En chiva hasta la décima conferencia de las Farc

Así fue el viaje de un periodista en el vehículo “escalera” que por años ha transportado a los campesinos que viven en sitios inhóspitos del país, donde las carreteras son trochas sin fin.

Las tierras del Yarí huelen a estiércol de vaca. “Es la tierra abonada”, dice el chofer de la chiva, un caqueteño que hace peripecias desde los años 80 conduciendo sobre la trocha que comunica a San Vicente del Caguán con la vereda El Diamante. En este último lugar se realiza la décima conferencia de las Farc, la última como grupo armado que se dispone a dejar las armas.

Son las 8 de la noche del viernes 16 de septiembre y llevamos 12 horas montados en un bus de la empresa Trans Yarí, desde Bogotá. En Florencia, Caquetá, al azar, nos asignan un taxi que conduce un descendiente de Efraín González, el soldado que en 1958 pasó a ser el bandolero conservador más temido del país. Al final, murió en una operación de 1200 militares disparando durante 9 horas en el barrio San José, al sur de Bogotá.

González ha vivido los años más duros de la guerra entre las Farc y el Estado colombiano en este departamento del sur de Colombia. Es transportador desde hace 20 años, pero el 14 de septiembre de 2003, luego de que se terminara la zona de distensión en el Caguán,  en el intento de paz entre la guerrilla y el Gobierno de Andrés Pastrana, la región fue tan estigmatizada, que González fue a dar a la cárcel.

Un día, un miliciano que venía huyéndole al Ejército salió a la carretera con una pistola y paró el carro de Efraín, que iba con su viaje de rutina hacia Florencia. Lo montó en la bodega del carro, “porque me tocaba llevarlo sí o sí”, dice el conductor. Lo pasó al municipio de Lusitania, donde el hombre le agradeció “y se abrió”. Después, el miliciano mientras iba huyendo con un dinero de la guerrilla fue capturado por el Ejército en el parque General Santander de la capital del Caquetá. “Para no dejarse meter a la cárcel se acogió a un plan de informantes, un programa de Álvaro Uribe, que había creado para combatir a las guerrillas. Me señaló y le dijo al sargento que me capturó, que yo había matado a la familia Turbay y que había volado el puente El Guayas. Tardé un año para demostrar que yo no era tal persona”.

Después de pasar por El Paujil, El Doncello y Puerto Rico, está la Unión Peneya, el cruce o la “Y” donde el 23 de febrero de 2002 la columna Teófilo Forero de las Farc, secuestró a la entonces candidata presidencial Íngrid Betancourt y a su fórmula vicepresidencial, Clara Rojas. Hoy, dos soldados recostados sobre el alambrado al lado de la carretera dan fe de que en este sitio donde confrontaron a la guerrilla cuando hacían retenes ilegales, desde hace dos años no se escucha ni un disparo.

“Después de la zona de despeje los soldados decían que todos los pobladores de esta zona éramos guerrilleros”, recuerda Efraín. Pero, al contrario, cayeron muchos de sus compañeros sindicados de ser sapos del Ejército. Por ejemplo, “desaparecieron quienes declararon ante la prensa lo que había sucedido el 20 de diciembre de 2000”, cuando las Farc asesinaron a Diego Turbay Cote y a su madre, Inés Cote. Casi 16 años después, la placa que colocaron en el lugar donde murieron está impecable. Tiene flores frescas y un mensaje reciente: “Generamos paz. Sus nombres forman parte de nuestra historia. Nunca más, siempre los recordaremos. Familia Ocasiones Llanos”, se lee. Más adelante, el chofer se detiene en el puente Guayas, destruido por las Farc un día después de que se terminara el proceso de paz en el Caguán, para evitar que el Ejército retomara el control de los 42.000 kilómetros despejados de fuerza pública.  

A 10 minutos de San Vicente, en la vía que conduce a El Diamante, se encuentra la hacienda Villarraga, que según dice un campesino, perteneció al Mono Jojoy, pero en 2012 el Gobierno inició un proceso de extinción de dominio. De ahí en adelante hay que atravesar las veredas Campo Hermoso, Las Damas, El Edén del Tigre, Casa Rosada y Caquetania para llegar al sitio de la Décima Conferencia de las Farc.

La chiva arranca lento por los huecos que hay en la trocha. Las sillas son de madera y los cojines de espuma y cuero. Estamos a 38 grados de temperatura. El tracto camión amenaza con voltearse, pero un chofer curtido de recorrer estas carreteras desde los años 80, lo controla. Es que en esta carretera para manejar una chiva, no solo se necesita buena vista y buen oído, sino un perfecto tacto para saber cuándo acelerar en un hueco para hundirse en otro. Un paso en falso podría volcar el vehículo.  

En total, la chiva pasa por 28 puentes de madera. Están hechos de los árboles más resistentes: ahumado, que lo utilizan para hacer la camilla y chipo, para las vigas que soportan el puente. Esta madera es tan resistente, que puede durar hasta 30 años al sol y agua. La corneta de la chiva se desahoga antes de pasar las curvas para alertar a otros carros su desenfreno por estas llanuras.

La chiva es de la cooperativa Conaibol de San Vicente. Hay muchos sitios con el nombre de Yarí, aunque las sabanas parecen de extensión infinita en el horizonte. Dejamos los potreros y entramos a las enaguas de la amazonia. Hay pura maleza que no sirve para la alimentación de las vacas, dicen los ganaderos. Somos 30 comunicadores, algunos de medios alternativos, regionales y, un par de comunicadores nacionales, entre los que me incluyo, los cuales, abaratando costos a $70.000 el pasaje, no queremos perdernos esta cita histórica. 

A las 11 de la noche, llegamos finalmente a la vereda el Diamante, que, según el mapa del Instituto Geográfico Agustín Codazi, pertenece al municipio de La Macarena, Meta.  En esta jurisdicción 150 hombres de las Farc, en turnos de 16 horas diarias, construyeron una ciudadela improvisada durante un mes para recibir a más de 800 periodistas de Colombia y el mundo. En el campamento donde dormimos la primera noche, los fusiles y el arnés de camuflado cuelgan silenciosos en el palo donde se templa el toldillo. Es la primera vez en la historia del país en que periodistas y guerrilleros duermen juntos en los mismos campamentos donde otrora se libró la guerra.