Programa de la Unidad Nacional de Protección

De exguerrillera a guardaespaldas, la historia de Catalina Escobar

Cuando comenzaban los diálogos de paz, Catalina Escobar Camargo se unió a las Farc como última forma de encontrar oportunidades. Hoy es graduada del programa de capacitación para brindar seguridad a excombatientes.

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El pasado 3 de agosto se graduaron 235 ex guerrilleros como guardaespaldas de la UNP / Fotos: Natalia Tamayo

Las frases elaboradas le cuestan. Se limita a contestar y a expandir la comisura de sus labios acercándose a una sonrisa al final de cada respuesta. Habla despacio, por lo general con monosílabos. La economía de sus palabras no ayuda para describir cada recoveco de su pasado. Se mantiene erguida, con una mano enlazada a la otra, dócil, quieta, como si no hubiera sido una actora de la guerra que golpeó por más de cincuenta años los sitios más remotos de Colombia.

Catalina Escobar Camargo le entregó cinco años de su vida a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), hasta que estas llegaron al acuerdo de paz con el Estado colombiano el 24 noviembre de 2016. Entró cuando tenía 19 años, justo en el momento en que ambas partes se acercaban para convertir en realidad la posibilidad de un diálogo y de un acuerdo para ponerle freno a las muertes de inocentes, las desapariciones forzadas, los heridos por minas antipersonales, el reclutamiento de menores y la toma de poblaciones. Al final, conciliaron la posibilidad de una convivencia entre víctimas y victimarios, del silencio de las armas, de un país unido, de una nueva historia para todos.

Aunque el papel de Catalina era el de curar heridas leves, ella cambió su vida en el campo y cosechar plátano en la finca de sus papás en Guayabal, San Vicente del Caguán, por interminables caminatas a través de la geografía húmeda, inhóspita y selvática del Caquetá, y los campamentos itinerantes sin comodidades, y el moverse de un lado a otro. El río se convirtió en su ducha; las letrinas, en sus baños. Le dijo adiós a la tranquilidad porque vio en la lucha armada la única manera para exigir las oportunidades con las que no nació en su tierra, porque para ella el Estado y sus beneficios solo existían en las grandes ciudades mas no en las zonas rurales de Colombia.

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Tras entender que sus aspiraciones estaban limitadas por la cerca de la finca de su papá, optó por lo que le pareció correcto, por seguir sus instintos, su corazón. No tenía nada que la atara. Un novio, hijos o el deseo de graduarse de bachiller tampoco fueron impedimento. Sus papás la convencieron desde pequeña de que sus decisiones la llevarían donde quisiera y por eso no se opusieron cuando se unió al grupo guerrillero junto a tres amigos más de la escuela. El único temor de ellos era que Catalina se encontrara en medio del fuego con sus dos hermanos mayores, soldados del Ejército por vocación y necesidad. Por fortuna eso nunca pasó. Ahora Catalina y sus dos hermanos cuentan esa historia de la que fueron protagonistas, un relato que en los libros reporta a más de 220.000 víctimas mortales, 60.000 desaparecidos y 7.4 millones desplazadas durante 53 años de conflicto.

En el tiempo en el que estuvo en la organización nunca salió del Caquetá. Perteneció al Bloque Sur, a la Columna Móvil Teófilo Forero, uno de los cuerpos élite de esta guerrilla que nació con el propósito de blindar más seguridad a Pedro Antonio Marín Marín, mejor conocido como Tirofijo, cofundador y líder de las Farc. Sin embargo, con los años, este comando olvidó su propósito y fue protagonista de una serie de actos terroristas como el ataque al Club El Nogal en Bogotá, el 7 de febrero de 2003.

Ya en la guerra, Catalina se acostumbró a que el arma debía ser una extensión de su cuerpo, a tener un sueño ligero, a no llorar, porque hacerlo era una muestra de debilidad. Cargó su fusil entre un campamento y otro entendiendo la responsabilidad de que lo que llevaba en su espalda podía quitarle la vida a otra persona. En junio de 2017, en el proceso de dejación del armamento de las Farc, se liberó de ese peso y comprendió que sí era posible llevar su lucha mucho más allá de las balas, de la pelea, que el diálogo era otra alternativa, un camino más fuerte y a la vez seguro. En el acuerdo vio consignados los motivos por los cuales se integró al grupo al margen de la ley: oportunidades para los campesinos, atención para las víctimas, la consolidación de un partido político que llevara las voces de unos colombianos que nunca se habían sentido bien representados.

