El proceso de paz con la guerrilla de las Farc

Nuestra guerra calibre .50

Detrás del gesto simbólico del presidente Santos en La Habana, de regalarle a “Timochenko” una bala convertida en “balígrafo”, hay una historia que explica medio siglo de conflicto armado.

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Con motivo del cese del fuego acordado entre el Gobierno y las Farc, el Ministerio de Educación lanzó una campaña por la paz regalando un bolígrafo construido con un proyectil calibre .50.
EFE

El jueves vimos al presidente Juan Manuel Santos entregándole a Rodrigo Londoño, o Timoleón Jiménez, comandante de las Farc, un antiguo proyectil calibre .50 transformado en “balígrafo”. Le dijo la frase grabada en el casquillo: “Las balas escribieron nuestro pasado. La educación, nuestro futuro”. Timochenko lo recibió algo sorprendido, pero lo exhibió con una sonrisa de aprobación. Luego le mostró en privado el regalo a su camarada Marcos Calarcá y le señaló: “Esto es histórico”.

En 1994, como reportero de guerra principiante de El Espectador, por primera vez fui testigo del poder de las .50 a bordo de un Black Hawk que disparaba ráfagas sobre el cañón de La Llorona para abrirle paso al Ejército hacia la región de Urabá y “ablandar” a la guerrilla de las Farc. La lluvia de metralla salía por la boca de fuego y caía sobre el bosque tupido. “Una de estas es capaz de partir un árbol en dos —me dijo orgulloso el artillero mientras vaciaba la gran caja metálica que hacía de cartuchera— o, si viene de abajo, puede tumbar este helicóptero”.

A finales de ese año el comandante del Ejército, general Hernán José Guzmán Rodríguez, me explicó en su despacho del Ministerio de Defensa la “importancia estratégica” de los calibres en la guerra contra la guerrilla, razón por la cual las Fuerzas Militares de Colombia habían cambiado los fusiles G-3 por los israelíes Galil 7,62 y entonces les urgía mayor apoyo desde tierra y aire con ametralladoras .50.

En 1999, el comandante de la Fuerza Aérea, general Héctor Fabio Velasco, me dijo que tal decisión se hizo realidad gracias al crecimiento del presupuesto de Defensa (entonces por los $7 billones; hoy está en $30 billones) y el aumento de la ayuda militar de los Estados Unidos a través del naciente Plan Colombia. Los proyectiles escaseaban y hubo que recurrir a un arsenal norteamericano de al menos dos millones de unidades calibre .50 que figuraban todavía como saldos de la Segunda Guerra Mundial. Las importaron, pasaron pruebas y, en teoría, todas fueron disparadas contra montañas, selvas y llanos donde se camuflaba la guerrilla.

Cubriendo la guerra para la revista Cambio, ese mismo año le hablé del tema al periodista Germán Castro Caycedo. Dijo: “Espérate”, y me trajo la fotocopia de una entrevista suya a Pablo Escobar Gaviria, de 1987, en la que el narcoterrorista le explicaba, calibre por calibre, con qué armas y balas se mataban históricamente los colombianos entre sí.

La dimensión .50 del plomo hizo carrera desde finales de la Primera Guerra Mundial con el BMG (Browning Machine Gun), cartucho desarrollado para la ametralladora Browning. En Colombia, para la retoma del Palacio de Justicia, en 1985, el Ejército se valió de ese tamaño de cañón montado en los tanques de guerra Urutú. Ha sido protagonista de todas las guerras, incluyendo Corea, Vietnam, Centroamérica, Afganistán, Irak, los Balcanes, contra Al Qaeda, y hoy hace parte del arsenal del Estado Islámico y de los carteles del narcotráfico en México.

A comienzos de 2016, en la operación Cisne Negro, que permitió la recaptura del capo mexicano Joaquín Chapo Guzmán, fueron decomisadas tres ametralladoras Barret “calibre .50, de última generación”. Si en Colombia guerrilleros, paramilitares y mafiosos la usan como símbolo de poder, los mexicanos oyen hablar de este nivel de armamento todos los días. Incluso en Mazatlán, Sinaloa, fue creado en 2010 un cuarteto ya reconocido a nivel latinoamericano y en las listas de la revista Billboard bajo el nombre de Calibre .50. En su página digital explican que se bautizaron así en honor a “la bala que ningún blindaje logra detener”, así como “tenemos el propósito de traspasar fronteras con la música norteña”.

Con una ametralladora Browning calibre .50 asesinaron el pasado 15 de junio en Paraguay al capo Jorge Rafaat Toumani. Sólo con esa capacidad de fuego pudieron perforar las puertas de su camioneta Hummer blindada.

