Perfil

Jesús Abad Colorado: testigo de la memoria

Es quizás el fotógrafo que mejor ha retratado el dolor de la guerra en Colombia durante los últimos 25 años. En un ejercicio constante de memoria y reflexión sobre las víctimas, ha captado con su cámara las profundas huellas de este conflicto.

hector_abad.jpg

Fotografía de Jesús Abad Colorado tomada en el municipio de Peque (Antioquia) en 2001.

“En Colombia casi todo campesino puede decir que su padre, su tío o su abuelo fue asesinado por la fuerza pública, por los paramilitares o por las guerrillas. Es la diabólica inercia de la violencia, que desde antes de 1948, año del asesinato de Gaitán, ha dejado más de un millón de muertos”, escribió Alfredo Molano en el libro Desterrados.

Lea también: Una taza marcada para no olvidarse​

Jesús Abad Colorado ha retratado con su cámara el conflicto armado de nuestro país por más de dos décadas, y entre las cientos de imágenes hechas por el fotógrafo hay una que representa no sólo el pasado, sino el presente y además invita a reflexionar sobre el futuro. La foto fue tomada en el municipio de Peque (Antioquia), situado a 239 kilómetros de Medellín, a una mujer campesina junto con su nieta. Ellas observan en silencio la infamia de la incursión paramilitar.

Lea también: Ríos y silencios: la exposición de vestigios de humanidad​

El 4 de julio del año 2001, cerca de 800 miembros fuertemente armados de los bloques Norte, Mineros y Noroccidental Antioqueño de las Auc ingresaron a Peque desde la localidad vecina de Buriticá. Los paramilitares fueron de casa en casa para obligar a la comunidad a hacer presencia en la plaza, ahí escogieron a 30 habitantes y asesinaron a ocho de ellos acusados de ser auxiliadores de la guerrilla. Además amenazaron a los 7.000 habitantes a desalojar en un plazo de cinco días. Las Auc permanecieron cerca de 20 días en Peque, municipio que desde hacía algunos años carecía de vigilancia policial.

La Fiscalía señala directamente de la masacre a Ramiro Vanoy, alias Cuco Vanoy, a Carlos Castaño, Salvatore Mancuso y Luis Arnulfo Tuberquia, alias Memín. Este último fue capturado en 2006 y condenado a 20 años de prisión por estos hechos. En el proceso judicial reveló que la toma armada fue ordenada por Castaño y Mancuso con el supuesto propósito de recuperar 300 cabezas de ganado robadas por la guerrilla. En realidad, esta localidad era considerada como un corredor estratégico de las Farc. Los hermanos Castaño ordenaron a todos los jefes paramilitares que debían aportar hombres para este cometido. Pilatos y Memín fueron los encargados de construir un helipuerto en zona rural del municipio de Sopetrán, con el fin de tener un “puerto de llegada” de combatientes de los otros bloques y así formar un gran comando armado para tomarse ese pequeño pueblo. Con cuatro meses de antelación, los paramilitares habían avisado que irían al municipio de Peque. El Estado sólo llegó a la zona algunas semanas después de la masacre.

La foto del desarraigo

“Salimos de Medellín rumbo al municipio de Peque con dos periodistas de la revista Semana, Juanita León y Natalia Botero. Fuimos los primeros en llegar a esta zona, aun antes que las autoridades legales, y nos dijeron que los paramilitares se habían marchado el día anterior. Cuando llegas al municipio, este se ubica al fondo de un escarpado hoyo, rodeado por grandes montañas, con caminos que zigzaguean entre cultivos de maíz y caña tejiendo un cielo altozano. Ese mismo día, a las cinco y media de la tarde llegó la guerrilla de las Farc. Arriando algunas vacas, los guerrilleros le decían a la gente que habían llegado para cuidarlos y que el ‘ejército de Satanás’, los paramilitares, no volvería a la región, ya que ellos eran el ‘ejército de Jesucristo’. Me parecía muy macondiano ver la partida de unos y la llega de otros, pero siempre hay algo en común: nuestros campesinos siendo sometidos a la orfandad, a la soledad, al abandono total por parte del Estado”, cuenta Jesús Abad.

