Lecciones del País Vasco: “Hay que vincular el proceso de paz a la discusión por la competitividad”

Estas son las lecciones de un estudioso de la recuperación económica del País Vasco tras la dictadura franquista.

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Gorka Espiau Idoiaga es profesor del Centre for Interdisciplinary Research de Montreal e investigador de la Universidad del País Vasco. /Archivo El Espectador.

Gorka Espiau Idoiaga se ha dedicado durante décadas al estudio de la recuperación económica del País Vasco tras 40 años de la dictadura franquista. Es profesor del Centre for Interdisciplinary Research de Montreal e investigador de la Universidad del País Vasco. También trabajó como asesor del gobierno vasco en temas de Paz y Convivencia y perteneció a Elkarri, una red social para el diálogo y el acuerdo. Estuvo de paso en Colombia, en un intercambio con líderes de organizaciones sociales que han promovido el diálogo entre diferentes actores en diferentes territorios. Estas son las lecciones que deja para nuestro país, desde la experiencia de recuperación económica de esta región española en un contexto de violencia.

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¿Cuáles son sus recomendaciones para Colombia?

Normalmente pensamos que en un contexto de violencia o de posconflicto no es posible una transformación socioeconómica profunda, que cambie los indicadores macroeconómicos, y nuestra experiencia dice lo contrario. El País Vasco, en los años 70, era una zona castigada por los 40 años de dictadura franquista. Dos provincias fueron declaradas traidoras por el régimen de Franco y no tuvieron apoyo. Esa circunstancia coincidió con el colapso de la industria pesada en todo el mundo, nuestra economía se sustentaba en el acero, la construcción de barcos, además teníamos índices altos de abuso de drogas, y violencia política en las calles, era una combinación de elementos que hacían impensable darle la vuelta a la situación. Treinta años después el País Vasco tiene la renta per cápita más alta de sur de Europa, el índice de pobreza más bajo de Europa, uno de los mejores coeficientes Gini y la transformación sucedió durante los años de violencia.

¿Cómo lo lograron?

Generalmente se estudia de forma diferenciada la economía y la política, y eso no se puede hacer. Los atentados y la violencia política influyen en la economía. Lo que aprendimos es que más allá de las decisiones de política pública, hay una dimensión cultural que hace que las decisiones tengan éxito. Es importante estudiar las narrativas que tiene la sociedad sobre qué es posible y qué no es posible, revisar el tipo de sociedad que se quiere construir, qué niveles de desigualdad estamos dispuestos a aceptar. Las empresas apostaron por mantener la manufactura cuando ésta se había caído. La consigna en Europa era abandonarla, pero el País Vasco y Alemania decidieron mantenerla. De igual manera se implementó una renta básica para aquellos que se quedaban sin empleo para evitar la desigualdad, se abrieron escuelas para recuperar la lengua vasca que se estaba perdiendo.

¿Por qué se toman esas decisiones, quién las toma?

No necesariamente fueron los líderes. No hubo alguien más listo que los demás. Hubo cientos de proyectos a nivel comunitario respondiendo a la misma lógica. Es el caso del museo Guggenheim, en Bilbao que transformó toda la ciudad. No era lógico invertir tantos recursos en traer ese museo a una ciudad destrozada. Esas son las decisiones que operan en la lógica de “le vamos a dar la vuelta a esta situación”. Lo primero fue pensar en que lo haremos juntos; esas transformaciones no se pueden dar en una sociedad desestructurada, porque la gente no respondería a los esfuerzos que estamos pidiendo. Tener esa visión compartida es fundamental. Esas son las herramientas que debemos incorporar.

¿Cómo trasladar eso a nuestro contexto?

Las personas que están aquí (en el Encuentro Internacional Diálogo entre Opuestos) trabajan con los derechos humanos y tienen esas herramientas, pero no suelen trabajar con actores económicos ni con el gobierno para integrar las grandes decisiones estratégicas con lo que sucede a nivel comunitario. La pregunta que dejamos es cómo integrar en Colombia el software de la transformación. Me explico: el hardware son las iniciativas, la inversión, las políticas públicas. En el mundo eso ya se ha estudiado y ya sabes cuáles son buenas, entonces las traes a Colombia y no funcionan porque software es diferente. 

¿Cómo integrar ese software en una sociedad polarizada como la nuestra?

Los discursos políticos siempre estarán enfrentados, eso es normal. En el País Vasco era así hace 30 años y sigue siendo igual hoy. Es sano que haya diferentes narrativas, pero por debajo hay una metanarrativa de país que nos dice quiénes somos y para dónde vamos. Y en un país como Colombia también hay metanarrativas de región: no es lo mismo la percepción que tiene Antioquia que la de Bogotá. Hay que buscar historias de transformación. A veces creemos que la inversión crea un cambio cultural, pero no. Es el deseo colectivo de transformación el que se traduce a la política pública y así se genera una nueva realidad.

¿Qué se puede hacer, por dónde empezar?