El .50 está tan globalizado que en Mercadolibre.com se encuentran proyectiles de colección convertidos en bolígrafo, con leyenda personalizable “Your name is…” y estuche de terciopelo negro. También hay modelo encendedor, “destapador rudo”, hebilla para cinturón o collar. Hasta en el juego de paintball se impuso la bola de pintura calibre .50

De la trascendencia del calibre .50 en Colombia me habló en las selvas del Yarí, en julio de 1999, Jorge Briceño, alias Mono Jojoy, el máximo jefe de las Farc, que analizaba el panorama en caso de que el proceso de paz con el gobierno de Andrés Pastrana no prosperara. Advirtió que nunca soltaría su fusil M-16, mandó llamar a un artillero de ametralladora .50 y señaló: “Y por si los gringos se nos quieren meter para extraditarnos, los vamos a atender con esto”. Era su arma preferida, la defensa antiaérea a la que se aferraba la guerrilla sabiendo lo que se le venía encima desde el aire y que terminó matando al propio Briceño ahí cerca, en La Macarena, Meta, durante la operación Sodoma. Murió resguardado por sus ametralladoras .50, que no le sirvieron de nada ante el poder de una bomba teledirigida.

Paradójicamente, la misma actitud tenía Carlos Mauricio García Fernández, alias Doble Cero, fundador de las Autodefensas Unidas de Colombia con los hermanos Castaño, cuando lo entrevistamos junto con el fotógrafo Jesús Abad Colorado para la revista Cromos en 2004. Se ocultaba en las escarpadas montañas de San Roque, Antioquia, donde resistía con un grupo pequeño y una ametralladora Browning calibre .50 el avance de sus excómplices del bloque Metro de los paramilitares de Medellín, que tenían la orden del comando central de las Auc de asesinarlo, como lo hicieron semanas después cuando andaba desarmado en Santa Marta.

El mayor impacto de esas balas lo había comprobado el jueves 17 de octubre de 2002. El presidente Álvaro Uribe había dado la orden a las Fuerzas Armadas de recuperar por la fuerza 20 barrios populares de Medellín conocidos como la Comuna 13, al occidente de la ciudad. Un laberinto de laderas ascendentes repletas de casitas donde vivían hacinadas 130.000 personas, todas bajo la ley que les imponían las milicias guerrilleras. Incapaces de dominar el sector por tierra, la Policía y el Ejército empezaron a ametrallar desde el aire con balas .50 y los guerrilleros urbanos respondieron en la misma moneda. El saldo: 25 muertos, 60 heridos y muchas familias desplazadas.

La prueba me la mostró una monja del convento de Misioneras de la Madre Laura, que funciona en las faldas de la comuna. Del bolsillo invisible de su hábito, con toca gris y bordes blancos inmaculados, la novicia de 20 años de edad sacó un cartucho, lo puso entre sus dedos índice y pulgar y dijo con certeza de experto en balística: “A esta la llaman .50”. “Ayudando a esta pobre gente hemos tenido que acostumbrarnos a levantar de calles, patios y corredores estos recuerdos que nos dejan los francotiradores de la guerrilla o los helicópteros artillados de las Fuerzas Armadas”. En el convento, la colección de fulminantes, desde 9 milímetros hasta AK 47, quedó presidida por el .50. Hacía parte de un altarcito en el que ella oraba por la paz de Colombia.

Según los informes de gestión de la Industria Militar, Indumil, Colombia no paraba de importar las .50 porque estaban haciendo la diferencia en la guerra de posiciones contra la guerrilla, cada vez más replegada a zonas fuera del alcance de ataques aéreos y dependiente de contraataques sorpresa a convoyes militares o cuarteles. Por ejemplo, el contrato 5-087 de 2006 permitió la importación de munición eslabonada calibre .50 con destino al Ejército Nacional por valor de US$3,3 millones. En 2007 hubo otra importación de más de 500.000 unidades y el ritmo se mantuvo creciente hasta que empezó la negociación de paz con el gobierno de Juan Manuel Santos.

En la novena y última conferencia de los máximos comandantes de las Farc, realizada en 2006, se ordenó “aprender las lecciones de la resistencia iraquí”, “formar más francotiradores, para los cuales es necesario conseguir, a como dé lugar, la mayor cantidad de rifles de alto calibre (.50) como el francés Hecate II o el ruso KSVK, capaces de perforar un vehículo blindado como un cuchillo caliente atraviesa la mantequilla”. Luego, inteligencia militar interceptó comunicaciones que hablaban de contrabando de fusiles Ultramag .50, que permiten atacar helicópteros y vehículos blindados.

