Jóvenes que nacieron en la guerra, ahora construyen país

Mónica Lehder, Mayra Vásquez y José Jaime Uscátegui vivieron la guerra en Colombia de diferentes formas. Ahora aportan a la creación de un país sin conflicto. 

Como hija de narcotraficante estoy convencida de que puedo cambiar mi historia

Por Mónica Lehder

Nunca me consideré una víctima del conflicto armado. Si les soy sincera no conocía a fondo el significado de esa palabra. De pronto por soberbia o porque debía aparentar ser fuerte me preguntaba ¿víctima, yo?

Pensamos que es algo malo ser víctimas y es todo lo contrario. Darte cuenta de que eres víctima es aceptar tu completa realidad y así mismo la responsabilidad de generar cambio.

No es quedarte con los brazos cruzados ante lo sucedido, sino entender el para qué de lo sucedido y cuáles son los pasos a seguir. No es fácil.

Vivimos en un país donde todos somos víctimas pero también somos la solución.

Vemos crímenes atroces cometidos a diario, de toda índole: secuestros, extorsiones, violaciones, guerras, robo, drogadicción, maltrato físico y sicológico. Hasta las enormes filas en las EPS desde las 3 a.m. son un crimen.

Pero muchos de nosotros solo vemos estas cosas en los noticieros y no nos lo tomamos personal ni creemos q nos afecte y ahí, en ese momento, es donde cada uno de nosotros estamos cometiendo un crimen: LA INDIFERENCIA.

Pensamos que los demás son los responsables de solucionarlo y no nosotros, y si verdaderamente queremos la paz en Colombia cada uno de nosotros debemos cambiar y asumir nuestra responsabilidad en crear país.

No podemos seguir en el individualismo que abunda hoy. No nos interesa qué le está pasando al vecino y mucho menos en qué lo podemos ayudar.

Mónica Lehder es la hija de Carlos Lehder, narcotráficante que el 4 de febrero de este año cumplió 29 años preso en Estados Unidos.

Las negociaciones del Gobierno con la guerrilla nos deben importar a todos, pero no podemos seguir esperando a que ellos tomen una decisión para que se logre el cambio si no lo hacemos cada uno de nosotros. No es solo responsabilidad del Gobierno, el hecho de que nosotros no estemos sentados en la mesa de negociación no quiere decir que no seamos parte de la construcción de la paz.

En mi caso personal, soy una mujer de 33 años, hija de un reconocido narcotraficante de los años 80, el cual fue extraditado a los Estados Unidos donde todavía sigue recluido. El 4 de febrero de este año cumplió 29 años preso. Solo tenía 4 años cuando extraditaron a mi papá. En esos primeros años de vida compartimos muy poco ya que estaba siendo buscado por la justicia  y no nos podíamos ver mucho, pero así no haya compartido mucho físicamente con él todos estos años, siempre la mancha del narcotráfico la he llevado en mí.

He sido señalada, juzgada y discriminada. Culpada de muchas cosas de las que nunca he sido parte, pero si de algo estoy segura es que las personas que lo han hecho no se han tomado ni 5 minutos de su tiempo en conocer mi historia para poder hablar, solo se han dejado llevar por un apellido poco común.

Grave error que cometemos todos los colombianos, huimos de la historia, no nos interesa ver más allá de cada ser humano.

Por cosas de la vida y de Dios, hoy tengo un trabajo que me permite conectar con personas a diario. Trabajo con una compañía de salud y bienestar creada a partir de historias y eso me encanta. Tengo un centro de bienestar donde todas las mañanas llega la gente a desayunar y puedo ser parte de su vida y ellos de la mía. Ver día a día cómo por medio de mi ayuda van mejorando su bienestar y su calidad de vida es invaluable.

Pero lo que más amo de lo que hago es que es un trabajo para todos, donde no se mira el estrato social, los estudios y mucho menos el apellido para poder ingresar. Todo lo que haga depende solo del desempeño propio, de nadie más.

