Invitado al Festival García Márquez 2016

Colombia tiene que hacerse muchas preguntas y mirarse al espejo: Jon Lee Anderson

El corresponsal de guerra de la revista estadounidense “The New Yorker”, analiza desde su experiencia en múltiples conflictos las implicaciones del acuerdo de paz con las Farc, tanto para el país como para la comunidad internacional.

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“Colombia no pudo meter una daga en el corazón de cada miembro de las Farc, por eso está en esta posición”, opina Jon Lee Anderson.
/ AFP

Durante los últimos cuatro años, Jon Lee Anderson ha llegado a conocer a los negociadores del Gobierno Nacional y de la guerrilla de las Farc mejor que la mayoría de periodistas colombianos. Va y viene cuantas veces cree necesario desde Nueva York, donde escribe para The New Yorker, hacia La Habana, Bogotá y las selvas del Yarí, que la semana pasada recorrió en compañía de Carlos Antonio Lozada, mientras el vocero y comandante guerrillero ajustaba detalles de la Décima Conferencia de la guerrilla más antigua del hemisferio, el paso previo a la firma de la paz después de medio siglo en armas.

¿Qué impresión le deja del Acuerdo de Paz entre el gobierno y las Farc?

Me impresionó de muy buen manera, sabiendo que estos procesos no son fáciles y siempre hay flaquezas. He llegado a conocer a los negociadores de ambos lados y me han parecido personas empeñadas y, diría, con una gran noción de patria, aunque a algunos les pueda sonar feo. Al final siento que he estado hablando con gente consagrada a su noción de colombiano, y es por eso que se ha logrado el acuerdo entre el presidente Santos, a través de negociadores como Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo, con Timochenko y su elenco de las Farc. Un acuerdo avalado por todos los mandatarios que uno estima en el mudo, gente de buenos motivos, desde el secretario general de la ONU hasta Barack Obama, incluyendo a los presidentes latinoamericanos. Dar un paso adelante para la paz en lugar de un paso más hacia un mayor enfrentamiento es positivo. En este mundo enrarecido con tanta violencia y la sensación de hecatombe inminente, el acuerdo logrado es de suma importancia, que va más allá de Colombia misma. Nos da el aliento de que en alguna parte del planeta Tierra logramos acuerdos de paz y no acuerdos que tienden a agudizar enfrentamientos bélicos.

Con tantos viajes a Cuba y Colombia, no sólo a la mesa de negociaciones sino al Palacio de Nariño o a campamentos guerrilleros, ¿cree que la voluntad de paz esta vez es genuina?

Creo que sí. Acabo de estar en Colombia una vez más. He hecho un esfuerzo para lograr una comprensión mayor de lo que está pasando y las motivaciones de cada actor. Con base en mi experiencia, de alguien que ha visitado un montón de campamentos guerrilleros en la vida, tengo la sensación de certeza y de sinceridad cuando estoy entre la gente de las Farc. La verdad no se esconde tan fácilmente y uno sabe cuándo le están dando teque (propaganda), como dirían los cubanos, y no es el caso. Siempre dejan muy claro que ellos piensan seguir su lucha política, y eso ha de ser bienvenido en Colombia, un país establecido como una señora República, donde puede caber diversidad de opinión política sin temor a que eso lleve a nuevos enfrentamientos. Había una Colombia donde preferían matar a los comunistas que dejarlos vivos, por el instinto contraído por la Guerra Fría o por lo que sea. Esa no ha de ser la Colombia de hoy. Mi juicio es que puede aprender a ser más inclusiva y abrigar más diversidad política sin miedo a que vayan a caer en lo que algunos llaman castrochavismo o algunos pudieran llamar, agregaría yo, el uribefachismo.

En los textos de “The New Yorker” deja planteadas dudas sobre cómo se va a procesar la verdad frente a los crímenes de guerra y el proceso de reinserción de la guerrilla a la vida civil.

