El diálogo como forma de paz en el Magdalena Centro

El Programa de Desarrollo para la Paz del Magdalena Centro ha propiciado el empoderamiento de las comunidades de esta región. De esta manera las personas son capaces de dialogar con las empresas en pro del desarrollo de la región, pero sin pasar por alto sus conocimientos como dueños del territorio.

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Javier Moncayo, director del Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Centro. / Fredy Vargas - El Espectador.

Javier Moncayo es médico, pero ha dedicado su vida a la construcción de la paz territorial. Oriundo de San Vicente de Chucurí (Santander), trabajó con el padre Fransciso de Roux en el Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, cuando su municipio era epicentro de la guerra. Moncayo es un firme convencido de que el camino para lograr la paz es el diálogo. Ahora, como director de este programa, pero en el Magdalena Centro, ha podido comprobar que el desarrollo no riñe con las comunidades, siempre y cuando haya una conversación directa entre los dos sectores.

Actualmente este programa trabaja con los municipios que cubre la diócesis de La Dorada-Guaduas. Es decir, desde Puerto Boyacá (Boyacá) y Puerto Triunfo (Antioquia), La Dorada (Caldas), ocho municipios más del oriente de Caldas y seis municipios de Cundinamarca. En estos municipios hay un diálogo con las empresas ISA, ISAGEN, Chec y Codensa, más el apoyo de la Universidad Autónoma de Manizales y la Universidad de Caldas.

¿Cuál es la apuesta del programa en este diálogo?

Desde la Corporación se plantea lo siguiente como primer punto: no habrá paz mientras la gente no tenga voz. Tener voz no es tan obvio. Mucha gente expresa literalmente "yo antes era un animalito. Yo no era capaz de hablar en ninguna parte, yo hablaba solo para ir a comprar cosas y hablar con el vecino, pero no era capaz de sentarme en un grupo de personas a decir lo que yo pensaba, y hoy soy capaz".

Segundo, para nosotros es importante decir que la libertad depende de las capacidades. Si yo no tengo capacidades, no puedo escoger. Si no tengo educación, tengo que pegarme a las labores materiales. Y nosotros decimos, yo no puedo interlocutar si no conozco. Entonces es un ejercicio permanente, tenemos un diplomado de 120 horas que ha formado a cerca de 1.500 personas, avalado por la Universidad de Caldas. Esto lo que quiere plantear es "Yo soy un sujeto político, tengo derechos y deberes. El Estado es una delegación de poder y está al servicio de la comunidad y en interlocución permanente". Es cómo se pueden hacer válidos los derechos y las persnas se forman. Y el tercer elemento es el territorio. Yo soy con mi territorio o mi territorio es con nosotros. Y por eso soy responsable de mi territorio. 

¿Y qué plantean la empresas? 

Las empresas tienen un enunciado que a mí me gusta mucho y es que no puede haber una empresa viable en un territorio inviable. Y el territorio se hace viable cuando impera la legalidad, hay procesos de desarrollo sostenible, cuando hay muy buenas relaciones, cuando la empresa actúa como acompañantes de las comunidades para el desarrollo de las potencialidades.

¿Por qué es importante ese diálogo?

Yo siento que el diálogo es el camino largo del desarrollo y por largo diría que el más seguro. El diálogo es un ejercicio que simula la naturaleza. Tú vienes a hacer un proyecto y conversas conmigo y en la medida que conversas vas encontrando nuevas ideas y se genera un proyecto más seguro. Muchas veces la rentabilidad necesita caminos cortos, se toman decisiones en un escenario restringido y se socializa, pero es parcial. Te digo esto, pero no te digo esto otro. 

¿Eso podría ser lo que pasó con Hidroituango?

Yo siento eso. Yo no me lo puedo explicar de otra manera. El nivel de riesgo que hay hoy allá es inexplicable para la calidad de los análisis técnicos existentes a la fecha. Pienso que ahí se están ahorrando pequeñas cosas que en su conjunto significa una gran cantidad y aparece la falla.

¿Cuál es la principal necesidad de que los empresarios abran el canal de escucha con las comunidades?

En el territorio hubo comunidades que se negaron a entrar en diálogo. Una posición de rechazo al diálogo tiene una situación de resultado muy pobre, mientras el diálogo no tiene como único resultado un sí. Tiene una enorme posibilidad de salidas creativas en la medida en que se converse. En mi opinión, siempre hay que entablar el diálogo. Las comunidades tienen un conocimiento enorme sobre sus territorios por una razón elemental. Llevan muchísimos años y no se han muerto de hambre, por eso los empresarios tienen que escuchar.

¿Cómo conciliar con la naturaleza, que cada vez tiene más forma jurídica en el mundo?

Yo fui una vez al festival de verano en Puerto Gaitán. Por ahí pasa uno de los ríos más hermosos que yo haya visto: el Manacacías. Es frío, anchísimo y en parte más profunda no lo tapa a uno completamente, y es arena. Y la porquería más terrible, no había por donde caminar. Había niños dentro del río sacando latas y botellas. Yo pensé, el río debe tener derechos. El cambio climático nos va a obligar a pensar los ríos y las selvas como lo que son: seres vivos que tienen derechos y de los que dependemos. Hay que repensar las vías rápidas como el consumo y el afán de lucro.

¿Por qué es importante dar estos diálogos ahora, con los desafíos que conlleva?

Yo pienso que hay honrosísimas excepciones en esta imposibilidad de los colombianos para ceder. La primera son las víctimas. Yo he escuchado víctimas de las que digo, si fuera mi caso, me hubiera suicidado. Segunda, los jóvenes, que dicen "dejen ya esa historia y pensemos una nueva". A pesar de la polarización, siento que este país tiene capacidad para dar pasos y no devolverse demasiado. Yo creo que tarde o temprano el Eln se sienta a hacer una buena negociación. Creo que los jóvenes pensarán que no quieren tener esto que hay. Y tenemos institucionalidad y justicia para cambiar. Yo pienso que podemos voltear el camino antes de que sea inevitable.