¿Cómo construyo país? Dando lo mejor de mi cada día, convirtiéndome en mejor persona, soltando tantas cosas que traigo de un pasado que no me pertenece y queriendo salir de la historia donde nací, una historia para no repetir. Mostrando a la gente la realidad que hay detrás del conflicto del narcotráfico y la guerra. No es la fantasía que muestran muchos medios y eso siempre lo recalco. Cuento mi historia esperanzada de que en algún momento a alguien le va a tocar el corazón y va a tomar la decisión de no entrar en ese mundo.

Recientemente me involucré en un proyecto que lidera un gran ser humano en la ciudad de Armenia, Quindío, con los habitantes de la calle. Es increíble todo lo que pasa a nuestro alrededor y no nos damos cuenta.  Ver la cara de la gente con hambre es algo estremecedor, tantos niños desamparados y nadie les da una mano, todo lo que escucho es que el Gobierno les debe ayudar, pero ¿qué tal si lo hacemos cada uno de nosotros?

Como vivimos en un mundo de consumismo, pensamos que solo se puede hacer con mucha plata, pero la mayoría de las veces con algo tan sencillo y básico como la cordialidad es más que suficiente para recibir una sonrisa.

Mis ideas para la construcción de la paz son sencillas pero sé que son las más efectivas. Debemos generar cambios en nosotros para así tocar nuestro entorno y de ahí se irá desarrollando un movimiento de paz que logrará tocar a cada colombiano.

Empecemos por nuestras familias, que todos las tenemos tan descuidadas pero son la base fundamental del ser humano. Conozcamos el vecino y sus necesidades, puede que en nuestras manos esté la solución a sus problemas.

Dejemos la indiferencia y sintamos cada cosa que pasa en nuestro país, seamos solidarios, dejemos el individualismo y el egoísmo. Cuando dejemos de actuar por el beneficio propio sin importar a quién nos llevamos en el camino todo cambiara.

Siempre se escucha que los niños son el futuro, ¿pero qué clase de presente les estamos dando? Rescatando los valores y respeto en cada uno de nosotros y en las instituciones lograremos formar una mejor generación para que cuando llegue el 2020 Colombia sea reconocida como el  paraíso que realmente es.

Yo como hija de narcotraficante estoy convencida de que puedo cambiar mi historia, que no importa donde nacimos sino en qué nos convertimos y que todos podemos aportar para lograr el país que deseamos.

Un abrazo de paz.

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Conocemos la guerra y podemos imaginar el futuro con una mirada fresca

Mayra Vásquez y su familia fueron desplazados por los paramilitares en el municipio de Carmen de Bolívar. Hoy, a sus 20 años, ella es coordinadora de jóvenes de la Asociación de Mujeres Víctimas del Conflicto Armado (Asomudcar).

 

Por Mayra Vásquez

Tenía cinco años cuando los grupos armados llegaron a la finca de mi papá. Lo recuerdo muy vagamente, salimos de nuestras tierras por temor a tantas muertes que hubo en la vereda. Dejamos atrás animales, cultivos y todo por lo que mis padres habían trabajado. Llegamos al casco urbano de nuestro municipio, Carmen de Bolívar (Bolívar), para crear una nueva vida.

Cuando tenía 17 años, recién graduada del colegio, me entró mucha inquietud sobre el desarrollo de mi municipio. ¿Cómo funciona el Gobierno? ¿Qué hay que hacer para sacar más y mejores proyectos? Me encanta ayudar a los demás y me parece importante mostrarle al mundo que nosotras, las mujeres, tenemos derechos. Empecé a interesarme en los movimientos sociales.  Formé parte del Comité de Apoyo a la Niñez y Juventud. Desde ahí empecé a trabajar en proyectos sociales financiados por diferentes fundaciones. He trabajado en iniciativas de fortalecimiento institucional y cultural.

