“No estamos contentas”: el mensaje de las mujeres rurales al Estado

Dependencia económica, baja participación política y dificultades de acceso a la tierra son algunas de las quejas que las mujeres del campo expresaron en medio de una discusión, en Bogotá, en el marco del evento Expo Agrofuturo. Plantean soluciones, pero esperan compromiso gubernamental.

indigenas.jpg

Asceneth Pérez, de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (ACIN)./ Óscar Pérez.

Asceneth Pérez, indígena del norte del departamento del Cauca, rompió el protocolo en un conversatorio en Bogotá. Se levantó del sillón desde donde estaba hablando como panelista, le pidió al público que se pusiera de pie y dijo: “pido un aplauso para todos los líderes que están cayendo en las regiones”. Durante un minuto los asistentes (la mayoría mujeres) rindieron un homenaje de aplausos a quienes murieron defendiendo los territorios de sus comunidades.

Lea también: La mujer que lucha contra el machismo en Lejanías, Meta​

Pero el énfasis del evento se centraba en mujeres como Asceneth; es decir en millones de colombianas que nacieron y viven en el campo. El asesinato de lideresas defensoras de derechos humanos es apenas una de las violencias que ellas tienen que afrontar.

“No nos vamos a quedar llorando respecto a lo que no tenemos. Lo vamos a construir”, recalcó Diana Medrano, consultora y asistente técnica del programa Apoyo Presupuestario a la Estrategia de Desarrollo Rural con Enfoque Territorial.

Medrano fue enfática. No es para menos, pues las brechas entre la calidad de vida de las mujeres del campo con respecto a la de los hombres que habitan las áreas rurales son abismales. Según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT), desarrollada por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), ellas dedican en promedio ocho horas y 12 minutos diarios a trabajos no remunerados, mientras que ellos apenas invierten en esas labores tres horas y seis minutos.

Hay otros aspectos en los cuales se retrata la situación en la cual se encuentran las mujeres del campo colombiano. Por ejemplo, según mediciones del DANE, el 41,9 % de las mujeres rurales colombianas son pobres, mientras que el porcentaje de hombres alcanza el 34,7 %. Así las cosas, las mujeres que viven en las áreas rurales del país no solo están expuestas al abandono histórico en el que el Estado ha tenido al sector rural (la pobreza multidimensional de la gente que vive en el campo se ubicaba en el 36,6 % en 2017, mientras que la media nacional estaba en 17,0 %), sino que a eso se le suma una violencia más por cuestiones de género.

Medrano halagó la legislación existente en Colombia sobre la mujer rural y resaltó que el marco jurídico colombiano es reconocido como uno de los más avanzados en América Latina; sin embargo, señaló que el problema se encuentra en la carencia de instrumentos para que las leyes se hagan efectivas.

Lo mismo piensa Asceneth, quien pertenece a la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (ACIN), quien llamó la atención frente a las barreras que hay para acceder a los derechos. Aseguró que uno de los problemas es la falta de información de las mujeres rurales con respecto a la normatividad. “Hay que buscar estrategias para llegar a las indígenas, las afrodescendientes y las campesinas”, pidió.

Las mujeres también sienten que están relegadas en cuanto a la participación política. “A veces nos llaman de relleno, necesitan mujeres para llenar espacios”, denunció Asceneth. Se refería a que muchas veces las mujeres están dentro de los espacios directivos de las organizaciones para mostrar una pluralidad de género que no se ve reflejada en la capacidad para participar en las decisiones de ellas.

Pero la participación de las mujeres no solo es relegada en las organizaciones sociales, sino también en el Estado. Luz Nelly Velandia, de la Asociación Nacional de Mujeres Campesinas, Negras e Indígenas, denunció que en las juntas directivas de las entidades estatales que se encargan del desarrollo rural no hay presencia de mujeres. Se refería a instituciones como el Banco Agrario, Corpoica y el Instituto Colombiano de Desarrollo Rural.

Lea también: Nelly Velandia y la lucha por la tierra de las mujeres campesinas​

En la misma dirección, las mujeres criticaron la falta de implementación del enfoque de género en las entidades públicas del sector. “Podríamos decir que si bien hay una institucionalidad que ha venido retomando el tema, no estamos contentas con la apropiación de las instituciones del sector agropecuario”, puntualizó Medrano.

Esas peticiones se escucharon en medio de un conversatorio el pasado viernes en el marco de Expo Agrofuturo, que se llevó a cabo en Corferias, Bogotá. En el evento participó la Unión Europea y sus aliados Propaís, MercyCorps, Fundación Alpina y Desarrollo Rural con Enfoque Territorial (DRET).

