Violencia contra las mujeres: una larga lucha

En entrevista con este diario, la fiscal argentina,Genoveva Cardinali, habló en detalle sobre los tipos de violencia que sufren las mujeres y lo que se puede hacer para afrontarla y erradicarla.

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Genoveva Cardinali, fiscal de Buenos Aires para asuntos de violencia de género. / Mauricio Alvarado - El Espectador

Genoveva Cardinali, fiscal penal de Buenos Aires, trabaja desde 2011 con competencia exclusiva en casos de violencia de género. Por invitación de la personera de Bogotá, Carmen Castañeda, llegó a Colombia hace unos días para participar en un foro en Casa Ensamble a raíz del festival Ni con el Pétalo de una Rosa. Este 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, una fecha para no olvidar que en el mundo, por ejemplo, casi la mitad de las mujeres que son asesinadas mueren a manos de sus parejas —en los hombres, la estadística no supera el 6 %—. Cardinali hace un diagnóstico de la violencia contra las mujeres que aplica para Argentina, el país que conoce, pero también para otros países latinoamericanos, incluido Colombia.

Argentina logró tipificar el feminicidio un poco antes que en Colombia y, en general, este tipo de delito es nuevo para Latinoamérica. ¿De qué les sirve a los países tenerlo en sus códigos penales?

Para mí es importantísimo reconocer el homicidio de las mujeres por el odio sexista de los hombres. Es fundamental, a raíz de los compromisos que asumió el Estado argentino, lo mismo que asumió el Estado colombiano, proteger los derechos de las mujeres. A pesar de que ambos países ratificaron la Cedaw hace 30 años y Belém do Pará hace más de 20, recién ahora el poder judicial de Argentina, hace menos de 10 años, es que está revisando sus prácticas y la manera en que se investigaban estos casos. Lo fundamental es que se haya dejado de hablar de crímenes pasionales. Tanto en la justicia como en los medios de comunicación estábamos acostumbrados a escuchar de los femicidios sufridos por las mujeres, esos asesinatos cometidos generalmente por sus parejas sentimentales, como “crímenes pasionales”, con todos los prejuicios que conlleva este tipo de tratamiento. Entonces yo creo que empezar a hablar de femicidios fue un antes y un después para la justicia y para la sociedad.

¿Considera que ha sido efectivo?

A pesar de ese avance en términos legislativos, y a pesar de la incorporación de los tratados internacionales a nuestros países y al poder judicial, el camino que queda es muy largo. A los operadores judiciales no nos basta con conocer las normas, no basta con que la Argentina suscriba estos tratados, si no reconocemos lo que verdaderamente les pasa a las mujeres. Y esto le corresponde tanto a hombres como a mujeres, tratando de cambiar las culturas patriarcales y machistas que hay en mi país y en Colombia también. Es fundamental incorporar la perspectiva de género en las argumentaciones jurídicas y también en la sociedad. Esto es ver, como lo dicen los tratados, que una vida libre de violencia es un derecho humano fundamental. La violencia contra las mujeres es una manifestación del desequilibrio de poder histórico entre hombres y mujeres. Esa es una realidad y si no la vemos, si no vemos que en el 90 % de las agresiones las víctimas son las mujeres y los victimarios son los hombres, no vamos a poder reconocer la violencia de género. Con esto quiero decir que no sólo hay que conocer las normas, sino que hay que reconocer la violencia de género. Hay que entender lo que le pasa a una mujer y ver cómo su vulnerabilidad es estructural.

¿Por qué es tan importante dejar de hablar de crímenes pasionales? ¿Cómo explicarle a la gente que la pasión no es una licencia para matar?

Los crímenes pasionales conllevan el concepto de que la violencia en el hombre es innata, que es su esencia como hombre, como macho, que “la quería tanto que la mató por amor”. Nuestra cultura machista patriarcal está basada en mandatos culturales o estereotipos de género. El hombre cumple el rol de proveedor y la mujer, de la cuidadora de la casa. Si el hombre rompe con ese estereotipo, va a ser un fracasado a la luz de la sociedad y la mujer va a ser una mala madre. Si la mujer es infiel es mucho más grave que si el hombre es infiel. No está visto como grave que el hombre tenga otra mujer, sí gravísimo que la mujer lo tenga. Todas esas conductas de la mujer que se salen de su “rol” pueden llevar a este tipo de violencia, al femicidio. Sin embargo, la sociedad y la justicia no han sabido reconocer todos los tipos de violencia que sufren las mujeres.

¿Cómo cuáles?

