El papel del teatro en el posconflicto

Víctus es un proyecto encabezado por Casa E que busca que excombatientes de las Autodefensas, ELN, Farc, Policía y Ejército empiecen a reconciliarse y proyectarse a hacia el futuro.

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Los 20 excombatientes que participaron el el programa artístico Víctus, de Casa E, se convertirán en pedagogos de reconciliación.
Cortesía Casa E

El lanzamiento de las campañas políticas por el sí y por el no al plebiscito revivió la discusión de si la paz está politizada o hasta “santificada”. Paralelo a las peleas políticas, actores y músicos han empezado a buscar formas creativas de explicarles a los colombianos qué es una sociedad en paz y cómo construir una nueva realidad. Usan formas de comunicación ajenas a la publicidad política y las peleas de partidos. 

Alejandra Borrero, actriz y directora de la escuela de artes escénicas Casa E, piensa que el teatro es una herramienta maravillosa para repensar la sociedad y evitar el prejuicio. “El teatro puede ser un espejo social que nos muestre cosas terribles de nosotros mismos que ya vemos como normales. También puede ser una ventana para ver un país diferente, mejor, y trabajar para lograrlo”, explica.

Para ella el reto no es despolitizar la paz sino quitarle a la política el estigma que tiene como herramienta para dividir y desinformar. “Todo acto es político pero esa política no se puede usar para rechazar al otro. Tenemos que empezar por desarmar el lenguaje, aceptar las opiniones diversas y hablar como seres humanos”.

Un ejemplo de lo que puede hacer el teatro en la construcción de un país sin conflicto armado es el proyecto Víctus, de Casa E. El nombre significa víctimas victoriosas y agrupó a 20 personas entre exguerrilleros, militares heridos en combate y policías víctimas de la guerra, para que entre todos hicieran una pedagogía de paz a través del teatro.

Víctus nació debido a una iniciativa del Ejército de visibilizar a sus víctimas. En las primeras reuniones para materializar el proyecto los líderes de Casa E se dieron cuenta de que también debían participar excombatientes de las Farc, Eln y paramilitares. Se hizo una alianza entre Policía, Ejército, Unidad de Víctimas, Agencia Colombiana para la Reintegración y cooperación internacional. Se hizo una selección de 20 personas y se empezó a trabajar. Después de dos meses  el proyecto finalizó su primera etapa y mostrará diferentes productos artísticos que resultaron de las reuniones.

Uno de los principales retos fue la convivencia. Un solado, por ejemplo, que había estado secuestrado por las Farc durante 12 años encontró a un ex-combatiente de esa guerrilla. Con el tiempo se conocieron y aprendieron a respetar sus puntos de vista. Tatiana Zabala, directora de proyectos sociales de Casa E, explica que la gran diferencia entre este y otros proyectos es que Víctus no está enfocado hacia los hechos victimizantes sino que tiene una perspectiva de futuro para buscar soluciones a los traumas que deja la guerra.

Los dos objetivos principales del programa es hacer memoria y lograr un proceso de reconciliación. “Tenemos que desarrollar la capacidad de convivir. Vamos a empezar a encontramos en la calle con excombatientes ¿Cómo va a hacer cuando a su empresa llegue una hoja de vida de un ex combatiente? Tenemos que empezar a prepararnos para eso y el teatro debe comunicar esa realidad”, explica Tatiana.

Esta iniciativa también demuestra cómo el arte puede transcender las inclinaciones políticas. No ignorarlas sino ponerlas en su justa dimensión para que no impidan una convivencia respetuosa. “En la metodología del programa todos se presentaron sin rótulos, sin ser “ex” de nada. Para cuando se enteraron a qué grupo pertenecieron ya conocían tan a fondo la historia que ya no había odio”, dice Tatiana. Las creencias políticas los diferenciaban pero no los dividían ni hacían imposible la convivencia.

La pregunta que esos 20 excombatientes se hicieron en las tablas fue: ¿Cómo vamos a solucionar los conflictos acá? Ya no hay armas, ya no hay enemigos a muerte ¿cómo nos vamos a poner de acuerdo? La respuesta fue el diálogo. Y esa misma pregunta es la que se debería estar haciendo cada colombiano. “Nadie llegó aquí al proyecto a decir que se amaban los unos a los otros. De hecho muchos de ellos todavía no se quieren, pero se respetan. Se entendieron como humanos. Eso se ve reflejado en los productos artísticos y es uno de los aprendizajes que queremos mostrar”, añade Tatiana.

Otro de los logros del programa fue que todos los participantes terminaran el proceso. Ahora se alistan para la segunda parte en la que montarán una obra de teatro moderno en la que cada uno contará su propia historia. Además ellos se volverán replicadores de la experiencia y deberán exponer diferentes trabajos de reconciliación en empresas, en entidades de teatro.

La idea es replicar el piloto y crear procesos pedagógicos a través del arte: el lenguaje que puede crear una experiencia que realmente lo mueva y le toque la fibra al ser humano para así hacerle cambiar su forma de actuar.