Marilyn, de sobreviviente del conflicto a atender víctimas

Aunque su alegre infancia fue trizada por la violencia, las evocaciones y los consejos de su padrastro asesinado por los paramilitares le sirvieron para pulir su vida con paciencia, perseverancia y estudio.  

La congoja desplazó a la incertidumbre cuando la Policía, el 24 de agosto del 2005, le dijo a la familia de Marilyn Rojas Sierra –quien en ese entonces tenía 10 años– que fuera a reconocer los cadáveres de sus familiares. “A mí no me querían dejar ver los cuerpos porque los dejaron muy mal. A mi papá lo reconocí por las manitos, a él lo degollaron, lo torturaron y le pegaron muchos tiros, igual que a mi hermanastro. Ambos estaban irreconocibles e hinchados porque había pasado un día de muertos”.

Con una voz que delata que los recuerdos todavía trizan su corazón, Marilyn, ahora de 22 años, rememora el día en que encontraron los cuerpos de Cayito y de Diego Alberto –padrastro y hermanastro– botados al lado de un tanque de agua en un sitio llamado el Cajón, cerca al municipio cundinamarqués de Guayabal de Síquima, la Puerta de Oro del Magdalena centro. 

“Sabíamos que habían sido las Águilas Negras – grupo paramilitar que operaba en la región– porque dejaron un panfleto y porque ellos venían cobrándole vacuna desde un tiempo atrás a mi papá. De todos nosotros, la más afectada con la muerte de mi papá fue mi mamá porque ella lo amaba mucho. Ella estaba en shock, no entendía nada, estaba como pasmada. La misa fue en la parroquia y los enterramos en el cementerio de Guayabal junto al cuerpo de la mamá de mi hermanastro, quien había muerto de cáncer”.

El origen del sentimiento que su madre y el resto de la familia profesaba por Cayito data del momento en que el abandono de su padre biológico fue suplantado por la bienvenida que él les dio en su vida. “Después de que mi papá biológico solamente nos reconoció y se fue, conocimos al que sería mi papá de crianza, una persona que nos acogió a todos los siete –a mi mamá y a nosotros seis–”.

Él se llamaba Arcadio López Barbosa, le enseñó muchas cosas, muchos valores y con él vivieron unos cinco o seis años. A él siempre lo vio cómo su papá y porque Cayito, como le decían a Arcadio, le brindaba amor, la apoyaba en todo, los llevaba a la escuela, les ayudaba con las tareas y los cuidaba mucho como si fueran sus propios hijos. Con él pasaron de tener solo una comida al día a los tres ‘golpes’ reglamentarios. “Fue un excelente papá, mi mamá dejó de trabajar porque con él nos cambió el nivel de vida y respondió por todos, y del día que lo asesinaron recuerdo mucho que me dijo que yo tenía que ser la mejor en todo”, anota Marilyn.  

Pero la zozobra regresó a la familia de Marilyn. “Después de la muerte de mi papá, como a las dos semanas, comenzamos a recibir amenazas y panfletos que decían ‘váyanse de aquí, que esta propiedad no les pertenece’. A uno de mis hermanitos, que tenía 11 años, casi lo matan: lo golpearon y le pusieron un arma en la cabeza”.

No querían abandonar la región, pero por tranquilidad decidieron desplazarse a Bogotá, donde su tradición campesina no congenió con la turba de la capital, que ahorcaba sus esperanzas de supervivencia. A los tres meses, luego de enterarse –por parte de familiares de su mamá– que en Guayabal las cosas estaban un poco calmadas, decidieron regresar.

“En Guayabal tocó empezar de cero porque ya no teníamos nada. Sin embargo, volvieron las amenazas e incluso como nos veían a todos pequeños, solos con mi mamá y vulnerables, unos familiares intentaron violarnos a mí y a una de mis hermanas… ¡qué falta nos hacía Cayito! Ya no teníamos de quién recibir un consejo” agrega.

El estudio

De todos los hermanos, Marilyn era la única que asistía al colegio porque a ellos las necesidades los obligaron a abandonar la tiza y el tablero. Coronó el bachillerato, se inscribió al Sena –luego de una convocatoria que hicieron en el pueblo–; se graduó como Tecnóloga en Análisis y Desarrollo de Sistemas de Información; hizo las pasantías en Bojacá –en una empresa de flores en el área de sistemas– y se vinculó con el Instituto de Medicina Legal, en Bogotá, en el área de sistemas.

