Memorias de la guerra que vivió la Armada Nacional

La Universidad Santo Tomás hizo un estudio sobre la cultura de esta fuerza naval, las dificultades que debió soportar durante la guerra y el contexto histórico del Pacífico y el Caribe colombiano. Esperan que sea un insumo para la construcción de la memoria nacional. 

azul_bandera.jpg

Esta es la portada del libro que se lanza este miércoles en la Filbo 2017
Cortesía.

En las últimas décadas del siglo XX la Armada Nacional reorganizó su esfuerzo para apoyar al Ejército Nacional y la Policía Nacional. Esta última había sido desbordada por la intensidad del conflicto. Fue así como esta fuerza naval asumió una parte de la jurisdicción de los Montes de María y la franja costera de 20 km del Pacífico colombiano. También se hizo cargo de muchas cuencas de los ríos más representativos de colombia.

Para narrar estas memorias de guerra, la Armada contactó a la Universidad Santo Tomás. La División de Ciencias Sociales, la Facultad de Sociología y la Maestría en Planeación para el Desarrollo asumieron el reto de contar la historia desde los ojos de decenas de jóvenes que perdieron partes del cuerpo o familiares mientras cumplían sus deberes en la Fuerza Pública.

El resultado es un libro dividido en tres partes: En la primera parte se habla del contexto histórico de las áreas Pacífico y Caribe. La segunda parte habla de las historias de las víctimas y los afectados de la Armada. “La idea no era narrar las operaciones sino los procesos de recuperación luego del evento”, explica Camilo Castiblanco, sociólogo de la Universidad Nacional que hizo la investigación para la Universidad Santo Tomás, y es coescritor del libro.

La tercera trata de algo que los investigadores llamaron antropología militar, es decir, narra qué significa para un militar su uniforme, su cuerpo, su honor, dejar a la familia por largos espacios de tiempo y otros aspectos de su vida íntima. Colombia2020 reprodujo una de las historias que contiene el libro. 

“Así como cargaba mi mochila, así cargaba la muerte a cuestas”

 “Algún día lo quiero ver así, como todo un Infante de Marina”. Ese es el primer recuerdo que José Puche tiene de niño en las playas de Coveñas. A su padre, la fascinación por la labor de los Oficiales lo llevó a tener a muchos de ellos como amigos.

Entonces, al niño de barrio, el que creció corriendo por las calles de Montería (Córdoba) y ayudando a su padre en el oficio de mecánico, le quedaron sonando todas las historias que escuchaba cuando los Oficiales de todos los rangos de la Armada Nacional le llevaban los carros de la base a que les hiciera ajustes. “Mi padre tenía una fascinación por las armas”, contó.

Pero en su adolescencia, fueron otras las razones por las que decidió enlistarse. “La situación económica era muy difícil en mi familia, entonces, me fui para la Armada. Yo solo tenía diecisiete años, no había terminado el bachillerato, y me dejaron entrar porque mi padre tenía conocidos allá. Eso fue en el año 1998”.

Le dolía alejarse de la tierra que lo vio nacer, por eso, pensó que si hacía un curso para Suboficial, cada dos años, iba a estar en una parte diferente del país. “Yo tenía este lema: de aquí de los Montes de María si no salgo muerto, salgo pensionado”. La vida de militar se la tomó con humor, era la única forma de hacerle el quite a la adversidad, la misma que lo hizo ver masacres perpetradas por guerrilleros y paramilitares en la tierra que más amaba.

Ir del batallón a la casa era un riesgo inminente de encontrarse con el enemigo de frente, entonces, armaban toda clase de estrategias para no toparse con la muerte. Málaga, Palenque, Turbaco, Arjona, Cartagena. Ninguno de estos sitios se salvaba, en todos se corría riesgo. Los militares eran blanco de guerrilleros y paramilitares.

Llevar a los militares hacía el casco urbano era una tarea difícil. “Yo sabía que algún día me iba a tocar. Así como cargaba mi mochila, así cargaba en peso de la muerte a mis espaldas. Uno se familiariza con eso, todos los días”.

José Puche nunca le contaba a su madre ni a sus hermanos menores, dónde se encontraba, ni qué hacía, sentía pavor de ponerlos en riesgo, cada visita era intempestiva, era la única forma de protegerlos.

“Por qué estás así de flaco hijo”, eso le decía ella cuando lo veía llegar con su rostro demacrado. Él callaba, incluso, si antes había tenido que soportar horas, al costado de una carretera, aguantando todas las inclemencias del clima, luego dos o tres horas montado en un camión hasta llegar al batallón, y de ahí, tener la suerte de entregarlo todo sin problemas, no podía faltar ni un cartucho, luego venía en anhelado permiso o la negativa del mismo, que era peor. En esa escena venían muchas peleas, la desesperación hacía estragos. “Siempre me acuerdo de lo que me dijo un Suboficial: mis hijos, que mi Dios los bendiga porque huelen a formol. Eso fue cuando salimos de la base de Coveñas”.