Mujeres cocaleras: la historia no contada de este cultivo en Colombia

Este jueves Dejusticia lanza “Voces desde el cocal”, donde recoge los testimonios de las cocaleras de la región Andinoamazónica, justo cuando cientos de familias se acogen a los planes de sustitución planteados en el Acuerdo de Paz, a la espera de que el gobierno les cumpla.

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Esta es la foto que acompaña la portada del libro “Voces desde el cocal”. Cortesía Dejusticia

Desde que el narcotráfico empezó a ser un tema en Colombia, la cantidad de hectáreas sembradas de coca nunca fueron un secreto. Año tras año se le ha hecho seguimiento a esta cifra, reportada en informes y en los medios como un indicador de éxito o fracaso de la lucha antinarcóticos.

Más difícil ha sido, en cambio, conocer la situación de la gente que se dedica a este cultivo –unas 534 mil personas y 106 mil familias hoy en día–, o sobre las razones que las han llevado a hacerlo. Imposible es saber en estos momentos cuántas de estas personas son mujeres, a pesar de que en el campo las mujeres tienen un lugar diferente al de los hombres, familiar y socialmente, y de que representan el 50 % de las víctimas del conflicto armado en el Putumayo –uno de los departamentos con mayor número de hectáreas de coca en el país– y el 91 % de las víctimas de delitos sexuales allí. Increíblemente, en Colombia no hay cifras claras al respecto.

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Con esto en mente, Dejusticia realizó la investigación Voces desde el cocalsobre las experiencias de las mujeres cocaleras de la región Andinoamazónica, un territorio caracterizado por altos niveles de pobreza y la presencia de actores armados. Se calcula que los ingresos de la mayoría de las familias cultivadoras de la región no superan un salario mínimo mensual y que el índice de pobreza multidimensional, que mide el nivel de necesidades insatisfechas de la población, es del 76,3 % en el Putumayo, mientras que el nacional es del 49 %.

“La guerra femenina tiene sus propias palabras”, dice Svetlana Alexiévich, en uno de sus libros y estas suelen ser menos pronunciadas y conocidas, aunque indispensables para comprender la historia y sus protagonistas. Voces desde el cocal busca justamente amplificar la voz de estas mujeres cocaleras, para entender su experiencia, en un momento clave, en el que cientos de familias se acogen a los planes de sustitución planteados en el Acuerdo de Paz, a la espera de que el gobierno les cumpla.

Al estilo de Alexiévich y los cientos de testimonios que transcribió de las mujeres soldados que lucharon en el Ejército Rojo, en la Segunda Guerra Mundial, en la siguiente entrega quisimos recoger algunos de los testimonios de las cultivadoras de coca que conocimos en el marco de esta investigación, a modo de abrebocas del libro, para poder “escuchar” su relato, en sus propias palabras. “La guerra tiene rostro de mujer”, y en nuestro caso, la coca también.

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Gladys, San Salvador, Putumayo: “La coca ha sido el sustento para las familias de las comunidades. Pero también ha sido una esclavitud. No solo porque exige mucho trabajo, sino porque ha estado mezclada con la violencia y la guerra”,

Patricia, El Tigre, Putumayo: “A mí me tocó la masacre de los paracos en El Tigre. Yo tenía 13 años. Llegaron encapuchados, a la una de la mañana, en cinco camionetas. Decían que, supuestamente, El Tigre era pura guerrilla y no era así. Sí había harta coca en ese tiempo, pero puros campesinos.

Por cosas de la vida yo esa noche me había quedado en la capilla de la Iglesia Pentecostal y, cuando llegaron, sacaron a todos, menos a los de la capilla. Oíamos que unos gritaban ‘No me maten’ y los paracos gritaban ‘Cállese’ y luego tarrarararara, pum. Las mujeres corrían en tangas y camisas de dormir. Los hombres en bóxers. Fue una masacre horrible. Yo del puro miedo me fui al Ecuador y duré ahí como 6 años”, Patricia. El Tigre, Putumayo.

“Pasaron las avionetas fumigando y lo único que se me ocurrió a mí fue meter a mis tres hijos en una caneca grande y taparlos porque todo ese veneno se nos vino encima. El bebecito tenía qué, un año, y yo los tapé, y mientras tapaba las aguas y la comida en la cocina casi no me acuerdo de los niños. Cuando me acordé ellos ya se me estaban asfixiando ahí en esa caneca. Y nos tocó salir tipo 8, 9 de la noche, nos tocó salir corriendo”.

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Ana, Putumayo: “Yo aprendí a cultivar cuando tenía ocho años. Hoy tengo 39. Mi papá era un hombre muy trabajador que vivía del cultivo del arroz. En ese tiempo el Idema nos compraba el producto. Pero eso se empezó a acabar y mi papá se quedaba con las cosechas. Y el arroz, si no se vende ligero, se seca o se daña; entonces mi papá empezó a perder, a perder y a perder.