Vivía en el barrio Olaya, en una habitación. Pero se le venció el contrato y sobrevivió con la liquidación hasta que se le acabó el dinero. Desgastó tacones hasta que consiguió trabajo en un banco donde actualizó los datos de los clientes, fue líder de mesa y, finalmente, auditora de posdesembolsos.

El Fondo de educación para las víctimas

“Un día, trabajando en el banco me enteré del Fondo Educativo para Víctimas, entre el Icetex, la Unidad para las Víctimas, además de otras entidades. Gracias a eso logré entrar al Politécnico Grancolombiano a estudiar Ingeniería de Sistemas,  momento muy bonito para mí porque estaba realizando mi sueño de estudiar en una universidad y, además, ese día era mi cumpleaños”, dice.

Su felicidad se debió al Fondo de Reparación para el Acceso, Permanencia y Graduación en Educación Superior, un convenio entre el Ministerio de Educación, la Secretaría de Educación Distrital, el Icetex y la Unidad para las Víctimas, que busca a través de créditos 100% condonables que las victimas puedan acceder a programas universitarios, con el fin de reconstruir su proyecto de vida y contribuir a la construcción de una nueva sociedad con más oportunidades.

En el marco de este programa y como un requisito para la condonación, los estudiantes deben realizar un proyecto de pedagogía social que busca aportar al proceso de reparación integral a las víctimas, son víctimas apoyando víctimas desde su experticia profesional.

De la tristeza al perdón

Para comienzos del 2017, Marilyn ya no trabajaba en el banco pero un día recibió una buena noticia. “En marzo me llamaron del Fondo Educativo de la Unidad para las Víctimas y me dijeron que había una convocatoria laboral para darle una oportunidad a los jóvenes beneficiarios del Fondo para que entraran a trabajar con el operador de la Unidad. Envié la hoja de vida y, finalmente, nos vincularon a 15 personas”, dice Marylin.

Tuvo una semana de inducción porque a pesar de que son víctimas desconocen la forma de atender a otras víctimas. “Me tocó separar los roles, porque ahora soy funcionaria. Muchas veces cuando estoy atendiendo a una víctima por teléfono y se pone a llorar, yo pienso que a mí me pasó algo, pero que seguro a esta persona le pasó algo peor, entonces debo escucharla y darle orientación y ayuda, porque entre las mismas víctimas nos ayudamos para que en conjunto podamos recordar el pasado sin llorar”, indica Marilyn.

El trato diario con víctimas no ha logrado blindar sus sentimientos del dolor del pasado, ya que cuando asesinaron a su padre ni ella ni su familia tuvieron acompañamiento psicológico. “Ahora por parte de la universidad voy a un psicólogo y ya no es tan duro hablar de mi tragedia, por eso creo que puedo hablar y escuchar a una persona víctima y darle un consejo diciéndole ‘usted vale muchísimo más que sus adversidades’”.

Lo que sí ya no la asalta es la rabia por los victimarios a quienes perdonaría si le llegaran a demostrar arrepentimiento. “Yo tampoco puedo seguir guardando rencor en mi corazón; seguro que uno no olvida pero sí puede perdonar de corazón, además porque quizá a la persona que cometió el crimen la obligaron sus mandos superiores a hacer eso”. 

También por eso, frente al proceso de paz entre el Gobierno y las Farc, “simplemente lo apoyo porque como víctima y como ser humano el día de mañana, cuando tenga la oportunidad de ser mamá, no quiero que mis hijos ni mis sobrinos sufran lo que nosotros vivimos con el conflicto armado”, concluye.

Ahora, Marilyn cursa décimo semestre, rezuma alegría tal vez porque al evocar a Cayito transita la ranchera de Antonio Aguilar: “Qué falta me hace mi padre… cómo lo voy a olvidar, siempre lo tengo presente, cómo lo voy a olvidar, siempre lo tengo en mi mente, él me enseñó a trabajar, me aconsejó a ser decente, él me enseño el buen camino y a vivir como la gente…”.