Guillermo González desentraña el periodismo de los 80 en su nuevo libro

Periodista de El Espectador en los candentes años 80 y escritor, González Uribe narra en "A pesar de la noche" su experiencia con los comienzos de los grupos paramilitares en Colombia y sus macabros nexos.

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Guillermo González Uribe, autor de “Los niños de la guerra” y “A pesar de la noche”, dos libros que ahondan en la compleja sociedad colombiana. / Óscar Pérez - El Espectador

Y ahí estaba, repitiendo, como en su novela, que era necesario romper el cerco del poder, pasar a la acción, dejar atrás a los grupos sectarios y dogmáticos. Ahí estaba, como si el tiempo no hubiera transcurrido, mirando a lo lejos, recordando, volviendo a los años 80, cuando escribía en El Espectador sobre cine y teatro y libros, y de vez en cuando sobre derechos humanos, o sobre la ausencia de derechos humanos en los tiempos de Turbay Ayala, antes y después. Ahí estaba, moviendo sus manos, hablando, devolviendo la película, asintiendo y negando casi a la vez, como si de nuevo fuera el protagonista de sus textos y se entrometiera entre los párrafos que solía escribir. Por momentos era Sebastián, el hombre que se jugaba la vida por el periodismo, por transformar el orden de las cosas en Colombia desde sus escritos, un tipo perseguido, amenazado, que acabó por desaparecer, dejando su historia escrita en diskettes escondidos en húmedas cajas de cartón, y por momentos era Guillermo González Uribe, el escritor que lo había rescatado. O que se había rescatado a sí mismo dejando su testimonio en un libro.

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Ahí estaba, y mientras estaba, parecía contar los años pasados, cinco, diez, quince, veinte, y las líneas escritas en las viejas máquinas de escribir, como si se acabara de sentar ante su escritorio y de una página hubieran ido saliendo las letras, las palabras, las frases, las descripciones y el dolor: “A su paso, el director deja una estela de respeto. La gente lo quiere, es un hombre bueno y justo, así como enérgico cuando es necesario. Un hombre que no busca cercanías con el poder, que casi no asiste a reuniones sociales. Un ser jovial, alegre, fraternal con aquellos pocos con los que alterna. Pese a las batallas que ha dado y sigue dando, siempre tiene tiempo para comentar un libro o un artículo, escuchar las posiciones de los otros, sonreír frente a los comentarios. Pero en los últimos tiempos se le ve un tanto taciturno (…) En el fondo, sabe que está prácticamente solo en esta lucha”.

Hablaba del pasado. Evocaba a don Guillermo Cano, y sus escritos sobre él y con él, pues era el director del periódico quien le había publicado varios de los textos que los jefes de redacción le prohibían, aquellos que hablaban sobre el surgimiento de grupos paramilitares, sobre la negra asociación entre poderosos de todos los estilos y todas las clases, sobre asesinatos, crímenes y negocios bajo la mesa. Ahí estaba, en una sala de juntas del año 2017, con un carné de ingreso, su nombre, Guillermo González Uribe, y una foto en blanco y negro que más parecía un manchón, aunque en el fondo y en el lejano tiempo fuera Sebastián, pelo largo, jeans gastados, varios libros bajo el brazo, carné de la Nacional, sueños, luchas, romanticismo, rumbas, salsa, bares y confesiones: “La moto pasa, nada pasa. La paranoia aumenta: paranoico desde el barrio por mechudo, en la universidad por izquierdo tirapiedra, en el periódico por decir lo que molesta al poder”.

Retomaba antiguas conversaciones con personajes casi olvidados que le habían dicho que ellos eran los guardianes del orden, los delegados “por la sociedad, por el pueblo, para proteger la vida y la honra de los ciudadanos, como dice la Constitución; para ello tenemos el monopolio de las armas y tenemos que luchar por conservarlo”, y que por ello, y para ello, a veces tenían que apretar un poco a los insurgentes para que hablaran. Ahí estaba él, González Uribe, y ahí estaban también los soldados que pensaban en blanco y negro, en bueno y malo, en proteger a la gente, así tuvieran que desaparecer a unos y quemar a otros. Ahí estaba él, haciendo suyas las palabras de una de las protagonistas de su novela, “Está terminando una época del periodismo en la que el mayor tesoro de la profesión era la ética. Ahora el que supuestamente triunfa es el más arrodillado, el que más se vende o se regala a los poderes”.

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De repente se callaba, como si lo vivido volviera a atormentarlo. Su novela hablaba por él. Por él y por tantos personajes que la habitaron y desaparecieron, como Álvaro Fayad, uno de los líderes del M-19, con quien conversó y se confesó: “‘Ya no aguanto más tanta hipocresía, tanta mentira, tanta corrupción y podredumbre, tantos periodistas y tantos medios regalados y entregados al poder: ¿Qué opinaría si decidiera irme para el monte?’. Me observa con su certera mirada de águila y replica de inmediato: ‘Su papel está aquí; su arma es la palabra, y es el arma más poderosa. Usted en la civil, como varios otros periodistas, trabajando con su arma por la democracia, sin ser del Eme, cuentan por cientos de guerrilleros en armas’, me contesta”.

Su novela era, fue y será su palabra, el arma más letal de todas. La palabra como testimonio, como arte, como memoria, como denuncia, comprensión, horror y salvación. La palabra: A pesar de la noche.