Y él, desesperado, porque nosotros éramos hartos. Y al final cambió la vaca por semillas de coca y empezó a cultivar. Y cuando empezaron a llegar las remesitas nos llevaba uno por uno al pueblo y nos compraba cualquier cosita: unas botas, unos zapatos o una muda de ropa. Entonces uno empezaba a ver la coca como la solución al problema, de la necesidad que había en la casa.

Cuando fui creciendo, me sembré un pedacito. Y tenía para gastarle la gaseosa a mis hermanos y comprar algo de mecato. Porque yo soy la mayor y he sido muy cuidadosa con mis hermanos. Y a mí me daba mucha alegría poderme comprar un frito para llevar a la casa. Entonces uno ve esa independencia y que puede hacer las cosas”.

Marcela, Puerto Caicedo, Putumayo: “Acá se dan muchos productos, pero es difícil la comercialización. Hay mucha gente que vive por las zonas del río, por trocha, y para sacar un racimo de plátano toca pagar $15.000 y acá lo venden a $5.000. Entonces ¿dónde está la ganancia? En cambio, si usted cultiva coca, en un bolso lleva dos kilos y no le cobran sino el pasaje, que vale como $5.000. Gracias a la coca pude dar educación a mis hijos. Porque sembrando plátano no nos alcanzaba ni para comer”.

Patricia, El Tigre, Putumayo: “Yo no sé qué es dormir hasta las 7 de la mañana. Yo me levanto a las 4. Como estoy sola, me toca madrugar a despachar a los trabajadores para que se vayan a fumigar. Uno mismo, como dueño, tiene que estar ahí en el cultivo porque si no, uno paga y los trabajadores no hacen lo mismo. A veces se le roban el veneno o le echan menos abono.

A las 8 les doy el desayuno a los trabajadores: arepas con café o patacones con pescado o con pollo. Al almuerzo, un sancocho de gallina o de animales. Una boruga o un gurre que mate. Como vivo al lado del río, dejo entrampado el anzuelo; a veces se sabe prender un pintadillo, un zábalo, de 3, 4 kilos. Entonces voy y les dejo un sudado y a las 3 de la tarde vuelvo y otra vez les hago arepas con café o chocolate. Así les varío. Y después la cena”.

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Marcela, Puerto Caicedo, Putumayo: “La guerrilla siempre se escudaba en medio de los campesinos, de los cultivos, de los animales. Se metieron a mi casa mientras los otros les tiraban bala de todo lado. Y nosotros ahí en medio. Muy difícil. Hasta ahorita me duele recordarlo. A ellos no les importaba que había niños, solo les importaba defenderse y que a ellos no les pasara nada. En ese enfrentamiento mataron como a tres guerrilleros en mi finca. En el patio de mi casa. Y los niños vieron eso”.

Martha, Valle del Cauca: “Nosotros vivíamos en la finca y el Ejército nos hizo un bombardeo ahí cerquita, porque decían que por ahí andaba la guerrilla, aunque nosotros nunca la vimos. Como a las 10 de la noche, nos cayó una bomba, a 20 metros de la casa. Tuvimos suerte que había un bote al lado, a la orilla del río, y nos pasó pa’l otro lado del Ecuador, porque, o si no, quién sabe qué habría pasado. A la casa la raquetearon y nos robaron todo lo que teníamos y no pudimos volver sino hasta los dos meses. Y ya cuando volvimos, los niños no pudieron vivir en la finca. Estaban traumatizados y se despertaban gritando de noche. Entonces nos tuvimos que irnos". 

La Flaca, Putumayo: "Mi sueño habría sido ser enfermera para colaborarle a las personas de la zona. No pude por la situación económica. Ahora ya estamos enfocados en trabajar para poderle dar estudio a los niños que tenemos.

En lo que más invierto es en el estudio y vestuario de mis hijos. La educación aquí del todo no es gratis. La calidad educativa es muy baja. Por eso mi hijo estudia en otro corregimiento. Y para que él pueda llegar allá yo cada ocho días tengo que darle 30, 50 mil pesos. Uno no puede mandar a un adolescente sin un peso para sus gastos". 

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Mónica, San Miguel, Putumayo: “Yo llevo 22 años sembrando coca. Empecé desde los 21 y tengo 43. Ese es nuestro sustento. No tenemos otro. No hay ninguna garantía para dedicarnos a otra cosa. Acá no habemos personas malas ni nada de eso. Pero esa es la única alternativa que ha habido. Hace 22 años y ahora. Bien sea en raspe o en cualquier otra de las actividades conectadas al cultivo. Tampoco es que quede mucho. Apenas para pagar la comida y los trabajadores. Libres, libres, por cada cosecha, nos quedarán unos 500 mil pesos. Dependiendo de la cosecha, porque no todas las cosechas son iguales”.

* La investigación “Voces del cocal” se realizó con el apoyo de Fensuagro y se encuentra disponible en www.dejusticia.org