A propósito del documental y la exposición

Jesús Abad Colorado, el retrato de un testigo de la guerra

El documental “El testigo”, presentado por Caracol Televisión, y la exposición “Geografías de dolor y resistencia”, en la Sala de Arte de Suramericana, son dos homenajes a la propuesta de este reportero gráfico antioqueño.

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El reportero gráfico Jesús Abad Colorado ha trabajado en medios como “El Colombiano”, “El Tiempo” y El Espectador. / Cortesía

Jesús Abad Colorado enfoca siempre con el ojo izquierdo, porque está más cerca del corazón. Por el diseño de las cámaras, es común que sea el derecho el encargado de determinar el objetivo retratado. Pero en él, curiosamente, es el izquierdo. No hay una regla exacta para explicar cuál es el indicado para esta tarea; muchos aseguran que se trata de un tema de zurdos y diestros. En todo caso, escribe y corta con su eje derecho.

Jesús Abad Colorado: testigo de la memoria

Sus fotografías son la prueba reina de la sincronía entre sus latidos y el parpadeo. La conexión entre estos dos órganos le ha permitido establecer un vínculo similar al nexo creado con los testigos de los hechos más descarnados del conflicto colombiano.

Abad ha construido un lenguaje que no requiere palabras, que tiene escritos todos sus mensajes en su actitud como periodista y que para fotografiar, solo necesita el cruce sincero y profundo de una mirada. Eso es lo que le ha impulsado a tomar el registro de los sucesos de un país, aun cuando sus propios habitantes no lo han dejado. “Usted aquí no va a tomar fotografías”, le dijo un inspector después del incendio provocado por el Eln en un oleoducto, en 1998. Las llamas se propagaron por todo el caserío, ocasionando la muerte de 84 civiles, muchos de ellos trasladados a la Iglesia de Machuca, en el municipio de Segovia, Antioquia.

Respetó la orden, pero no por mucho tiempo. Con la reflexión y recurriendo a su compromiso como periodista de mostrar la calamidad de lo sucedido, convenció a las autoridades presentes en la masacre. Hoy, las fotografía de los cuerpos calcinados dentro del templo sagrado son un testimonio más de las consecuencias del conflicto interno de Colombia. “Yo he documentado hechos de guerra de una manera más humana, pero me la paso hablando de la vida… Para mí contar la tragedia de este país no ha sido un placer, ha sido un dolor constante; pero lo hago porque es una forma de que quede un testimonio para que haya una reflexión”, dijo el fotógrafo durante una entrevista publicada en el libro Hechos para contar, escrito por Lorenzo Morales y Marta Ruiz.

Esa tarea propuesta por Jesús Abad Colorado se ha fundamentado en un compromiso profesional y en un acto de solidaridad que no tiene horarios, límite de fotografías, y que desde hace más de 15 años, cuando dejó las oficinas de El Colombiano, tampoco tiene un contrato. Ahora, sus viajes son auspiciados por organismos en pro de la construcción de memoria histórica y por su propio bolsillo, que se ha extendido de tal manera que dijo presente en muchas desmovilizaciones de paramilitares. Su idea es que esos registros sirvan para recrear algunos de los momentos más complicados del país.

Que sus fotografías hagan parte de ese relato tan importante para Colombia, ha sido su motivación. Las raíces de su compromiso pueden estar plantadas en las enseñanzas de periodismo e historia de la Universidad de Antioquia, donde obtuvo el título de comunicador social. Sin embargo, también es probable que se encuentren arraigadas a la tragedia familiar en la que creció, tras el asesinato de su abuelo paterno y de un tío, y su posterior desplazamiento en 1960 de San Carlos, Antioquia. El crimen siguió el trayecto ya delimitado por otros y quedó en el olvido, pero la familia, instalada en Medellín, siguió con su vida sin sembrar una gota de venganza en las generaciones posteriores.

Entender las lágrimas de un campesino que pierde a un familiar, o conocer la desdicha de un desplazamiento forzado, ha hecho que la cámara de este paisa de dichos y refranes logre pararse en las botas de las víctimas y que el espectador de sus fotografías también pueda sentir cómo tallan esos zapatos. “Lo que siempre busco es recordar que el otro también es un ser humano. Yo no puedo pensar en guerrilleros, en paramilitares o en soldados como lo más perverso de Colombia; yo también los veo como víctimas”, reconoce Jesús Abad Colorado con la vehemencia que caracteriza sus discursos, “los niños me cuentan que les han matado a sus papás o a sus hermanos y que se meten en las guerrillas porque quieren cambiar esa situación”.