No sirvió de mucho porque en noviembre de 2011 cayó abatido en el departamento de Cauca el máximo líder de las Farc, alias Alfonso Cano, según el Ejército, junto a una ametralladora calibre .50 y el artillero que lo protegía con cananas de proyectiles de ese calibre en forma de X sobre el pecho.

En 2009 había entrevistado para El Espectador al premio nobel de literatura portugués José Saramago. Condenó la “revolución” de las Farc porque se basaba en “métodos medievales”: la defensa de ideas con el poder de las armas y el secuestro y asesinato de personas. “Las Farc no nos ofrecen más que lo que el poder ha venido haciendo siempre, a lo largo de la historia: ejercer la fuerza contra los débiles”, señaló, e insistió: “El diálogo es la única salida al conflicto armado”.

El tema lo afectaba tanto que meditaba la idea de escribir una novela sobre por qué nunca se ha reportado una huelga de la industria armamentista. De ahí surgió el borrador de Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas, título tomado de los versos medievales del lusitano Gil Vicente, parte de una tragicomedia sobre la guerra. La novela inconclusa, publicada por el sello Alfaguara tras la muerte del escritor en 2010, es protagonizada por Artur Paz Semedo, empleado de una fábrica de armas, y por Felícia, su exmujer, militante pacifista que lo abandonó.

Si uno va al significado de esta ficción, el tema de fondo que dejó planteado Saramago es que, mientras las armas de fuego sean uno de los negocios más lucrativos del planeta, con mercado legal y de contrabando movido por negocios mayores como el tráfico de narcóticos, no faltará quien quiera imponer su ley revalidando la vigencia del máximo calibre. El Departamento de Desarrollo de las Fuerzas Armadas estadounidenses (Darpa) mostró en 2014 un sistema para guiar en pleno vuelo balas .50, modelo Exacto, con la ayuda de rayos láser.

“Toda la vida he estado a la espera de ver una huelga de brazos caídos en una fábrica de armamento. Inútilmente esperé, porque tal prodigio nunca ocurrió ni ocurrirá. Y era esa mi pobre y única esperanza de que la humanidad todavía fuese capaz de mudar de camino, de rumbo, de destino”. Esto explica por qué Saramago, antes de morir, sabía el final para su última novela: Artur Paz Semedo nunca renuncia a la fábrica y, por el contrario, es ascendido. Felícia, que guardaba alguna esperanza de reconciliación, lo despacha con un “vete a la mierda”.

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El arma más vigente en Colombia

Según los reportes de la Policía y las Fuerzas Militares, las armas calibre .50 están en boga en el país. Ellos le reportaron al Observatorio del Programa Presidencial para los Derechos Humanos un decomiso fuera de lo común en junio 2011, en una casa del barrio El Pondaje, en el oriente de la ciudad de Cali: partes industriales y de fusiles calibre 5.56 que estaban siendo acopladas en armas calibre punto 50 por encargo de bandas criminales como “Los Rastrojos”. Con eso pretendían “robar carros de valores” o “derribar aeronaves de sus contrincantes” en la capital del Valle, Buenaventura y Puerto Tejada. Hasta exigían punta de cobre, bronce u oro; con TNT o cianuro, según el caso.

La última semana de enero de 2016, en la vereda Yarumal del municipio de La Macarena, Meta, la Fuerza de Tarea Omega del Ejército Nacional incautó de un importante arsenal, con potencia para derribar helicópteros, el cual pertenecería al Frente 27, del bloque oriental de las Farc “una ametralladora punto 50 con tres cañones por sistema eléctrico tipo Maxgun”, otra “normal”, trípodes y tres cañones adicionales para las mismas y 2.266 cartuchos de esa medida. El arsenal era de Édgar Salgado Aragón, alias ‘Rodrigo Cadete’, heredero militar del Mono Jojoy.

El pasado 18 de junio la Policía Nacional informó que, en coordinación con la Fuerza Aérea y el Ejército Nacional, la Fiscalía 47 Especializada contra el Terrorismo le decomisó a milicianos del Eln en la Serranía del Perijá, departamento del Cesar, un cargamento de cartuchos de ese calibre, “que iban a ser utilizados presuntamente para derribar aeronaves (helicópteros) de la Fuerza Pública”.

El 15 marzo de 2016, la Sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior de Bogotá le solicitó a la Fiscalía entregar al Centro de Memoria Histórica una pistola calibre punto 50, con sello de fabricación israelí y que perteneció al exjefe paramilitar Ramón Isaza. Según el expediente, el exparamilitar John Freddy Gallo Bedoya le compró cuatro pistolas con recubrimiento plateado y empuñadura dorada a un oficial de la Policía, tres de las cuales fueron obsequiadas a Isaza, Carlos Castaño, y Luis Eduardo Cifuentes, alias ‘El Águila’, mientras la otra se la quedó Gallo.