primero de mayo de 2003 me pasó una cosa muy bonita: una lideresa de la UP estaba en la 26 con 30 y me presentó a una muchacha de la Cooperación Claretiana Norma Pérez Bello, quien a su vez me presentó al padre Henry Ramírez, sacerdote en Medellín del Ariari. Empezamos a hablar, me dieron los números de teléfono de la oficina y la dirección para que fuera a visitarlos y para hablar con los muchachos. A los quince días le dije a mi sobrina que me acompañara y nos fuimos a Bosa a buscarlos. Me presentaron a su equipo y empecé a trabajar con víctimas. Hicimos talleres, charlas y convivencias. Es una amistad muy bonita.

-Tanta ausencia A los desaparecidos Que difícil esperar el regreso sin regreso, / que difícil es pensar que viven sin vida, / que difícil creer que están y no están, / que difícil es sentir que los vemos y no nos miran. / Que difícil aceptar tanta ausencia. / Que difícil es pensar que se esfumaron como el viento. / Que tan difícil seguir los pasos, sin encontrar las huellas. / Que tan difícil son las preguntas sin respuestas.

En noviembre de 2006 viajé a Rumichaca con la Marcha Mundial de Mujeres. Participé en muchos eventos, en muchos foros y cuando fui a Venezuela presencie el segundo triunfo de la revolución bolivariana. Fue muy emocionante, el comandante Chávez, las calles llenas de gente, la música, los tambores, las banderas roja. Hice parte de la Asociación de Mujeres por la Paz y la Defensa de los Derechos de la Mujer Colombiana (Asodemuc) y ayudé a crear un movimiento por la dignidad de las presas políticas. Además –aún hoy-  trabajo con el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice).

En el 2007 estuve en España con la hija una amiga del alma presentando un video de mi vida. Trabajé en talleres de formación política y derechos humanos. Atravesé la Guajira, el Tolima y Santander haciendo misiones humanitarias. Estuve varias veces en el sur del Caquetá. El 8 de marzo de 2011 me tocó ir sola a cubrir el evento. Era la delegada de Bogotá en representación de Asodemuc. Fui a una escuela a hablar frente a ochenta maestras rurales. Fui varias veces a Barrancabermeja, estuve en el Casanare. Las caminatas con la gente, las sonrisas y el compartir con otras víctimas me llenaron de esperanza y de fortaleza.

El día que salí de la cárcel había hecho un compromiso, una promesa conmigo misma. Como no me asesinaron y me falló el intento de suicidio, surgieron muchas preguntas. ¿Por qué continúo acá? ¿Para qué estoy viva? ¿Cuál es mi responsabilidad? Me quedé unos instantes en la calle, en silencio, sentada en el andén, con 20 mil pesos. Nadie me necesitaba, nadie me estaba esperando  ¿Qué hago? ¿Para dónde cojo? Sin plata, sin casa, sin hijo. Lo único que me quedaba por hacer era no callarme. Repetir todo el tiempo lo que había pasado. Contarlo todo. Quiero dar mi testimonio, mi testimonio es una herramienta política y ética, pero no me quiero quedar solo dando conferencias.  A los seis meses de la muerte de mi hijo, hice un evento político y cultural en su cementerio. Fue un homenaje a todos los cuerpos que estaban ahí enterrados. Llevé cincuenta docenas de flores, lavé las lápidas y limpie el terreno. Cantamos y leímos poesía. Después de ese evento de memoria se me ocurrió que allá había que hacer algo y desde hace cinco años estoy construyendo una propuesta de  reconstrucción de memoria histórica y colectiva que ayude a transformar la vida cotidiana de los habitantes de la región, pero nadie me ha parado bolas.

La idea es limpiar un pedazo de tierra y construir un museo para que los niños del colegio vayan a aprender la historia del país. La memoria tiene que ser una cátedra obligatoria desde el jardín infantil. Sin embargo, en este proceso me encontré de nuevo con la re-victimización y con el desprecio de algunas de las organizaciones a las que había pertenecido. Entonces me surgieron muchas preguntas: ¿Será que dentro del movimiento social también hay discriminación y jerarquías? ¿Será que si a alguna figura pública le descuartizan la familia, como pasó con la mía, seríamos igual de indiferentes? ¿Será que hay unos muertos más importantes que otros?

Hay que democratizar la riqueza. Hay que democratizar el conocimiento, Hay que democratizar la cultura. Hay que crear un mundo donde los hombres y las mujeres puedan desarrollar todo su potencial humano para que esta tragedia no se vuelva a repetir. Hay que reconstruir la historia desde abajo, desde las víctimas, desde los hechos cotidianos, desde la verdad. La memoria es un escenario en disputa. El Estado y los medios la han tergiversado y es nuestro deber recuperarla, redistribuirla.

-Quisieron asesinarme, pero yo estoy aquí. / Me desplazaron y estoy aquí. / Me encerraron en una jaula y yo salí, / exterminaron a mi familia, pero sobreviví. / Ni con el dolor, ni con la soledad, ni con la ficción / me han podido eliminar. / A pensar diferente como yo pienso / no me han podido intimar / porque soy dueña de mi pensamiento / Y de mi voz hasta que muera. / Después subsistirán mis huellas como estampa, / mi mensaje en los signos / porque aunque no me quieran / mi sombra espantará por dondequiera. / Y volveré con la luna llena y con el sol radiante. / Con la lluvia enérgica bañaré los mares, / acrecentaré los ríos, regaré con la brisa los amaneceres / para renacer con ellos sin renunciar a mis quereres. / Y quedarme, perpetuamente, y comprender / el fulgor de la vida enamorada, / embrujada, dispersa en la jornada.