Es importante hacer ejercicios de escucha comunitaria. No solo lo que hay en la superficie como la narrativa de los partidos o de sus líderes. Para eso es importante el trabajo de los medios de comunicación, que deben buscar por abajo a ver qué elementos comunes encuentra que puedan compartir todos. En las transiciones son esos elementos de cambio los que permiten cambiar la narrativa. Por ejemplo, gracias a la firma del acuerdo de paz ustedes deciden que Colombia debe ser líder en desarrollo humano sostenible, respetuoso con la justicia social y con el medio ambiente. Entonces buscan eso que hay debajo para escucharlo; si no lo entienden, se mantendrá esa narrativa de que nada va a cambiar. La gente pensará: “quitamos la violencia, pero todo seguirá igual, se mantendrá la desigualdad, las zonas rurales seguirán siendo las más pobres”. Si la percepción general es que no se puede cambiar, pues no se cambia. Y luego hay llevar esa discusión a las mesas de competitividad.

¿Para qué?

La evidencia científica nos dice que un territorio o un país no es competitivo si tiene niveles de desigualdad muy amplios y si no es respetuoso con el medio ambiente. Esos son los pensamientos de los países más avanzados en el mundo, entonces por qué insistir en cometer los mismos errores que ellos ya cometieron.

¿Qué lecciones nos puede dejar?

El mundo de los derechos humanos se siente más cómodo fuera de la mesa de la competitividad, porque es la mesa de los industriales, y se creen éticamente en un nivel de superioridad porque hablan de derechos humanos y no se meten en esas discusiones económicas. Si siguen haciendo eso, no van a tener impacto en el sistema.

¿Qué falta para que Colombia lo logre?

Mi sensación es que Colombia tiene una oportunidad histórica, tiene un capital humano impresionante, hay un montón de iniciativas en marcha, la cuestión es que no están integradas. Si no se produce esa integración no se genera un cambio en el sistema. Los ingredientes están, tienen mejores condiciones y oportunidades que otros países que han estado en situaciones de posconflicto, hay unos niveles de inversión interesantes.

¿Cómo superar esa sensación de división para encontrar algo que nos jalone?

Siempre que estás metido en el fragor de la batalla es difícil ver las posibilidades. Es normal que se produzcan pasos atrás y pasos adelante. Lo que sabemos es que cuando hay cambios de gobierno, los gobiernos nunca hacen lo que se espera de ellos, a veces los gobiernos conservadores son los que más hacen, resultan ser más progresistas. Es normal ese sentimiento de angustia, es lo que en sicología se llama ansiedad preventiva: tienes miedo de lo que puede venir, como viviste épocas difíciles temes que pase lo peor, tiendes a ver más las dificultades que las oportunidades. Por eso hay que tener perspectiva, tomar distancia y ver qué es lo que sucede, aprovechar las oportunidades. El escenario hoy es tan complejo que tendrás un territorio de dificultad y otro de oportunidad. La cuestión es si el conjunto de la sociedad se centra en las dificultades o en las oportunidades.

El punto es cómo encontrar las oportunidades…

Aquellas sociedades que consiguen avanzar en esos procesos son aquellas capaces de confrontarse más en las visiones de transformación de futuro que en la visión del presente y del pasado. Sobre el pasado nunca habrá acuerdo, cuando hablamos de memoria, creemos que todos vamos a tener una visión común, y no será así. Hay que mirar atrás para que haya verdad, memoria y reparación, pero el acuerdo es sobre para dónde vamos.

¿Qué mensaje les enviaría a los empresarios?

Los empresarios saben que hay una noticia buena y una mala. La mala es que tienen poco margen de maniobra, es decir, el mundo está tan globalizado que no importa quién gobierne. Lo bueno es que los modelos de crecimiento y competitividad actuales necesitan estar conectados a una agenda -que antes no estaba-  de lucha contra la desigualdad y elementos medioambientales. Los países más avanzados saben que sus modelos de empresa y de competitividad están vinculados a cómo se comportan en el terreno de la igualdad y del desarrollo sostenible. Como saben que no hay alternativa buscarán nuevas formas de diálogo, nuevas formas de negocios, nuevas formas de conexión con la sociedad civil, con los gobiernos, con las universidades. Colombia tiene oportunidad de engancharse a ese cambio, es necesario conectar el proceso de paz con el cambio de modelo socioeconómico. El proceso de paz debe permitir que esos múltiples actores trabajen junto al sector público. Ahora los agentes públicos trabajan de igual a igual con los empresarios, hay cooperación público-privada, inversión, emprendimiento.

Hablar del modelo socioeconómico aterra a muchos…

Es por que no hablamos del detalle. En cualquier centro de pensamiento de Harvard o en el London School of Economics les dicen a los empresarios que tienen que construir un nuevo modelo económico más avanzado, que incluya una dimensión social y ambiental. No es un asunto que pidan los sindicatos, ya está en agenda del Banco Mundial, la Unión Europea. La cuestión es cómo hacerlo. La oportunidad está en vincular el proceso de paz a la competitividad, que esté en la misma mesa, si lo desconectamos, reproducimos el conflicto. Es sano que existan diferentes visiones de ese modelo, pero si quieren avanzar como país tienen que integrar la agenda social, a la económica y la ambiental. Los países que lo han hecho están al frente, y los que no, estarán detrás. Es el gran mensaje que se aprende de países que se han transformado al salir de momentos de violencia.

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