No permitamos que nos devuelvan a la guerra

Los periodistas ecuatorianos fueron asesinados por un grupo armado despojado de política, un grupo que entorpece el proceso de paz y se convierte en la justificación perfecta para volver a la guerra de lado y lado de la frontera.

“Sí quiere la paz será sobre mi cadáver, dijo la guerra y una parte del país le hizo eco”. Es el sino trágico al que nos enfrentamos con más fuerza en esta época preelectoral.

Los asesinatos llevan los sentidos al pasado con la carga de lo que creímos superado, la muerte distorsiona cualquier racionalidad que intente comprender la complejidad del conflicto interno que no se cura en dos días. Hacen que la idea de la paz se nos convierta en una neblina de paramo, de esas que no dejan ver a dónde vas a llegar por más blanca que sea.

Pero los muertos son muertos y los periodistas ecuatorianos, que cubrían en la zona fronteriza las reconfiguraciones de la guerra y narcotráfico, nos llegan directo al corazón.

Fueron asesinados por grupos armados despojados de política, grupos que entorpecen el proceso de paz y se convierten en la justificación perfecta para volver a la guerra de lado y lado de la frontera. Las imágenes del homicidio nos generaron sensaciones del pasado que nos tientan a la guerra superada, sin prestar atención a los intereses que están en juego y lo que puede venir detrás.

Con las imágenes de muerte, se queda de lado el incumplimiento de lo acordado en La Habana entre el Gobierno y las Farc, que debería haber reducido o eliminado los cultivos de coca en la zona de frontera; se queda rezagada la presencia institucional en la región, más allá del pie de fuerza militar y se omite el reclamo de los países donantes a la bolsa de la paz sobre el mal uso y corrupción de sus recursos.

Y es que, una imagen vale más que mil palabras. Y más aún, cuando trasciende fronteras y afecta a una profesión tan sensible como lo es el periodismo.

El pueblo ecuatoriano tiene una profunda cultura ciudadana y de paz, y por eso la única manera de involucrarse con nuestro conflicto, hasta hace poco, ha sido atendiendo las víctimas, mitigando los daños y apoyando los diálogos en respeto a la soberanía de los pueblos para regir sus propios destinos.

Pero el asesinato de los periodistas es cruzar un límite más que fronterizo.  Para ese país significa un golpe en lo más profundo de su ser como nación. Es una acción desestabilizadora que los llevará a opinar en contradicción con el sentido de soberanía y solidaridad con el que han sobrevivido a nuestro conflicto. Pedirán, para reestablecer su calma, lo que nuestro Estado durante años llevó: militarización y mano dura.

Deberíamos pedir perdón porque nuestra guerra no nos alcanza a nosotros mismos y los señores de las armas se animan a alentar ecos más allá de las fronteras.

Quienes no hacemos la guerra y no vivimos de ella nos preguntarnos: ¿el uso de la opinión sobre lo sucedido es un cubrimiento normal o hay otros intereses?

Para nuestro país y nuestra región, desatar la idea de que el dialogo fracasó es más que perverso; cuando lo único que conoces hacia el pasado es la guerra, el uso de la opinión y el juego político irresponsable hace que devolvamos la media página que logramos avanzar luego de 50 años.

¿Soy el único que siente un halo de inquina para que se exacerben los odios? Odios con los cuales se gobernó este país y que representan intereses hoy en disputa en el marco de una campaña electoral. ¿Soy el único que siente que se busca cegarnos de la posibilidad de avanzar hacia una paz estable? 

Es tan imposible negar los actos como no sentir repudio e indignación. Pero podemos responder con más que ecos de guerra. Es imposible negar los actos, pero ir más allá de ellos es también una tarea para estos tiempos de retos. Y me atrevo a proponer un cómo lograrlo.

La semana pasada, en una diligencia de restitución de tierras en San Pedro de Urabá fueron asesinados ocho policías en un atentado dizque del Clan del Golfo. El cubrimiento mediático fue distinto y los responsables y la respuesta en la opinión también. Entonces, podemos preguntarnos: ¿por qué la respuesta fue distinta? Y también, ¿cuál era la misión en la que estaban, para así encontrar respuestas que dignifiquen a los caídos?

Una manera sencilla y a la vez profunda de darle valor a lo que estos muertos aun nos quieren decir, es entender lo que estaban haciendo: los policías estaban escoltando a la justicia para que los usurpadores de tierras durante la guerra les devolvieran su territorio a los campesinos. Esa era su misión.

Los periodistas estaban en la búsqueda de la verdad sobre lo que estaba pasando en su país en la zona fronteriza. Esa era su misión.

Una manera de honrarlos y dignificarlos es asumir que necesitamos mucho de verdad y mucho de restituir a las víctimas, para que sus misiones continúen desde las instituciones, desde la prensa y desde la opinión pública.

Caer en los llamados guerreristas o en el mal uso de la opinión por sus muertes, es ir en contra de lo último que estas personas estaban haciendo sobre nuestro planeta.

Hacer eco a los llamados de guerra es entrar en el juego de los intermediarios de la guerra de este país. Es hacerles el juego a quienes quieren gobernar para devolvernos a una realidad que al final solo tiene un único beneficiario, su mayor ofertante y demandante: los Estados Unidos de América.