Hacia La Habana despegaron 196 futuros médicos

Los hijos de la guerra que viajaron a Cuba para aprender a sanar

Son 22 excombatientes de las Farc, 41 familiares de antiguos guerrilleros, 15 parientes de militares, 94 representantes de movimientos sociales y organizaciones campesinas, 23 víctimas de zonas afectadas por el conflicto armado y un expolicía los becados para estudiar medicina. 

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Entre abrazos fuertes, mochilas pesadas y lágrimas de alegría partió el viernes el último grupo de becados. / Fotos: Gustavo Torrijos

El aeropuerto internacional El Dorado, en Bogotá, ha sido escenario de muchas despedidas. Unas largas, otras cortas; unas abrazadas, otras en silencio; unas temporales y otras definitivas. Ha sido testigo de finales y nuevos comienzos, de renuncias, búsquedas y encuentros. Pero, quizá, nunca había embarcado en sus puertas, a la misma vez, a tantos hijos de la guerra, ahora sin bando, compartiendo un mismo sueño, como la semana pasada. Fueron 196 jóvenes becados los que partieron hacia La Habana (Cuba) para formarse como médicos, para aprender a sanar.

—Señores, no se pueden quedar aquí. Están obstruyendo el paso —le dijo un guarda de seguridad a un grupo de personas que no se quería soltar en plena entrada a Migración. Mamá, papá, tía, tío, sobrinos, abuela. En la mitad, Juan Andrés Beltrán, un adolescente de 17 años con audífonos, papeles en mano y una maleta repleta. El apretón se disolvió, era hora de partir.

—Mijo, ¿sí se lleva las mediecitas calienticas que le di? —le preguntó, conmovida, la señora mayor a su nieto. Le tocó su cachete y le dio, suave, dos palmadas.

—Abuelita, no. A mí me han dicho que por allá hace mucho calor, pero la llevo a usted en el corazón por si me da frío—.

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Como Beltrán, la mayoría de viajeros tuvieron eternos abrazos de despedida con sus familias. Algunas realizaron rifas en su vereda o vendieron su vaca gorda para poder transportarse hasta Bogotá. Pero, como expresó entre lágrimas Rosalinda González, excombatiente de la antigua guerrilla Farc y madre de una de las futuras médicas, “vale la pena venir hasta aquí y ver cómo, después de la guerra, nuestros hijos hoy construyen paz. En parte lloro porque esto debe sentir mi gallina cuando le quito a sus pollitos, pero también por la felicidad que se siente ver que la reconciliación y las nuevas oportunidades sí se están dando”. El jueves pasado su hija mayor, su “mano derecha”, como le dice, se fue para Cuba. A pesar de la nostalgia que sintió al verla volar, espera que su otra hija le siga los pasos el próximo año.

Sus familiares llegaron al aeropuerto El Dorado, desde los rincones más lejanos del país, a despedirlos. En seis años, regresarán con su título de médicos.

En total, fueron mil becas las otorgadas por el gobierno cubano y otros miembros de la comunidad internacional en el marco de la implementación del Acuerdo de Paz. En 2017 viajaron 186 jóvenes, que hoy ya llevan un año estudiando en la Escuela Latinoamericana de Medicina, y se espera que 600 más lo hagan entre 2019 y 2021. “Ahora los estamos despidiendo, pero en seis años los vamos a estar recibiendo con sus títulos de médicos en la mano. Muchos sueñan con regresar a sus territorios para ser la esperanza, los médicos de su región, la semilla de una nueva generación en paz, próspera, educada y con ilusiones alejadas de los fusiles”, comentó Adela Pérez, miembro de la Comisión de Becas.

Pérez ingresó hace 27 años a la hoy desmovilizada guerrilla. Con ojos grandes, brillantes y cansados de llorar con despedidas ajenas, contó que espera que, al terminar su proceso en la Jurisdicción Especial para la Paz, pueda estudiar derecho. Estuvo diez años en El Buen Pastor y allí, buscando sola cómo defenderse jurídicamente entre cartillas y memoriales, descubrió que su pasión estaba en la ley. Por ahora, milita en el Partido FARC y busca espacios para aportar al máximo en los procesos de perdón, como este, en el que lo más grato fue haberse encontrado en el procedimiento de selección de las becas con antiguos compañeros de combate, hoy tocando otras puertas. “Me veo reflejada en esos muchachos. Me impulsan a creer que sí somos capaces de transformar a Colombia y tener un país distinto”, manifestó.

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Para aplicar al estímulo solo se debía tener el diploma de bachiller y pasar exitosamente unas pruebas de conocimiento. La convocatoria fue abierta y por eso llegaron al aeropuerto personas provenientes de todos los sectores sociales: 15 familiares de militares, 94 representantes de movimientos sociales y organizaciones campesinas, 23 víctimas de zonas afectadas por el conflicto armado, 41 familiares de desmovilizados, 22 excombatientes de las Farc y hasta un expolicía. Todos, sin importar su pasado, compartieron en la fila las mismas mariposas en el ombligo y la ansiedad de salir de su país. Se miraron nerviosos, se rieron, lloraron, se hablaron cara a cara sin predisposiciones, a pesar de sus orígenes tan distintos. Todos chequearon juntos su pasaporte y, de ser menores de edad, releyeron sus cartas de autorización firmadas por sus padres, antes de cruzar el letrero de Salidas Internacionales y dirigirse hacia su puerta de embarque.

