El arte como crítica a los conflictos penitenciarios

Tres momentos de la vida carcelaria fueron categorizados por internos de La Picota para hacer una crítica al hacinamiento, la monopolización de espacios y la corrupción en el interior de los penales. Un grupo de estudiantes les dieron vida a través de una puesta en escena.

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La puesta en escena, desarrollada por estudiantes de la maestría en paz y resolución de conflictos, utiliza jaulas que simbolizan condiciones de hacinamiento en las cárceles. /Mauricio Alvarado

A la hora del almuerzo en la carrera 7ª con calle 12, en el centro de Bogotá, los transeúntes afanados esquivan hormigas petrificadas en el suelo. Los insectos de utilería llevan a cuestas puñados de alimentos y, a su alrededor, hombres y mujeres que visten máscaras andan en fila con billetes en las manos para cambiarlos por un poco de comida. “Nosotros, los nadie, los ninguno, los olvidados… Nosotros, esos que no contamos sino en las estadísticas… Nosotros, los sin rostro, los sin rastro… Nosotros, los señalados, los censurados, los desterrados…”, grita un hombre al compás de la representación. La vida en las cárceles, o por lo menos tres escenas de su devenir, se recrean ante miradas desprevenidas, indiferentes, perdidas e intrigadas.

La crítica que no pudo hacerse en el interior de La Picota, tras no obtener el visto bueno de las autoridades penitenciarias, encontró un espacio, casi improvisado, frente al edificio Manuel Murillo Toro, en plena vía pública. Están lejos de los reclusos y quienes rodean la puesta en escena tratan de entender el significado del papel de los hombres que visten overoles y de aquellos que tienen un ojo gigante en vez de cabeza. Sus movimientos son reiterados, como si un poder superior y la necesidad les impidieran salirse del margen. La segunda y la tercera escenas incluyen televisores, rejas y sellos. Cada uno de los elementos tiene un significado poderoso.

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En la calle, el mensaje no es evidente. Pero si el acto se sitúa en el interior de la cárcel se desvelan comportamientos oscuros que todos conocen, pero que nadie se atreve a denunciar en voz alta. La crítica a través del arte, de la puesta en escena, forma parte del proyecto El arte de construir paz o crear vida en la prisión, que desarrollaron la socióloga Alejandra Sabogal, y el abogado Ronald Herrera, como parte de su tesis de maestría en estudios de paz y resolución de conflictos de la Universidad Javeriana. “Se identificaron unas problemáticas, que fueron categorizadas y elegidas por los mismos reclusos, y a partir de ellas realizamos la intervención artística para mostrar la realidad de lo que ocurre allí”, explica Sabogal.

Pie de foto: En la escena, un hombre ojo está sentado frente a una mesa y a sus espaldas se levanta un letrero que reza “Derecho$ humano$” /Mauricio Alvarado.

 

Ellos aseguran que es necesario que la sociedad -adentro y afuera de los penales- vuelva los ojos hacia problemas que deben enfrentar las personas privadas de la libertad, como la corrupción, las fuerzas ilegales que cuentan con la venia de las autoridades, las prácticas de represión a cargo de los caciques de los patios, la deshumanización, el flujo de dinero a raudales y el hacinamiento que sólo en La Picota alcanza hoy el 40,7 % y a escala nacional la situación es el 47,09 %, según datos estadísticos del Inpec.

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El director del proyecto, Iván Torres Aranguren, asegura que el trabajo se encuentra con una realidad durísima que la ciudadanía prefiere olvidar. “Es importante llamar a la sociedad a entender sobre lo que pasa en los centros penitenciarios. Dostoyevski dice que el desarrollo de las sociedades se debe medir a través de cómo tratan a los niños, a los viejos y a los presos, porque son las poblaciones más vulnerables. Aprovechando el ambiente de construcción de paz que se mueve en el país y la posibilidad de reconciliación, hacer ejercicios como estos, ojalá permeados por un enfoque de justicia restaurativa, podría ser muy beneficioso”.

La primera escena de la representación, la que incluye las hormigas, hace referencia a la comercialización ilegal de alimentos en los penales. Las hormigas, entonces, muestran que la comida entra a un mercado negro. A pesar de que el Estado les proporciona a los reclusos, por derecho, una ración, esta es tan escasa y tan de mala calidad que ellos no tienen más opción que comprar la que les ofrecen en la ilegalidad. La segunda escena hace alusión a los comités de derechos humanos que deben conformarse en las cárceles para garantizar el bienestar mínimo, digno, de la población carcelaria. A través de estas figuras, los internos tramitan sus solicitudes ante sus abogados y juzgados. Allí, un funcionario está sentado frente a una mesa y a sus espaldas se levanta un letrero que reza “Derecho$ humano$”. Hacia él avanzan los internos con copias de sus procesos en las manos y alistan los billetes que deben entregarles al “hombre-ojo”, quien recibe el dinero y rompe la documentación. Los reclusos salen de la fila y vuelven a integrarse. Es un ejercicio cíclico, sempiterno.

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La tercera escena se centra en las actividades, aparentemente triviales, de la vida de los reclusos, como la recreación frente a un televisor y a la monopolización de los espacios. Un hombre con el electrodoméstico en su cabeza es seguido por un grupo de presos. Sin embargo, el que se distrae, pierde: le ponen una jaula en la cabeza (lo encierran) y lo muelen a golpes. Las fuerzas ilegales controlan incluso esos espacios; ellos deciden qué programas deben ver los reclusos y si a alguien no le gusta lo que ve o se distrae, lo encierran y lo apalean.

“La vulneración, además, es proporcional a la estratificación social y económica. Los más afectados son los que no tienen dinero para comprar sus derechos: un almuerzo, celda o una colchoneta. Le pusimos los ojos al interno promedio y encontramos que la estructura jerárquica es piramidal y las personas que están arriba pueden darse una vida, dentro del encierro, que no los deshumaniza. Pero cuando se baja, su humanidad es cada vez más precaria”, asegura Alejandra Sabogal.

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Como la representación no ha podido hacerse realidad en el interior de los penales, los investigadores les mostraron la puesta en escena grabada en el Murillo Toro a los reclusos que participaron en la categorización de las problemáticas. “Ellos decían que la iniciativa se asemeja a una gota que abre un hueco en la arena y que cada una de las puestas en escena poco a poco sensibiliza”, añade.

“Muchos se negarán a escuchar, se taparán los ojos y se morderán la lengua para no tener que darle la razón al clamor que desde nuestro adentro, brota”, vocifera el hombre que resume el clamor de los reclusos.

La tarea a la que se enfrentan busca desmitificar creencias alrededor del castigo. Aseguran que la sociedad pide cárcel para todo, pero el encierro no disuade la comisión de delitos. “El otro imaginario es que entre más duras las condiciones, es mejor para que el recluso aprenda y pague. Eso es la justicia retributiva. Eso tampoco es cierto. Cuando la gente queda en libertad, hace daño con más veneno y no va a sentir miedo en el momento en que le toque regresar a prisión”,  precisa Torres.

La investigación y la propuesta artística proponen voltear a mirar hacia la situación carcelaria y que el castigo, mediado por condiciones indignas, puede ser contraproducente para la sociedad. Por el contrario, consideran que el arte permite intervenir situaciones conflictivas y salir bien librados, debido a que no hay espacios para la confrontación. Su propuesta busca contemplar la justicia restaurativa como una medida a través de la cual se efectúen sanciones, las víctimas sean reparadas y se reconstruya el tejido social.