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Pero para Catalina no hubo celebración tras los acuerdos. Volver a la vida civil, vestirse de mujer y no de guerra, maquillarse y visitar tranquila a su familia era algo que esperaba en cualquier momento desde el principio de los diálogos, un derecho como cualquier otro. Más allá de retomar la rutina de una persona común, lo más difícil fue confiar en la palabra del Estado, en que lo prometido para ella y sus 6.800 compañeros reincorporados no se esfumara con el tiempo, que la participación política, la protección, la seguridad y empleo fueran una realidad.

Tras la firma, a cada excombatiente le asignaron una zona en la que harían la transición de un modo de vida a otro. A Catalina le correspondió la de Puerto Asís (Putumayo). Cuando llegó al sitio, entendió que las promesas no se cumplirían de inmediato. El espacio no estaba dotado como les habían dicho y por esto tuvieron que mejorar sus condiciones de habitabilidad (reforzaron las paredes, los techos y el piso). Desde entonces comprendió que el camino a la paz no sería fácil y que si permitía que la frustración se apoderara de ella, no lograría ver los pequeños avances para cumplir lo dialogado.

Cuando pasó a los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación (ETCR), entró en el proceso para ser una de las candidatas al programa de entrenamiento para prestar servicios de seguridad a excombatientes, tarea de la Unidad Nacional de Protección. De acuerdo con lo pactado, 1.200 personas serían capacitadas para luego contratarlas como funcionarias del Estado. Catalina pasó de la ilegalidad y la lucha armada a ser parte de la estructura estatal, a seguir órdenes del sistema democrático con el que no se sentía identificada. Y hoy, paradójicamente, se ríe de eso, de cómo la vida gira para llevarlo a uno de un extremo a otro.

Su perfil cumplió los requerimientos para hacer el curso en una academia, estilo búnker de entrenamiento, en Facatativá (Cundinamarca). Cambió el uniforme camuflado de las Farc por uno negro con gris de la Unidad Nacional de Protección. Desde que tiene memoria, madrugar ha sido una constante en su vida, en la finca, en la organización y ahora en las capacitaciones. Su rutina al comenzar el día es la misma, solo que con propósitos diferentes.

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Desde que llegó el 1 de junio a este lugar escondido entre montañas, se levantaba a las 4:30 a.m. para bañarse, hacer formación, desayunar, comenzar las clases y luego los exigentes entrenamientos. Durmió junto a 34 mujeres más, arrullada por los ronquidos de sus compañeras y los dramas de la menstruación de cada una de ellas. Resistió los dos meses de pruebas y se graduó el pasado 3 de agosto en una ceremonia en la que hizo presencia Rodrigo Londoño, conocido en la guerra como Timochenko, líder del movimiento Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC).

Su curso, el tercero y último estipulado por los acuerdos, graduó a 53 mujeres y 182 hombres que se encuentran a la espera de ser asignados a su nuevo trabajo formal tras despedirse de la ilegalidad. Fueron en total 867 excombatientes, como Catalina, los que pasaron por el programa. El cumplimiento de este plan, cobijado en el punto tres del documento final firmado en La Habana, representa una parte del actual avance de la implementación, que es el 61% de lo pactado.

Catalina no espera regresar a Caquetá. Tampoco añora los años en el campo o los días aislados dentro de zonas alejadas de su departamento. Es de las personas que parece vivir el hoy, que no regala mucho de su tiempo a las reflexiones elaboradas y a los sentimentalismos. No se arrepiente de la decisión que la llevó a la clandestinidad.

Para ella el tiempo en la organización fue su mejor momento. Esos años representaron la confirmación de una decisión que no significa vergüenza, de un sentido de comunidad y compañerismo, de un tiempo que se dio la oportunidad para el amor que le dio frutos, su hijo Wilson Albeiro de tres años.

A diferencia de muchos de sus compañeros, sabe que cuenta con el beneficio de la duda de su juventud, de los días venideros en los que le pone su fe, porque cree que le traerán nuevos vientos y destinos, quizá la oportunidad de conocer el mar, comprar su casa propia, terminar el bachillerato, casarse y trabajar por su hijo. 

Solo hay una cuestión a la que piensa aferrarse y no renunciar: la esperanza de vivir en paz, sin estigmatizaciones que le cierren las puertas a nuevas oportunidades.