Después del comité, ayudé a crear una escuela itinerante de paz. La escuela trabaja con los hijos de las víctimas del conflicto. Buscábamos la forma de hacer memoria histórica, causar impacto en la comunidad y ampliar el acceso a la cultura y el deporte. Después trabajé en un proyecto basado en la ley 1257 (que busca prevenir y sancionar la violencia contra las mujeres) para empoderar a las mujeres jóvenes y que participen en políticas públicas. Hicimos mesas de juventudes tanto en la zona rural como en el casco urbano. Planteamos propuestas para mejorar el municipio.

Por esa época también se dio tratamiento psicológico que da el comité local de apoyo a las víctimas. Es un espacio donde podemos compartir nuestras experiencias y superar los traumas.  Obviamente todavía nos duele cuando nos acordamos de esa época, pero gracias a todos estos años de acompañamiento poco a poco lo hemos superado hasta el punto de que puedo decir que los perdoné. Lo único que quiero es seguir trabajando por la paz y la reconciliación, especialmente con niños y jóvenes.

Este año, cuando empezó el Comité de Desarrollo Territorial, representé a la comunidad universitaria. Fue divertido. Pudimos imaginar cómo nos gustaría que fuera nuestro municipio después del proceso de paz. Tenemos muchas iniciativas. Por ejemplo, queremos crear una casa de la juventud para que todos tengamos un hogar, un lugar donde expresarnos libremente. Además sería una buena plataforma para hacer alianzas con fondos que desarrollen alternativas de empleo. Junto con unos 20 jóvenes del municipio creamos una cooperativa que se llama Cooajesp para fabricar y comercializar traperos artesanales y miel.

Los temas de género también me interesan. Muchos vienen a dar talleres de cocina, modistería o peluquería porque creen que esos son oficios propios de las mujeres. Pero nosotras tenemos la capacidad de desempeñarnos en cargos de mayor impacto como la agricultura, la política y el medio ambiente. Todavía hay muchas barreras para acceder a ese conocimiento y más si somos mujeres. Lo que necesitamos son universidades que vengan a dictar clases aquí.

Yo estudio Contaduría Pública en Uni Remington, en la sede Sincelejo, y no ha sido fácil. A mis padres les ha costado mucho mantenerme estudiando. Las familias aquí tienen pocos ingresos y eso es en parte porque no se educa a las mujeres para que tengan capacidad de producir económicamente. A pesar de todas las dificultades, mis papás siempre me han apoyado y sabemos que el esfuerzo que hacemos va a servir para devolverles todo lo que ellos han hecho por mí.

A futuro quiero encontrar las soluciones a los problemas como el embarazo a temprana edad. Aquí se ve muchas niñas de 14 o 15 que años que deben dejar el colegio para criar a su hijo. Eso conlleva problemas la desnutrición infantil, el maltrato familiar y el rechazo de la sociedad. Así es como lo he visto en mi trabajo como coordinadora de jóvenes de la Asociación de Mujeres Víctimas del Conflicto Armado. En este momento estoy a cargo de un grupo de niñas y constantemente estoy hablando con ellas para saber cómo las puedo ayudar mejor.

Para contrarrestar eso planteamos soluciones como métodos anticonceptivos y soluciones médicas, pero lo más importante es presentarles a las mujeres otro horizonte, otro modo de vivir. Deben pensar en otras cosas además de estar con sus amigas, buscar fiestas o entrar en actividades ilegales por tener demasiado tiempo libre. Lo que queremos es proveer muchas alternativas culturales, deportivas y laborales que las hagan soñar un futuro diferente.

Otro problema es el índice tan alto de violencia contra las mujeres, sobre todo las jóvenes. Las cifras no revelan la magnitud del problema porque las mujeres jóvenes tienen miedo de que si cuentan que las violaron la sociedad las va a rechazar, algo que muchas veces pasa. Vi casos de eso en la zona rural de Carmen de Bolívar y después de un trabajo fuerte logramos que muchas de esas jóvenes denunciaran. Hasta conseguimos que un señor que maltrató a una niña pagara cárcel en Cartagena.