No va a ser fácil, pero ya hay pautas trazadas y hay que darles a los custodios del proceso el beneficio de la duda, en este caso un digno grupo de jueces y asesores internacionales de muchos países, todos comprometidos en lograr que Colombia vuelva a la paz. Hay muchas carreras, egos, ambiciones y también buenas motivaciones invertidas en esta empresa, y no veo por qué vaya a implosionar. Hay que pensar un poquito en lugares como Sudáfrica e Irlanda del Norte, que son dos referentes que vale la pena tener en cuenta. Hablan de procesos de paz donde después de una contienda con mucha violencia de las dos partes ninguno logró la victoria militar sobre el otro, sino hubo que estrechar la mano con el adversario y aceptar aspectos del otro. También Colombia no pudo meter una daga en el corazón de cada miembro del Secretariado de las Farc, así que por eso está en esta posición.

¿Eso a pesar de que el No ganara el plebiscito del 2 de octubre?

No creo que por ganar el No el señor Uribe pueda mandar al Ejército a matar a los guerrilleros. Hoy en día esa no es la realidad. Así como Nelson Mandela salió de la cárcel después de 27 años, estrechó la mano a los que lo habían tenido encarcelado y logró que Sudáfrica no fuera a una guerra civil racista, Colombia tiene que aprender de esta experiencia para lograr algo de esta empatía o si no se va a arruinar todo. No ha sido fácil para algunos ingleses: imagínese a la reina de Inglaterra o al príncipe Carlos que han tenido que darle la mano a gente como Martin McGuiness (ahora vice primer ministro del gobierno irlandés y quien fue comandante del grupo terrorista IRA), a pesar de que 35 años atrás mataron en un atentado al que fue el primo de ella y el tío de él.

Otro obstáculo es que Colombia tiene de fondo la guerra eterna contra el narcotráfico. Se puede firmar la paz con la guerrilla, pero habrá otros grupos interesados en traficar cocaína y armas. ¿Cómo librarnos de eso?

El mismo presidente Santos me dijo con gran frustración que no veía venir el final de la guerra contra el narcotráfico. Es obvio que es una batalla por ganar todavía, o una guerra en la que se deben encontrar nuevas fórmulas para combatir y ganar. Si bien la sociedad colombiana se ha conformado los últimos años con achacar a las Farc que son narcoterroristas, como si fueran el eje del mal del país, ahora tiene que darse cuenta de que no fue sólo así. Yo haría preguntas: ¿quién va a tirar la primera piedra? También hay narcos de la derecha y siempre ha habido. Este clan Úsuga, de 2.500 hombres armados y adiestrados, ¿de qué filas salió? ¿Qué pasó con los paramilitares, que eran como el Frankenstein del Estado? ¿Dónde están hoy en día? ¿Quiénes son los que están en el narcotráfico? La sociedad colombiana tiene que hacerse muchas preguntas y mirarse al espejo. Reconocer que el narcotráfico, si bien muy vinculado con el mercado y los consumidores de mi país, es un engendro propio y tratarlo como tal, y no como si fuera de un grupo u otro. Esta coyuntura requiere un momento de reflexión, de dejar los facilismos y los adjetivos bélicos que tienden a vilipendiar a unos y blanquear a otros. Así, a lo mejor los colombianos pueden encontrar alguna fórmula para combatir este fenómeno.

Sí, pero hay responsabilidades internacionales y se abre camino el tema de la legalización de las drogas. ¿Por ahí es?

Legalización de la cocaína, no sé. No llegaría a tanto, pero a estas alturas de qué sirve que legalicen la marihuana en Colorado, Utah o Uruguay. ¿Que fumas mota (hierba) y no te meten cana? ¿Y los narcos de cristales y de coca qué? Está muy bien que lo hagan, pero eso no es ni una gota en el balde del problema del narcotráfico. No sé. Lo que está pasando en México demuestra que el mayor aporte que pueden hacer las sociedades y los gobiernos a sus países en cuanto a esta plaga es crear Estado de derecho. Punto. Si Colombia, disminuyendo los espacios bélicos y lugares donde pueden operar narcos bajo la sombra de guerrillas o de paramilitares organizados como ejércitos, puede echar mano a estos vacíos como Estado y crear infraestructuras, sistemas de leyes, policías y jueces honestos, pues no hay mejor respuesta al mundo del hampa y del narcotráfico. Si se cumplen las leyes, no habrá narcotráfico organizado con la envergadura de hoy. Más que una guerra, es eso, y lo mismo va para México. El gran problema de México frente al narcotráfico es la corrupción del Estado en todas sus instituciones. Colombia no tiene ese problema. Tiene, como muchos países, instituciones mejorables y problemas de corrupción, pero está muy por delante de un país como México, que en este momento está plagado de narcotráfico por las flaquezas de jamás haber impuesto el Estado de derecho.