El fotógrafo se quedó algunos días en Peque hablando con los pobladores. Buscó lo profundo de sus vidas y sólo encontró sus rostros cansados. Caminó con ellos desprovisto de cualquier tipo de prejuicios con su cámara al hombro. Nunca la esconde, quiere que lo vean con su cámara, que sepan que Jesús Abad está ahí para documentar la memoria. Si los indígenas nos enseñaron a “caminar la palabra”, Jesús Abad nos “fotografía la palabra”, da el registro, un testimonio contra el olvido.

“No llego a un lugar apretando el obturador como un loco. Me gusta conversar con la gente y verlos a sus ojos, para que vean los míos. Es respeto. Darles nombre es devolverles un poco la dignidad y no puedo ser inferior a su memoria y la de los ausentes”, declaró en una entrevista a la BBC.

La foto de la masacre en Peque cuenta la historia de una campesina de unos 60 años de edad, junto con su pequeña nieta de unos ocho años aproximadamente. Ellas observan los cuerpos envueltos en plástico colgados de una guadua; ella le recuerda a Jesús Abad que hace unos 50 años vivió lo mismo. La violencia les pasó por encima y perdieron no sólo amigos, vecinos, familiares, sino sus cosechas y sus animales.

“Cuando ves la foto, la piel de la campesina se parece al territorio de Peque, las manos de esta mujer son duras como es el campo colombiano. En su cuerpo hay cultivos y hay esperanza. Hoy seguramente esa niña será una jovencita y probablemente, como suele ocurrir en el campo, ya tendrá hijos. ¿Se repetirá entonces la misma historia?”, reflexiona el fotógrafo.

Jesús Abad es el Alfredo Molano de la fotografía. Cruzó el país en todos los sentidos, a lomo de mula, marchando, caminando descalzo, viajó en chivas o camiones de carga por senderos de fango y caminos de herradura. Él habla a través de las imágenes de las familias campesinas, de sus sueños, sus miedos y del anhelo de volver. Sus fotos son un testimonio con nombres de personas y de animales, familias que huyen por ríos y caminos de trocha llevando a sus espaldas sus cristos y sus vírgenes. Campesinos que sueñan caminar sobre tapetes de flores de guayacán. Jesús Abad es casi siempre el último en irse.

Abad asumió la decisión de tomar sus fotografías en blanco y negro, porque representa para él la memoria. “Creo que es más respetuoso. El color agrede en situaciones de violencia. El blanco y negro le da más carácter de documento, de duelo”, comentó en una entrevista para la BBC. “En el Museo Nacional y en el Museo de Antioquia de Medellín hice una exposición de fotos llamada: Peque y el desarraigo, donde hablo de todos estos hechos ocurridos hace más de 16 años. En la Casa de la Cultura de Peque hay varias de estas fotografías. Las hice llevar hace un año y medio con tres magistrados del Tribunal Superior de Justicia y Paz. Ellos llevaban el proceso llamado ‘Incidente de reparación colectiva por desplazamiento forzado’. Estas exposiciones son otra de las características de mi trabajo en muchos lugares del país, y las hago como parte de la memoria de los municipios y veredas que visito. Son fotos que hablan de la resistencia y de la humanidad, que invitan a reflexionar más allá del espectáculo. Para mí, encaminar el periodismo por el ejercicio de la imagen es igual a escribir la historia del país, pero desde la fotografía, y así dejar un testimonio contra el olvido”.

Jesús Abad concluye diciendo: “Los eventos traumáticos demoran muchos años en ser sanados, y cuando estos hechos vulneran, no sólo la vida, el cuerpo, sino además la dignidad de la gente, como a muchos de nuestros campesinos, demora en procesar. Y aún más cuando no hay órganos de justicia que se encarguen de castigar los hechos violentos o a los victimarios. En Colombia, muchos casos continúan en la impunidad y eso genera rabia e indignación, porque no sólo no hubo castigo sino que además hubo silencio y complicidad de los organismos del Estado. Es por ello que en Colombia se termina banalizando y naturalizando la violencia”.

La guerra en Colombia de más de 50 años ha dejado muertos, desplazados y desaparecidos. Hoy debemos crear espacios para la memoria y la reconciliación. La fotografía nos abre una luz para luchar contra el olvido. Por la memoria de Peque, recordamos aquí los nombres de las víctimas de la masacre: Francisco Antonio Higuita Higuita, Samuel Moreno Moreno, Reynel Higuita Cano, John Eduard Higuita Higuita, Carlos Alberto Agudelo Oquendo, Marcos Gómez Chavarría, Jovani Ortiz Tuberquia y Elkin Higuita Guerra.