Visitación Asprilla, directora de la Dirección de Mujer Rural del Ministerio de Agricultura, también estuvo en el conversatorio. Después de escuchar las inquietudes de Diana Medrano y Asceneth Pérez, la funcionaria pública aseguró que desde esa entidad están recogiendo las propuestas de las mujeres rurales en el marco del Comité Interinstitucional de seguimiento al Plan de Revisión, Evaluación y Seguimiento de los programas y leyes que favorecen a las mujeres rurales, creado por medio del decreto 2145 de 2017. “Tienen un reto grande en que ganemos la confianza en ustedes porque la hemos perdido”, replicó Velandia.

Un ejemplo de acción femenina

Diadira Riaño

Diadira Riaño es la representante legal de la Cooperativa Multiactiva de Campesinos Activos de Boyacá (Coocampo). El hecho de que ella llegara a ese cargo directivo se dio en medio de obstáculos. Como cuenta Riaño, la organización, integrada por lecheros de cinco veredas de Chiquinquirá, surgió en medio del paro agrario del 2013 y estaba compuesta en un 95 % por hombres. Ella hacía parte del 5 %.

Esa inequidad redundaba en otros aspectos. Por ejemplo, Riaño dice que las mujeres eran las que ordeñaban las vacas y se encargaban de su cuidado, pero ninguna era propietaria de una cabeza de ganado. “Hemos tenido desventajas, porque desde hace tiempo la mujer fue relegada a criar hijos y estar en la casa”, enfatizó Riaño.

Por eso, empezaron a trabajar para acabar con esa brecha. Las mujeres empezaron a recibir capacitaciones en equidad de género. En ese camino se encontraron con obstáculos, el que más recuerda Riaño es que algunos hombres les prohibían a sus esposas ir a las capacitaciones porque dejaban de hacer las labores del hogar.

Para sortear esas dificultades empezaron a trabajar también con los hombres. Una ONG internacional empezó a capacitarlos en masculinidades. Así, empezó a ceder la resistencia de ellos por las salidas de las mujeres a las capacitaciones.

Los cambios han sido lentos, pero Riaño se siente orgullosa de que se estén dando. Por ejemplo, en la cooperativa se creó el cargo de representante nacional de masculinidades. Cuenta que la persona que ocupa ese cargo es un ejemplo de la transición que varios hombres han hecho. Antes de que empezaran las capacitaciones, él se encargaba de hacer todas las compras del hogar para no soltarle el dinero a ella. “Al final del día, cuando ella estaba cansada, le tenía que pedir que le comprara siquiera una gaseosa”, recuerda.

Esa situación dio un giro radical. Ahora, no solo se reparten los roles del hogar, sino que ella, tras una redistribución de los ingresos de la familia, se compró un carro. Esa situación era impensable antes de las capacitaciones, cuando el machismo imperaba.

Además, las mujeres empezaron a entrar como asociadas a la cooperativa, por lo cual también adquirieron el derecho de asistir a las reuniones en las cuales se toman las decisiones. El número de asociadas se incrementó y, en palabras de Riaño, “empezaron a decir cosas, a opinar”. Poco a poco han empezado a liderar procesos en la cooperativa. Además, están pensando en un futuro: “Estamos criando hijos para que no sean machistas”.

Las mujeres de Coocampo comprendieron que para acercarse a la equidad de género necesitan alcanzar la independencia económica. Con esa claridad, conformaron una unidad de trabajo (conformada por nueve mujeres y tres hombres), en la cual hacen abonos orgánicos con el suero; es decir, los residuos del queso. Pero el proyecto también integra a jóvenes de la zona. Explica Riaño que los integraron con el objetivo de que no se fueran de la región hacia las grandes ciudades. Ellos se encargan de hacer la preparación de suelos con lo que produce la unidad de trabajo.

Aun en un caso tan exitoso como el de Coocampo persisten los desafíos. Riaño le hizo un llamado al Estado para que les otorgue capital semilla a las mujeres y así puedan alcanzar su independencia económica. También pidió que se les garantice una pensión en su vejez y que se abran espacios de recreación para ellas, ya que carecen de lugares para el desarrollo de la cultura y la diversión.

Al final de los conversatorios el llamado fue claro. La construcción de la equidad de género no es asunto exclusivo de las mujeres. Medrano concluyó: “para transformar el país y lograr la paz querida tenemos que centrarnos en las mujeres”.

Lea también: Mujeres cocaleras: la historia no contada de este cultivo en Colombia​