Se cumplieron 15 años de los atentados del 11 de septiembre. ¿Qué tanto cree que influyó la globalización de la guerra contra el terrorismo en el hecho de que las Farc firmen la paz?

Uf. Lo que acaba de firmar el Gobierno con la guerrilla es un aporte en el sentido de que crea un puntico de luz en un mapamundi que está bastante color de hormiga en la era de la guerra contra el terrorismo. Esas guerras mal llevadas han llevado al mundo a una hecatombe en metástasis. No diría que el mal original provino de Occidente, como dirían muchos, porque quién no iba a reaccionar ante un atentado como el del 11-S, pero la forma en que a partir de Afganistán Bush invadió a Irak y lo dejó irresuelto, no venció al enemigo. Soy adherente de la noción de que si vas a emprender una guerra tienes que vencer al enemigo, y si no lo haces te jodiste, y eso es lo que pasó en Irak. Dejamos atrás gente enardecida y abrimos la caja de Pandora del yihadismo, que siempre estaba ahí. Soy de los que creen que el mal original proviene del fanatismo de la religión, en este caso el islam, pero en colisión con Occidente se ha vuelto mucho peor. Y se ha convertido en un conflicto generacional que sólo se va a terminar cuando una mayoría de gente musulmana acepte que hay un problema dentro de su creencia y de su interpretación de su libro santo, como alguna vez hizo, siglos atrás, el cristianismo en su vasta mayoría.

¿Washington sacará a las Farc de la lista de terroristas internacionales?

No tengo información privilegiada, pero sería de esperar que sí. Como creo que hicieron eventualmente con el Ira irlandés y el ANC sudafricano. Recuerdo muy bien que durante la época de Ronald Reagan, en realidad, Nelson Mandela andaba por ahí hacía años y nadie le paraba bolas. Margaret Thatcher todavía aseguraba que era terrorista. Mire cómo hemos viajado en nuestras concepciones sobre quién era Mandela, y también la sociedad sudafricana. Depende mucho de lo que hacen los gobernantes. Si las Farc cumplen con sus promesas de pedir disculpas y esclarecer los hechos en estos procesos por venir, de manera franca y cándida, no creo que Estados Unidos tenga por qué mantenerlas en la lista del terrorismo.

Usted es experto en Cuba (está terminando la historia de la Revolución con Fidel Castro como hilo conductor). ¿Cómo la vio en plan de facilitadora del proceso de paz de Colombia, en coincidencia con la distensión de sus relaciones con Estados Unidos?

Ha sido clave, y no es coincidencia. Antes hay que decir que Venezuela también fue un eslabón importante, desde el presidente Chávez y hasta cierto punto con Maduro, para crear el ambiente de distensión entre el Gobierno y las Farc. Luego vino la decisión de Raúl Castro de fungir como anfitrión benevolente, gracias a lo que han tenido cuatro años para poder ir y venir y coexistir en La Habana. Han llegado a tener prácticamente relaciones filosóficas. Ha sido muy interesante todo este proceso y han logrado un acuerdo de mucho detalle, muy complejo y sin la injerencia del Estado cubano. Cuba, y lo han dicho desde Santos a Obama, merece un guiño de agradecimiento por ese papel histórico, y eso fue tenido en cuenta por Obama en su acercamiento a Cuba. Hace una semana hablé con alguien de la Casa Blanca y me dijo que difícilmente veríamos este acuerdo de paz en Colombia de no haber sido por la ayuda de Raúl Castro.

A la vez, ¿esto da por terminada la influencia ideológica de Fidel Castro y del Che Guevara, del que usted es biógrafo, sobre la izquierda política latinoamericana, o ve posibles nuevas revoluciones?

