La palabra dulce, el verbo indígena

Una exposición sobre las luchas, los lugares, las tradiciones y la vida que transcurre en ocho pueblos indígenas de Colombia: “Endulzar la palabra”, en el Museo Nacional.

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El pueblo barí, en el Catatumbo, está en medio del narcotráfico y el silenciamiento. Esta es una de las fotos de la exposición. / Camilo Ara - CNMH

Alrededor de un meteorito en el suelo, el aerolito de Santa Rosa de Viterbo, se encontraban los mayores y algunos integrantes de los pueblos indígenas. Era de noche en el Museo Nacional y estaban boras, ocainas, muinanes y uitotos M+N+K+A de La Chorrera del Amazonas; los wiwas, de la Sierra Nevada de Santa Marta; los awás, de Nariño, Putumayo y Ecuador; los nasas, del norte del Cauca, y los barís, del Catatumbo. Estaban en círculo, rodeando la luz que venía de arriba, con un solo objetivo: armonizar la exposición que durante cuatro años construyeron.

Endulzar la palabra. Memorias indígenas para pervivir es el resultado del trabajo del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) con estos ocho pueblos indígenas. Esta exposición cuenta con el apoyo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) a través del Programa de Justicia Transicional y del Gobierno de Canadá.

El camino del recuerdo comenzó en 2013, a partir del decreto 4633 de 2011 para la reparación integral de pueblos y comunidades indígenas. Un documento escrito en español y desde el Estado, que no es indígena. Por eso lo primero que hicieron fue traducirlo culturalmente. ¿Qué significa ser una víctima en cada comunidad? ¿Existe la palabra víctima en todas las lenguas indígenas? ¿Las víctimas sólo son humanas?

Angélica Medina y Patrick Morales, del grupo de Enfoque Diferencial Étnico del CNMH, encontraron respuestas distintas a estos cuestionamientos. El ejercicio del recuerdo debió hacerse teniendo como pilares los cuatro principios de lucha indígena: equidad, territorio, autonomía y unidad. El ritual de armonización, entonces, los encerraba todos.

Estuvieron presentes elementos como los collares y las coronas que usaron algunos indígenas, con la autorización de los mayores de los pueblos. Se tenía el canasto de la tristeza, que se abrió para dejar salir el dolor del pasado y poder dar inicio al proceso de memoria; se compartió el ambil, una mezcla de sal de monte, hoja de tabaco y agua; se ofreció el mambe, que es la hoja de coca tostada y molida, para los que mambeaban. Lo colectivo estaba presente; el compartir era empezar la unión.

Reconstruir, reafirmar y proyectar

Concertado con las autoridades de gobierno tradicionales y con las autoridades espirituales, los pueblos se decidieron a escribir su memoria al lado del CNMH. “El decreto reconoce que hubo daños individuales y colectivos”, dice la investigadora Angélica Medina, quien en su hoja de ruta trató de comprender los tres ejes esenciales para reparar a las comunidades: el territorio como sujeto vivo, que genera vida y que también es una víctima; la larga duración del conflicto, pues la afectación violenta viene desde la llegada de los españoles, y finalmente, los factores implícitos al conflicto, como el modelo económico y la presencia del narcotráfico.

Gil Farekatde hace parte del pueblo uitoto M+N+K+A de La Chorrera. Es líder de su comunidad y habla perfecto español, aunque esa no es su lengua materna. Es hijo del tabaco, de la coca y de la yuca dulce. Allí donde la coca es la representación humana, el tabaco es la representación del hombre y la yuca dulce la representación de la mujer.

“No más con el hecho de decir que la coca es la planta que mata, los programas de Gobierno que dicen que hay que erradicar la coca, que hay que sustituirla, ese es un principio que está yendo en contra de la libre determinación de los pueblos”, dice Gil, hablando de las dimensiones del conflicto, que no se limita a la lucha armada en los territorios indígenas.

Entonces, desde ahí, desde el desconocimiento y la negación de los principios indígenas, desde la marginación de los conocimientos ancestrales y el ingreso a los territorios, continúa la victimización. La palabra fue, entonces, la forma de endulzar el amargo pasado, pero no para engañarlo, sino para digerirlo y poder actuar y lograr construir el Informe Nacional de los Pueblos Indígenas.

El informe no sólo es un escrito. Con cada pueblo se acordaron distintos productos, dependiendo de cómo quisieran y se pudiera presentar la memoria que ellos mismos trazaron: piezas audiovisuales, cartillas, documentales, mapas o informes escritos. Lo esencial era que la misma comunidad pudiera recoger su memoria “escrita por nuestra misma gente”, como dice Gil.

La exposición es la visibilización de las voces, de la diversidad indígena, de las luchas de cada pueblo, de sus lugares. “Endulzar la palabra”, dice eso con las fotografías, dibujos, documentales y testimonios, con la palabra y el espacio para la memoria viva. Los indígenas siguen presentes, a pesar de los intentos de exterminio, de los conflictos de saberes, tradiciones, lenguajes y armas. Ellos viven en su territorio con autonomía. No quieren esperar a que el Estado reaccione, cien años después de la esclavización y el asesinato de miles de ellos en las guerras por el caucho y más de 500 años después de la llegada de los españoles. “No somos partidarios de la resistencia. ¿Resistir hasta cuándo? La resistencia de nosotros es la confrontación”, finaliza Gil.