“Semillas de esperanza”

“Cada uno va concentrado en estudiar, en compartir en unión y volver a Colombia como médicos graduados, eso es lo más importante. El pasado quedó atrás”, señaló Wesley Johana García, de 21 años, cuyo padre, de Córdoba, es retirado del Ejército Nacional y actualmente está privado de la libertad. Cargando un peluche gigante, desgastado y tuerto, en vez de un morral, salió para Cuba junto a Juan Fernando Macano, de 17. Su familia, del Huila, fue desplazada, primero, por el Estado. Luego llegaron los grupos armados con la violencia y la muerte. “Encontrarnos unos con otros forma parte del reconocimiento de todos los errores que hubo en el conflicto, pero también del nuevo futuro que tenemos que construir. Quiero darle con todo para venir a mi país y ayudar a los demás”, resaltó.

Fueron 196 jóvenes becados los que partieron hacia La Habana (Cuba) para formarse como médicos.

“Ver estos rostros llenos de esperanza frente al futuro, ver que para ellos uno de los mejores momentos de sus vidas ha sido la firma de la paz, es un aliciente para seguir acompañando al país en su proceso de perdón y reconciliación. Son jóvenes que dejan un pasado difícil para compartir un presente de oportunidades y, a través de la medicina, mejorar sus vidas y las de otras personas”, destacó la embajadora de la Unión Europea, Patricia Llombart.

Pastor Alape, líder del hoy partido de la rosa, también fue hasta el aeropuerto a decirles adiós a los becados. “Ustedes son semillas de esperanza y paz. A través del saber y de prestar un servicio, vamos a cambiar lo que eran instrumentos de guerra por un bisturí, por una aguja, por un tensiómetro. Por construir vida, salvar vidas”, les reiteró.

Según Edilberto Castro, de 35 años, Alape le estaba hablando a él. No es tan joven como la mayoría de sus futuros compañeros de clase, porque pasó 19 años de su vida en la selva. Tenía 16 y vivía en Miraflores, Guaviare, cuando entró a las entonces Farc, en 1999. En ese momento, como cualquier combatiente, “ranchaba, pegaba guardia, remolcaba y ‘comandiaba’”, pero haber estudiado hasta noveno grado le abrió las puertas al ejercicio de la medicina. “Sabía leer y escribir, y eso facilitaba que entendiera los libros de los médicos, entonces me mandaron a estudiar”, recordó, reviviendo los días en los que fue doctor entre árboles, pantano y maleza.

Pero fue hasta una noche de algún febrero lejano cuando se dio cuenta de su verdadera vocación. Estaba terminando la clase de enfermería cuando llegó “un muchacho al que le habían pegado un tiro en el abdomen y le habían roto el estómago”. Castro, que apenas estaba aprendiendo a tomar los signos vitales, tuvo que realizar la cirugía. “La operación fue al ‘destapao’. Me acuerdo que el muchacho había comido arroz con alverjas. Cuando le estábamos lavando el intestino, tenía la comida regada por todo el abdomen. Lo cocimos ‘tantito’, nos fuimos a dormir, y al día siguiente seguimos con la cirugía. Fue todo un éxito. Ahí me di cuenta de que podía salvar vidas, en vez de quitarlas”.

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Todavía guarda dolor con Colombia y se asusta estando en las calles de Bogotá. Lo aturde el ruido, lo desesperan las filas y siente que lo van a atracar, por eso, a diferencia de muchos de los becados, aspira a quedarse en Cuba con su novia, que también viajó a estudiar. Se conocieron hace cinco años y estuvieron juntos en el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación de Mesetas, Meta. Para ambos, ahora “lo importante es bregar a graduarnos como médicos y luego le escribiremos a la cigüeña. Lo que queremos hacer en este momento es demostrar que, a diferencia de los que no han escuchado ni un tiro, nosotros, con los militares y policías que vamos para Cuba, sí queremos pensar en algo distinto a la guerra y queremos utilizar nuestra inteligencia para ayudar al prójimo”.

Los planes de Yorly Rojas y Róbinson Sánchez, ambos excombatientes, son distintos. Ya cargan en sus brazos a un hijo del posconflicto. Se conocieron hace dos años en la última conferencia de las Farc como grupo armado y fue en la zona veredal de Icononzo, Tolima, que concibieron a Énderson Mateo, toda su esperanza e ilusión en un cuerpo de un bebé de algo más de un año. La semana pasada partió Róbinson, quien pronto se encontrará con su familia en la capital cubana, cuando resuelvan la documentación de su hijo.

Sánchez, que encontró primero una beca en el exterior antes que la forma de homologar de alguna manera los 12 años que ejerció la medicina en el monte, sueña con regresar a Colombia “y viajar a todos los rincones donde no llega el sistema de salud”. “Recuerdo que, en un escenario de dolor, cargaba la vida detrás de mi espalda, con los instrumentos, la anestesia y los antibióticos. Esa es la lucha a la que nunca voy a renunciar y la andanza que ahora haré con mi nueva familia”, concluyó. Miró a su esposa y a su bebé, y con la certeza de verlos pronto en La Habana, atravesó junto a sus compañeros la puerta que los conduciría a su próximo destino.