Javier Flórez, el general “milagros”

El hombre que acaba de negociar el punto clave del fin del conflicto armado en Colombia es un “tropero” al que le tocó quitarse el barro de las botas para sentarse a hablar cara a cara con quienes habían sido sus enemigos históricos.

“Conejo” fue el apodo que le pusieron cuando inició su carrera en la Escuela Militar de Cadetes, en febrero de 1977. Y así lo conocen en la tropa hasta hoy. No solo por sus dientes sino también por sus hábitos nocturnos: no duerme más de cinco horas, por lo que no es raro que a las 2:00 de la madrugada esté ya levantado leyendo prensa o viendo noticieros pregrabados o, cuando está en su casa, despertando a su esposa para “conversar un ratico”.

El general Javier Alberto Flórez Aristizábal fue el hombre que lideró por el Gobierno la Subcomisión Técnica para el Fin del Conflicto, que desde mediados de 2015 asumió la discusión en La Habana sobre el desarme, las zonas de concentración de las Farc y el cese del fuego bilateral y definitivo. Una tarea que le costó desde el principio una lluvia de críticas —incluso dentro de la misma Fuerza Pública— donde no faltó quien lo tildara de traidor por sentarse a dialogar con los enemigos que alguna vez juró combatir.

No fue una decisión fácil aceptar ese encargo que le pidió directamente el presidente Juan Manuel Santos. Flórez es un tropero, de esos oficiales que van al frente en la batalla. Fue él quien comandó el ataque que terminó con la muerte del “Mono Jojoy”. También participó en el operativo contra “Raúl Reyes” y cuando apenas comenzaban las negociaciones de paz, el grupo a su mando fue el que dio con el paradero de Alfonso Cano en zona rural de Suárez (Cauca).

Por eso, bien se puede decir que pasó del combate directo a la mesa de negociaciones en Cuba. El día que se enteró de su nueva misión de paz, reunió a su familia, les comunicó la decisión de aceptar y pidió consejos. Porque es de los que escuchan y da sugerencias, tanto que hasta se sabe las penas y sinsabores de sus soldados y ellos lo reconocen. “Es un tipo que se deja dar consejos de sus subalternos y eso en un general no es común”, dicen quienes lo han tenido como comandante.

Lo del general “milagros” —como también se le conoce— es un término que sus más cercanos utilizan para describir lo que ha sido su vida. El primero de esos milagros es haber llegado a ser militar. Sin venir de una familia de tradición castrense, siendo más bien parrandero y relajado, entró a la Escuela de Cadetes porque no quería prestar el servicio militar —algo sin sentido— pero que refleja esa rebeldía que siempre lo ha caracterizado. De hecho, desde el primer día tenía en su mente que no tardaría mucho en la vida militar.

Pero ha vivido ya en más de 30 batallones a lo largo y ancho del país como comandante del Gaula de Cundinamarca, jefe de segundo comandante de la Brigada de Fuerzas Especiales, comandante de la Fuerza de Despliegue Rápido, comandante de la Fuerza de Tarea Conjunta Omega, comandante del Comando Conjunto del Sur Oriente y jefe de Educación y Doctrina de las Fuerzas Militares. Y tras casi 40 años de servicio aún promete a su esposa cada año pedir la baja.

Fumador empedernido, de rumba larga hasta el amanecer, era quien programaba fiestas con sus compañeros de curso los fines de semana. Cimenta su autoridad y ascendencia en el ejemplo y por eso, para que todos lo siguieran, la primera fiesta de los cadetes la programó en la casa de sus padres, en el barrio El Campín de Bogotá. Buen bailarín, que se mueve al son de lo que le toquen, cuentan que en pleno páramo de Sumapaz encontró que sus hombres llevaban varios días sin bañarse por el intenso frío. No lo dudó y fue el primero en probar la ducha a varios grados bajo cero, para que los demás lo hicieran y así fue, no les quedó más remedio.

