Una iniciativa de las fundaciones Fahrenheit 451, Huella Indeleble y Benposta

“Les di la mano, tomaron la piel”: narrativa infantil, ficción y memoria

En el 2016, un grupo de jóvenes que vivieron inmersos en el contexto del conflicto armado participaron de una serie de talleres literarios. Este libro es una antología de poemas e ilustraciones, resultado de los talleres que ofrecieron las fundaciones.

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Veintitrés niños y jóvenes escribieron sus textos para esta antología, cuya distribución es gratuita. / Cortesía

Nunca les preguntaron. Evidentemente, es una pregunta que no se hace. Los obligaron a dejar su tierra, la primera tierra que oyó sus quejidos, que sintió sus raspones y les sirvió de cancha de fútbol. Tuvieron que dejar esa madre, esa misma donde muchos no han podido enterrar sus muertos porque no hay cuerpos para hacerlo; se fueron sin chiros y sin familia, sin sonrisa y abandonaron la infancia, se quitaron el traje de hijo y les pusieron uno de adulto. Fueron adoptados por otra madre, en cuyo seno no se hallaba la fuente de la vida sino la incertidumbre de la misma. Esa tierra también oiría sus llantos –secretos–, sentiría no sus raspones sino su miedo a las balas y a los helicópteros del ejército, y no sería testigo de rivalidades de un arco a otro, sino de explosivos de acá para allá y de allá para acá; esa tierra no era de ellos, así como la guerra que les tocó hacer tampoco lo era.

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Es vergonzoso que grupos armados ilegales, como las Farc, los paramilitares y otras guerrillas, se atrevieran a esconder por mucho tiempo que ejercían el reclutamiento de niños campesinos en sus filas, y dijeran que sólo había uno que otro que entraba por convencimiento propio. En investigaciones hechas por la Defensoría del Pueblo, la Unicef y Human Rights Watch, se calculó que el número de menores combatientes se extendía a una cifra entre 5.000 y 11.000 antes del fin de las Farc como grupo armado.

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Les di la mano, tomaron la piel es una antología de poemas e ilustraciones elaborados por jóvenes (provenientes del Catatumbo, Guapi, Cabuyaro, Mesetas y Arauca) que fueron reclutados por grupos armados ilegales y/o que en sus hogares han sufrido las consecuencias del abandono del Gobierno colombiano durante décadas. Si bien hay varias instituciones que trabajan por que estos niños y jóvenes puedan buscar un camino distinto a la imposición de la pobreza, la delincuencia y la guerra, los talleres literarios que ofrecieron las fundaciones Fahrenheit 451 y Huella Indeleble no sólo sirvieron para que ellos vivieran un espacio de encuentro genuino consigo mismos a través del espejo de sus letras y con los otros, sino que también dio como resultado la creación de otra memoria distinta para el país.

Estas narrativas no surgieron porque los talleristas llegaran y dijeran “escriban lo que pasó, vamos a hacer memoria”, ni se usó la metodología del Centro Nacional de Memoria Histórica en la que un entrevistador aparece con preguntas específicas, graba y consigna. La diferencia entre la memoria oficial y la memoria de estos poemas es que no fueron dirigidos ni escritos por otros, sino por quienes sufrieron en carne propia los estragos de la guerra, algo que me recuerda la Masacre de las bananeras, ignorada por la historia de Colombia hasta que Gabriel García Márquez la rescató: nada curioso que en la ficción encontremos la verdad que la oficialidad no conoce.

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En los talleres –que duraron el 2016 y gran parte del 2017–, los jóvenes elegían qué tópicos tratar. No se limitaron al de la guerra: escribieron también de amor, de sexo, de atracción, de animales (sí, hay unos en los que volvemos a ver el mundo por primera vez, por ejemplo, a través de los ojos de un gorrión que fue separado de sus padres).

El libro está divido en siete capítulos, cuyos títulos se escribieron en primera persona como señal de la apropiación de los jóvenes con sus letras y su historia, pues recrearon sus experiencias y sus pensamientos volviéndolos ficción, por lo que podemos intuir que, quizá, para sembrar el camino de la reconciliación y del “nunca más”, debemos detenernos a inspeccionar letra a letra lo que jóvenes como estos han escrito: su ficción, gracias a la libertad de decidir qué contar, pues esto –que surge de quienes vivieron la historia– se asemejaría a una construcción de memoria.

Frente a esto no busco, pues, proponer que la literatura sea un instrumento de memoria, sino que la memoria se haga realmente mediante la forma que elija quien vivió eso que anhelamos no olvidar. Lo demás sólo serán distintos formatos de la crónica roja.

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