Por eso, el archivo de Abad Colorado tiene una infinidad de rostros y uniformes. Esta manera de registrar los hechos nació cuando su trabajo como reportero gráfico en el periódico El Colombiano le exigía el cubrimiento de partidos de fútbol durante los fines de semana. “¿Por qué no tienes el balón?”, le reprochaban sus jefes cuando regresaba del encuentro con rollos enteros de los hinchas en las gradas, de sus caras de euforia después de un gol o la desilusión por una anotación en su propia portería. “El fútbol también es la gente que celebra o sufre desde la tribuna”, les contestaba el joven reportero de mediana estatura y pelo negro rizado. Luego cambió el césped de las canchas y se concentró en profundidad en las montañas y territorios afectados por la guerra, y allí aprendió que para ver la muerte, es indispensable ver primero los rostros de la vida.

En medio de las balas que acaban con la tranquilidad, está la sonrisa de un joven guerrillero que no ha perdido la inocencia; en medio de los estragos de los enfrentamientos entre los ejércitos, existe la esperanza enfocada en una niña que atraviesa el lente del fotógrafo con el mismo ojo cercano al corazón; detrás de la sangre todavía fresca y de las lágrimas que no paran de rodar, están los abrazos de las madres y el cariño de los hijos que quedan como testigos de la adversidad.

Y también están las fotografías de Jesús Abad Colorado, dispuestas a armar el rompecabezas de la historia colombiana, diseñadas con la fidelidad y la veracidad de un periodista enfrascado en su compromiso con la sociedad, pero que también hace parte de esas cifras que componen una parte del acertijo colombiano aún sin resolver.

Como la labor de los bomberos califica el trabajo de un periodista, pues ambos deben salir a asumir su rol pensando en que volverán a la casa. Pero la muerte, registrada infinitas veces, ha estado detrás del fotógrafo durante mucho tiempo. La poesía, el amor incondicional de su familia y el humor que lo caracteriza dentro de sus círculos de amistad más íntimos, lo han sacado de esos lugares oscuros difíciles de sobrellevar y a la muerte le responde, como lo dijo para el diario El Espectador, con la letra de la canción de Nando Coba: “la muerte me vino a buscar y yo le dije: carajo, respeta! Yo tengo cien años no más, por donde mismo viniste regresa. Ay, conmigo que nadie se meta”.

Consciente de que a veces no basta con una poesía o con una fotografía, la escritura ha pasado a formar parte fundamental en su labor. Sucedió, por ejemplo, después de la masacre de la comunidad de paz de San José de Apartadó, Antioquia, el 21 de febrero de 2005, a donde llegó con su equipo para retratar la muerte de ocho personas, entre ellas tres niños. “Yo me desgarré. Me estaba muriendo por dentro con esa historia”, confesó Jesús Abad Colorado para el libro de Lorenzo Morales y Marta Ruiz, mientras que sus primeras palabras fueron: “No puedo guardar más silencio”, publicadas en las páginas del periódico El Tiempo.

“A los adultos los descuartizaron, solo quedó el tronco. A la niña de 6 años le cortaron un brazo y le abrieron el vientre, igual que al niño de 20 meses”, declaró desgarrado en un texto que tituló “Cuatro días en la busca de los cadáveres de la masacre en comunidad de paz de San José de Apartadó”. La crudeza de su escrito revela la franqueza y la calidad periodística con la que ha trabajado durante 22 años, basada en una estética que solo se logra por la vía del respeto, heredada de su padre y perfeccionada por las jornadas recorriendo el país junto a su equipo fotográfico y un radio para escuchar las noticias en la mañana.

A sus 50 años, Jesús Abad Colorado sigue caminando, convencido de que sus dos pies son los responsables de sus historias. Quizás a ellos les deba agradecer los premios Simón Bolívar que ha recibido, o galardones como el de la Libertad de Prensa, entregado por el Comité para la Protección de Periodistas (CPJ). Pero lo que queda claro es que en la armada de un rompecabezas de millones de fichas que representa la historia de Colombia, la vida y trabajo de esta paisa valiente y de barbilla partida, junto a la sincronía entre su ojo y el corazón, son el legado más importante que puede dejar para que este país no repita sus equivocaciones.

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