Las mujeres no solamente sufren violencia física, por lo general eso es lo más evidente. Cuando uno investiga, por ejemplo, la violencia psicológica que se produce a través del delito de amenazas o la violencia ambiental, que se produce a través del delito de daños, me preguntan: ¿pero no le pegaba? Si la respuesta es no, como que no es tan grave. La violencia psicológica tiene consecuencias gravísimas a nivel psicosomático para las mujeres y a veces no es necesario que el hombre pegue, porque la mujer le tiene tanto miedo que obedece. Yo creo que la violencia es una conducta aprendida, una conducta que se va copiando de generación en generación. Es por eso que hay que combatirla, hay que prevenirla y hay que erradicarla.

Hay estudiosos de criminología que dicen que no tiene sentido hablar de feminicidio. ¿Por qué para usted sí tiene sentido?

No creo que todos los homicidios a las mujeres sean femicidios, que es como lo llamamos en Argentina. Hay homicidios que se pueden dar en circunstancias de robo, por ejemplo, tanto a hombres como a mujeres, y eso no es femicidio. El femicidio reconoce la violencia sufrida por la mujer por ser mujer.

Para que se considere como tal, ¿tiene que haber una posición de casi subordinación o vulnerabilidad extrema de la mujer hacia el hombre?

No necesariamente extrema. Para investigar el femicidio tenemos que investigar cuando la mujer denuncia la violencia psicológica, que lamentablemente no es investigada, porque muchas veces es una violencia o amenaza que la mujer sufre dentro de las cuatro paredes. Ahí es donde la justicia tiene todos los mitos y los prejuicios que hay en la sociedad. “Bueno, si vos te buscaste a este hombre, bancátelo”. O la típica: ¿cómo vamos a probar si es dicho contra dicho? En Argentina utilizábamos un cliché para todos estos casos: que era una pelea propia de una relación de pareja. Todas esas excusas que existen en la sociedad o en los medios de comunicación se ve directamente en las decisiones judiciales para justificar y no investigar la violencia psicológica. Lo que tenemos que cambiar es esa mala práctica. Tenemos que ver que son verdaderos delitos los que se cometen entre cuatro paredes. La violencia psicológica, que no deja marca, es mucho más difícil de probar. Ese es el desafío de la justicia.

En Colombia se ha empezado a hablar recientemente de la violencia económica. ¿Qué tan avanzado cree usted que está el reconocimiento de este tipo de violencia?

No está nada avanzado, ese es el camino más largo. La violencia económica es gravísima y ayuda a deconstruir un mito: que la violencia se da sólo en las clases sociales más carenciadas. La violencia de género se da en todos los niveles sociales y en las clases medias o altas es donde la violencia económica pega más fuerte, donde las mujeres, por más que sean profesionales, dejaron su trabajo para criar a sus hijos y si hay violencia económica, la mujer no puede salir de ella. En las clases sociales carenciadas, obviamente las mujeres pobres están atravesadas por la violencia y eso es otra vulnerabilidad. Pero muchas veces estas mujeres tienen más herramientas para salir adelante, probablemente trabajan y pueden salir por sus propios medios. En las clases medias o en las clases altas se ve que las mujeres denuncian y, automáticamente, el hombre deja de pasar alimentos a sus hijos. Ahí las mujeres vuelven y les abren las puertas de la casa para poder comer.

¿Por qué cree que a través de toda Latinoamérica vemos esta constante de la agresión a la mujer? ¿En qué estamos fallando?

No soy experta ni soy socióloga, pero creo que la violencia es en todo el mundo. No creo que Latinoamérica esté lejos de lo que puede ser Estados Unidos. Lo que pasa es que en Estados Unidos hace tiempo que ponen más recursos, pero el hombre estadounidense también es machista, en Europa también, en España es terrible. Para mí es igual que en Argentina. Latinoamérica tiene una tradición machista, pero los especialistas dicen que no es la violencia la que está creciendo, sino las denuncias en contra de esa violencia que se creía normal. En Buenos Aires, hace poco, se dictó una nueva ley de acoso sexual callejero, donde se reprimen como contravenciones conductas como el piropo en la vía pública. Muchas veces los operadores judiciales no entienden, creen que esas conductas son normales. Así que es todo un cambio cultural que tiene que empezar desde la educación. La prevención secundaria le corresponde al poder judicial y eso es después de la denuncia. A partir de cualquier denuncia de la mujer, el Estado tiene ese doble deber de debida diligencia, porque ahora ya sabe lo que le pasa a la mujer, ya sabe lo que le pasa a esa mujer que acudió a los tribunales a denunciar, entonces no se la puede defraudar.