Pienso que hay que despertar en la juventud el hambre por conocer más. Para eso debe servir la etapa del posconflicto. Nosotros somos los que debemos aportar las soluciones para el futuro porque conocemos la guerra y podemos imaginar el futuro con una mirada fresca y contemporánea. Me emociona pensar en todo lo que lograremos.

 

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Aspiro que los hijos de la guerra seamos pronto los padres de la paz

José Jaime Uscátegui es hijo del general Jaime Humberto Uscátegui, enviado a prisión por su supuesta omisión frente a la masacre de Mapiripán, cometida por paramilitares.

Por: José Jaime Uscátegui

Soy el orgulloso hijo de un militar del Ejército de Colombia y, como tal, conozco de primera mano los rigores de la guerra. Crecí con un padre ausente porque era un hombre dedicado en cuerpo y alma a sus deberes como oficial. La mitad de mi vida tuve que verlo ocasionalmente entre traslados y operaciones militares, y la otra mitad he tenido que visitarlo en una cárcel por la misma razón: cumplir con su deber.

Mi padre, el brigadier general Jaime Humberto Uscátegui, entregó 31 años de su vida a la defensa del país y sus instituciones. Durante ese tiempo, el golpe más doloroso que recibió fue el asesinato de su hermano (mi tío), el capitán Diego Uscátegui, en una emboscada de las FARC el 16 de enero de 1988 en María La Baja (Cesar). Hoy miro atrás y le agradezco a mi papá que jamás, a pesar de su inmenso dolor, me inculcó un resentimiento visceral hacia los perpetradores. Eso, sumado a mi creencia en Dios, me permite vislumbrar el futuro del país con mayor esperanza.

Una década después de la pérdida de mi tío, en 1999, mi familia recibió un segundo golpe letal: mi papá fue enviado a prisión por su supuesta omisión frente a la "masacre de Mapiripán" (sic). En ese momento, mi papá perdió su carrera, su libertad, su buen nombre y empezó un calvario judicial que se prolonga hasta la actualidad.

Ese fue el día en que desperté, ya bastante inmerso en mi adolescencia, y me encontré con la cruda realidad de un país en el que hay militares que deshonran el uniforme, fiscales y jueces que venden sus conciencias, periodistas con libretos amañados y representantes de ONG que trafican con el dolor de las víctimas. A todos ellos atribuyo que mi padre lleve 17 años privado de la libertad a la espera de un juicio justo.

“¿Dónde está la virtud?” me he preguntado todos estos años. Las verdaderas víctimas de Mapiripán no dejarán pasar la página funesta de la masacre si no reciben una mínima dosis de verdad, justicia y reparación. El problema es que si pretenden pasar la página con un falso victimario, seré yo, como hijo y víctima, quien no dejará poner fin a esta historia. Así hay miles o millones de casos en el país, la verdadera paz comienza por cicatrizar esas heridas y el bálsamo está en manos de la administración de justicia.

Además de hijo, ahora también soy padre, y por eso me doy la oportunidad de soñar con un país justo y en paz. He participado en un diálogo abierto y permanente con otros integrantes de mi generación, provenientes de múltiples sectores políticos e ideológicos, con quienes creo es posible construir un “acuerdo sobre lo fundamental” y avanzar hacia un modelo democrático con plenas garantías. Lo hago bajo la premisa de que no tengo mentalidad de esclavo, así como tampoco de intruso, y eso permite un intercambio fecundo con mis interlocutores.

Aspiro que los hijos de la guerra, seamos pronto los padres de la paz. El denominado “posconflicto” debe ser un auténtico relevo generacional que sepulte para siempre el uso de la violencia y la corrupción como referentes políticos. Un largo camino está por recorrerse en ese sentido, los militares y sus familias tenemos mucho que aportar al respecto, espero que se nos brinden los espacios y las garantías.