En Pondores quieren creer que la paz es posible

En este espacio territorial de capacitación y reincorporación (ETCR), en La Guajira, permanecen 222 integrantes de la exguerrilla que, pese a la zozobra e incertidumbre que viven por estos días, siguen teniendo fe en un tránsito sostenible hacia la vida civil.

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El ETCR de Pondores es uno de los espacios territoriales más ordenados en el país. Entre sus líderes se encuentra “Joaquín Gómez”, histórico para la guerrilla de las Farc. / Archivo particular

El Acuerdo de Paz entre el Gobierno y las Farc pasa por uno de sus momentos más críticos. Esto luego de que la Misión de Paz de Naciones Unidas confirmara que no se conoce el paradero de seis de los excomandantes guerrilleros que tenían a su cargo labores de reincorporación en los espacios territoriales de capacitación y reincorporación (ETCR).

La incertidumbre es común y exacerbada entre los exguerrilleros de base y de comandancia que creyeron en este proceso, pero este sentimiento no es nuevo. Ha sido una constante desde que dejaron las armas y se encontraron con una respuesta estatal débil, tanto para ocupar los territorios que ellos desocuparon como para garantizar la implementación del Acuerdo de Paz y su ruta a la vida civil.

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Al menos eso cree Abelardo Caicedo, conocido en la guerra como el comandante Solís Almeida, que operó con el frente 19 en los alrededores de la Sierra Nevada de Santa Marta. Caicedo, a cargo del espacio de reincorporación de Tierra Grata, en La Paz (Cesar), fue miembro del Estado Mayor de las Farc y sostiene que, aunque “están bien”, también están “preocupados por lo que ha pasado”. “Lo sucedido con Jesús Santrich no ha dado garantías. (…) En mi caso, yo no critico esas cosas porque tenemos diferentes formas de pensar y actuar, y ante el temor de la extradición algunos han decidido dejar los espacios”, comentó en diálogo con Colombia 2020.

Sin embargo, Caicedo es claro en que en la Costa “no hay disidencia” y que los que se han ido de los dos espacios lo han hecho porque “no hay tierra para trabajar”, pero reitera que la mayoría sigue allá. Lo mismo sucede en Pondores, en Fonseca, en el departamento de La Guajira, a menos de dos horas del espacio de Tierra Grata. No se han ido y siguen trabajando, pero hay sentimientos de desconcierto y preocupación. “Los mismos incumplimientos han hecho que eso suceda por falta de garantías. No están todos los que llegaron, porque no hay condiciones para que se queden, pero a diferencia de otros espacios, las personas están cerca (…) Nadie se siente bien en la base de las Farc, y eso es un termómetro de preocupación y desconcierto”, comentó Sigifredo Mendoza, exjefe guerrillero.

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En este espacio, que se levanta entre la Sierra Nevada de Santa Marta y la serranía del Perijá, hoy hay 222 excombatientes que siguen apostándole al tránsito hacia la vida civil. De hecho, desde hace un año, este espacio es el epicentro de un proyecto social de desarrollo y emprendimiento que, a través de la siembra de productos como tomate, pimentón, plátano y yuca, recoge algunas ganancias que quedan de la alianza con el Programa Mundial de Alimentos. Con esto se provee a por lo menos 27 escuelas en el municipio de Fonseca. Los diferentes cultivos, que se extienden a lo largo del ETCR, hacen parte del trabajo de la cooperativa Farc. Y al frente de cada casa, las familias también tienen pequeños cultivos que sirven para su consumo personal.

Lo primero que se advierte en el lugar es la forma como los exguerrilleros lo han adecuado para convivir. Hay un gran salón para reuniones generales, aulas de clase para que los menores estudien, una zona de baños, un taller de ebanistería y hasta una sastrería con 20 máquinas de coser, donde a diario se producen bienes textiles que por ahora también se comercializan en el municipio de Fonseca.

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En la región circundante, además de los cultivos, también se advierte la actividad de la ganadería o la cría de especies domésticas, como aves de corral y cerdos. Es una especie de finca de casas ordenadas y pintadas de los mismos colores: blanco y gris, rodeadas de plataneras y pequeños huertos. Por sus calles sin pavimentar circulan hombres y mujeres, con muchos niños, en sus rutinas familiares tradicionales.