Yo nunca digo nunca, ¿eh? Hemos visto en este mundo que la tuerca puede virarse de pronto. En Estados Unidos, ¿quién hubiera pensado que Trump llegaría tan cerca del poder? He hablado de Colombia, pero también tengo que decir que en mi propio país está en riesgo el Estado de derecho con alguien como él. Es muy preocupante. Jamás imaginé en mi vida eso de alguien tan sectario, racista, burdo, y sin embargo está sucediendo, de manera que no podemos asegurar nada. Estamos pasando por un momento en que hablamos del eclipse de la izquierda, sobre todo de la izquierda en el poder, que coincide con la desaparición de las Farc en los campos de batalla de Colombia, con que Cuba finalmente se sienta con los gringos, en fin, hablando muy a lo brocha gorda se podría hablar de la recesión de la izquierda en América Latina. Ojo, ojo, ojo: creo que quizás de la izquierda como la conocíamos, populista tal vez. Pero hay una izquierda en Perú que de pronto no venció en las urnas, pero dio su apoyo a un candidato de centro derecha, Pedro Pablo Kuczynski, que ahora es el presidente. Esa es quizá una izquierda nueva, pragmática, interesante. Si, por ejemplo, en Brasil este nido de víboras que parecen ser los hombres del Senado que lograron el impeachment contra Dilma, si ellos logran imponerse en el poder y crean sensaciones de injusticia en ese país, quién puede decir que no va a estallar algún descontento que puede llegar más allá. ¿Quién sabe? Ojalá que no.

¿Ve probable una guerra civil en Venezuela?

Los venezolanos no parecen ser gente de guerras civiles. Parece que soportan muchas cosas sin llegar a eso. En el 88 tuvieron el famoso Caracazo, una especie de motín, pero no llegaron a guerras civiles ni en los 60, en la época de la guerrilla. De momento, creo que no. Ojalá que logren resolver las cosas de manera política. Sé que hay mucha gente empeñada en que así sea. Los pobres parecen tener la paciencia de santos para soportar vicisitudes, aunque cada pueblo llega a su límite. ¿Quién habría pensado hace seis años que los sirios, después de unas manifestaciones, terminarían en la guerra civil más compleja y sanguinaria del mundo? Era una sociedad cerrada, ordenada, autoritaria desde hacía 40 años. No parecía mostrar indicios ni siquiera de inquietud pública.

Usted me contó una vez que le interesaba “Tirofijo” como personaje para biografiar y atrapar medio siglo de guerra en Colombia (tanto como en Irak el poderoso líder chiita Abdulaziz al-Hakim, por citar un ejemplo). ¿Sigue con ese plan en mente?

Me interesó muchísimo perfilar a Tirofijo en vida como para una gran crónica en The New Yorker, un gran perfil que lograría contar a través de su figura su historia desde la violencia pa’ acá, pero ya murió. Pasó el momento para Tirofijo. No se me presenta otra figura de la misma talla en el sentido histórico y longevo. Son interesantes algunos personajes actuales de las Farc. De hecho, voy a escribir una crónica para el semanario sobre algún aspecto de esto. Primero estamos cerrando un artículo mío sobre Obama y Cuba, que sale la próxima semana, y acto seguido debo terminar los de Colombia, aunque primero debo volver para la firma de la paz y para el plebiscito. En ese tránsito estaré escribiendo y puliendo. (También estará como conferencista en el Festival Gabriel García Márquez de Periodismo en Medellín, entre el 29 de septiembre y el 1º de octubre).

¿Vendrán entonces las guerras anunciadas del siglo XXI por agua, petróleo, alimentos, ya no tanto por causas políticas o religiosas?

Si vamos a una tercera guerra mundial ahorita, será en gran medida por religión y en segunda medida por todas esas causas que dice, porque a veces es difícil separar las partes. ¿Qué es lo que motiva a gente a convertirse en fanático religioso si no es a veces la pobreza, el hecho de que tenemos un mundo sobrepoblado con recursos que van desapareciendo. Eso nos tiene que poner en alerta ante la posibilidad de nuevos conflictos no previstos, pero muy previsibles, en los próximos años.