Es recio, serio en el trabajo, terco pero práctico. También malgeniado y explosivo, monta en ira por un par de minutos en los que se enrojece, abre los ojos y sacude el mostacho. Pero prefiere tomarse su tiempo, analizar la situación, retomar la calma y conciliar. Eso sí, de las cosas que no soporta son la impuntualidad y la falta de palabra. Una vez, en la Escuela Militar, su mejor amigo llegó tarde a recibirle un turno de guardia y fue tal la indignación que terminaron a los puños.

Amiguero y buen compañero como el que más, es recordado entre sus hombres por la costumbre de premiarlos con pollo asado y gaseosa después de los combates. Dicen que una vez barrió con todo lo que había en los asaderos de un pueblo. La razón de ello es que Flórez no soporta las lentejas ni los enlatados que les toca comer a los militares cuando andan en el monte. Y no es que lo haga por exigente o por tener gusto refinado. En realidad lo suyo es el arroz, la papa y la carne. Y en algún momento, una buena lasaña.

El segundo milagro fue haber sobrevivido a un accidente de helicóptero. Estuvo mes y medio muriéndose, no solo por las heridas propias del incidente sino por las enfermedades e infecciones que adquirió durante la convalecencia. Estuvo al otro lado y volvió. El tercero, dicen en los cuarteles, es haber sido nombrado para la mesa de La Habana. Los troperos en el Ejército tienen fama de tener poco seso y su temperamento relajado y poco entregado al estudio alimentaron en algún momento una imagen de “chafarote”, como se les dice a ese tipo de oficiales.

Imagen equivocada. Flórez fue el único general que desde hace rato se venía preparando en temas de paz y fue uno de los primeros en reconocer que la salida negociada al conflicto podría ser un camino para el país. Hace seis años, el Gobierno comenzó a traer a Colombia a catedráticos de la Universidad de Oslo para instruir a los militares sobre temas del posconflicto —lo que el general Freddy Padilla en algún momento llamó la “posvictoria”—. Mientras muchos de los altos mandos les sacaban el cuerpo a esos conversatorios, Flórez asistía a ellos casi que religiosamente, sin importar en qué parte del país estuviera e inclusive pidiendo permiso para ausentarse de la Fuerza de Tarea Omega, donde conoció a las Farc y aprendió sus fortalezas y debilidades.

Mientras otros altos oficiales delegaban en sus subalternos la asistencia a esos eventos académicos, en donde inclusive generales irlandeses que negociaron con el IRA impartieron cátedra, el general “milagros” estaba en primera fila tomando nota. Un día, mientras la mayoría del auditorio insistía en la derrota militar como única salida al conflicto colombiano, se levantó enérgico de su silla y dijo: “Yo sí creo que la balanza está de nuestro lado y es el momento de negociar”. No recibió buenas miradas, pero que un oficial netamente operativo dijera eso, ya era una señal de que las cosas estaban cambiando.

Estando en la Fuerza Omega, la unidad militar más importante del país, lo enviaron a un cargo de mitad de tabla: la jefatura de Educación y Doctrina Conjunta de las Fuerzas Militares, algo que nada tenía que ver con su perfil. “Lo sacaron del llavero”, dijeron algunos en el Ejército, suponiendo que ese cambio significaba el ocaso de su carrera militar. De allí fue enviado al depósito de los generales: el Estado Mayor Conjunto, una especie de pasillo por donde transitan lentamente los hombres que están a punto de salir de la fuerza.

Fue cuando recibió el llamado del presidente Santos para sumar sus conocimientos y experiencia a la paz. Un nuevo milagro quizás. Ahora, vestido de everfit le pasa a lo que a muchos de sus compañeros: negado para combinar la ropa. Por eso su hija mayor le ayuda a empacar la maleta cuando viaja a La Habana y le amarra dentro la camisa y el pantalón que debe ponerse. Ahora, con la firma del cese del fuego bilateral, que significa ni más ni menos que el silencio de los fusiles y el fin de la confrontación armada con las Farc, su esposa espera que se haga un nuevo milagro: que cumpla la promesa de pedir la baja.