La diferencia con cualquier pueblo es que sus habitantes vienen de la guerra y ahora quieren creer en la paz. Muchos de ellos hicieron parte del bloque Caribe de las Farc, que llegó a tener cinco frentes y una compañía móvil. Llegaron aquí cargados con sus hamacas, sombreros, uniformes, morrales y carpas, y en poco tiempo le dieron forma a este espacio de reincorporación.

En medio del poblado se erige una pequeña casa que llama la atención desde la distancia. En su fachada están los rostros pintados de tres líderes históricos para las Farc: Jacobo ArenasManuel Marulanda Vélez y Alfonso Cano. Los ocupantes del espacio la llaman la Casa de la Memoria. En su interior, a la manera de una improvisada galería de arte o a ratos museo, hay colgados en una pared doce cuadros de mediana proporción que recogen su historia.

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La guardiana de la casa se llama Elisa Castro. Nació en Santander y, dice, duró 47 años en la guerrilla, la mitad de ellos en la región del Magdalena Medio, casi siempre junto a Pastor Alape, en el frente 37, y también junto a Rodrigo Londoño, máximo dirigente de la exguerrilla, conocido como Timoleón Jiménez o Timochenko. Antes de hablar de la Casa de la Memoria en conjunto, como si fuera la guía oficial, se detiene en otra de las paredes con varias fotografías, y ante cada una de ellas explica cómo llevaban sus vidas en la montaña o la selva.

Los doce cuadros que ocupan la pared principal de la casa son hechos por la artista Inti Maleywa, sobre lienzo y con variedad de colores, donde resaltan el verde, el ocre y el rojo. Por cada década hay una pintura y cada una resalta lo que, en criterio de la organización, fue evolución de la “crisis”. La década de los 30, que encarnó la lucha por la tierra y la militancia comunista; los años 40, marcados por la violencia política y el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán; los 50, con dictadura de por medio y terribles episodios de sevicia partidista; la época en la que surgieron las Farc, en la década de los 60, y de ahí en adelante el horror o los intentos de paz.

Elisa Castro dice que, “como a la gente a veces le da pereza leer, las pinturas y los dibujos cuentan más y motivan a la gente. Queremos contar nuestra historia y en la Casa de la Memoria ya hay cómo hacerlo (…) Lo que está aquí adentro es lo que somos”, mientras continúa guiando el recorrido y explicando otros objetos: boinas, radios, uniformes, ollas o muestras de productos.

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A lo largo del ETCR se ven también diferentes murales de grandes personajes de las Farc. “Esas imágenes son importantes porque son parte de nuestra ideología, son nuestros referentes y de una u otra forma estamos reivindicando la lucha que hemos tenido en lo colectivo”, señala un hombre de mediana edad a quien todos conocen como el Piqui y que entró a la guerrilla hace cinco años y ahora se dedica a pintar el ETCR de Pondores. Un espacio donde la memoria es un imperativo.

A prudente distancia, observando todo, pero más bien silencioso, se mantiene Milton de Jesús Toncel Redondo, conocido en las Farc como Joaquín Gómez. Nacido en Barrancas (La Guajira) y graduado en ingeniería agrícola en la Unión Soviética, el excomandante guerrillero y miembro del Secretariado de las Farc es sin duda el habitante más nombrado del espacio territorial de capacitación y reincorporación. Aunque dicen que va a hacer política, no se le ven las ganas.

Con prevenciones, pero con respeto, expresa su desconfianza hacia los periodistas. No acepta ser entrevistado, pero accede a conversar brevemente con respuestas concretas. Dice que ya no quiere ser gobernador de La Guajira, como se había rumorado recientemente, pero no explica la razón de su súbito desencanto con la política. En cambio deja saber, como otros, de su malestar con la implementación de la paz.

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Recalca que sus comentarios no son para publicar literalmente y prefiere que se sepa que hoy está rodeado de su familia y su gente y que, a pesar de las dificultades, seguirá apostándole a la construcción de la paz. Nunca está solo. Hacia donde se mueve lo siguen hombres y mujeres, hasta niños que corretean por todos lados.

Aunque no todos son guajiros, predomina el acento caribe en todo el lugar. “No sabemos qué va a pasar”, dicen unos y otros. Elisa Castro lo repite mientras describe la Casa de la Memoria. El Piqui lo afirma mientras atiende la logística del acompañamiento a los visitantes. Lo expresa Joaquín Gómez, arropado en su sigilo. Es la visión que resume el pensar colectivo de este espacio de reincorporación en La Guajira, donde todos quieren creer en la paz, pero no pueden negar el temor que les produce el incierto futuro.