Transformación de la fuerza pública en el posconflicto

“Colombia necesita una tercera fuerza para el futuro”: Sonia Alda

La experta en seguridad internacional dice que tras el fin del conflicto armado se deberá reestructurar la fuerza pública para enfrentar nuevas amenazas.

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Sonia Alda, experta en seguridad, asiste en Bogotá al foro ‘Retos y desafíos de la Policía en contextos de transición hacia la paz’.
Óscar Pérez

La española Sonia Alda, doctora en historia de la Universidad Autónoma de Madrid, es una autoridad en temas de seguridad internacional. Es profesora e investigadora del Centro de Altos Estudios Nacionales de Perú. Estuvo en Colombia para participar, en la Universidad de Los Andes, en el foro ‘Retos y desafíos de la Policía en contextos de transición hacia la paz’.

-En Colombia no hemos asumido con seriedad el debate sobre el rol de la fuerza pública después del conflicto armado. ¿Por qué es importante hacernos esta pregunta?

Por varios motivos. Uno, porque el escenario cambia después del conflicto. De acuerdo al escenario que exista de inseguridad, se deben tener las mejores fuerzas posibles para combatir cierto tipo de amenazas. Si uno tiene una amenaza y no tiene fuerzas entrenadas para enfrentarla, esas fuerzas no sirven para nada. Es evidente un cambio de escenario que afecta al país y que va a tener implicaciones en todo el entorno regional. Colombia está en un momento interesante para observar de cerca los ejemplos del vecindario, en el que Colombia ha sido siempre la excepción. Ahora, con el fin del conflicto, empiezan a hacerse visibles problemas de seguridad que son comunes en los países de la región, y que por ser amenazas transnacionales muy posiblemente lleven a establecer lazos de cooperación que Colombia, por el problema interno, jamás se había planteado.

En ese nuevo escenario debe cambiar la política de seguridad, dentro de la cual deben estar las fuerzas de seguridad, así como la visión respecto a las relaciones de seguridad con los países del área. Es muy serio y extremadamente preocupante que nadie quiera tocar este tema. Es extraordinariamente sensible para la población. En un contexto de transición, la seguridad sigue siendo prioritaria tanto para la población colombiana como la latinoamericana, en una región que es la más violenta del mundo.

-¿Cómo se trastocaron los roles y misiones de la Policía y el Ejército durante el conflicto?

En Colombia, la naturaleza del conflicto da lugar a una militarización parcial de la Policía. Una Policía que se transforma para combatir un enemigo interno. Esa exigencia hace que haya una auténtica confusión de roles y de misiones entre Fuerzas Armadas y Policía. Al final tenemos unas Fuerzas Armadas dedicada al enemigo interno y no pueden llevar a cabo una de sus misiones principales, que es la defensa de la integridad nacional. Por eso, ahora mismo Colombia es absolutamente vulnerable, no tiene la más mínima capacidad defensiva. Es un ejército construido contra el enemigo interno.

-Pero muchos colombianos piensan que sí la tiene. Lo común es decir que, como llevan 50 años peleando contra la guerrilla, están sumamente preparados y fortalecidos.

Esa idea la tiene la población y las Fuerzas Armadas, no sin razón. El Ejército colombiano puede ser el mejor del mundo para la guerra contrarrevolucionaria. Cuando ya no hay subversivos, puede ser exportable ese modelo. ¿Pero cuánta subversión hay en el mundo? Ese era un problema de la Guerra Fría. Ahora hay otras amenazas.

-Con una eventual desmovilización de esos grupos subversivos, como el ELN y las Farc, ¿Cuáles serían las nuevas amenazas que tendríamos que enfrentar?

Colombia empieza a ver que tiene un problema que tiene América Latina y el resto del mundo. La pregunta sobre qué hacer con las fuerzas armadas no es exclusiva de este país. También se la hacen en Europa y Estados Unidos. Cuando tengo una amenaza concreta, ¿cómo construyo la mejor fuerza de seguridad para poder combatirla? Nuestro mundo es complejísimo. Están esas nuevas amenazas como el crimen organizado, el terrorismo internacional, etc. Y además, hay amenazas convencionales, o las viejas amenazas, que son las guerras entre estados. Hasta que no se decida lo contrario, necesitamos fuerzas armadas que defiendan nuestra integridad nacional, que son las fuerzas convencionales. Otras son las de la convivencia y seguridad ciudadana, eso le corresponde a la policía. Y además, necesitamos fuerzas que sean capaces de atender esas nuevas amenazas que están en el medio.

Entonces vemos que hay un espacio exterior y uno interior, pero el gran problema está en la intersección entre ambos. Esto en Colombia se trastocó con la cuestión del enemigo interno. Ahora Colombia tiene que recuperar esas fuerzas, hacer que retomen sus roles, volver a separar. ¿Pero qué hacemos con el problema que hay en la intersección, en esa zona gris donde se intersecta lo interno y lo externo? Eso ya es un problema de seguridad y previsiblemente va a ser un problema mucho mayor.

-¿Entonces por dónde empezamos a reestructurar la fuerza pública?

De las labores que se deben empezar a hacer en el país es desmilitarizar la Policía y que retome su razón de ser, que es la seguridad ciudadana. Así se llevaría a la Policía a cumplir una demanda social altísima y que exige un alto nivel de especialización. Asimismo, hay que llevar a las fuerzas armadas a cubrir el problema de la capacidad defensiva, de la cual el país carece por completo. Alguien diría, ¿pero quién nos va a venir a atacar? No importa. Hasta que el estado colombiano decida que debe tener una fuerza para protegerse, que es lo que se piensa desde la creación del estado nación y es aceptado por los países de América Latina, aunque no haya guerras ineterestatales en la región, hay que costear y entrenar unas excelentes fuerzas armadas.

Así resolvimos el espacio interno y la defensa exterior. ¿Pero la zona gris? Las experiencias regionales, por ejemplo en Perú, en donde hay supuesta “cooperación” entre Policía y Ejército en ciertas zonas, no son los mejores referentes. Colombia debe observar cómo no han funcionado esos intentos de los vecinos. Me remito a los resultados sobre criminalidad, que solo son ascendentes. No funciona el diseño de una política pública y en muchos casos, como hoy en Colombia, lo que pasa es que no la hay. No hay un marco y una política de seguridad que establezca directrices y lineamientos a partir de los cuales esa fuerza pública deba llevar a cabo la transformación.

-¿Cuál es esa tercera fuerza que se necesita entonces?

Llevo algunos años hablando de una fuerza intermedia, que es justamente la que se necesita en esa intersección, en esa zona gris, en la que se dispone de fuerzas armadas para la seguridad exterior y de una Policía dedicada a la seguridad ciudadana. Hemos visto que las dos no funcionan o hay problemas de coordinación entre ellas. En esa área gris se necesita una fuerza con características especiales. Se necesita, después de lograr la imprescindible y necesaria cooperación, una fuerza que tenga capacidades robustas, pero de policía, porque persigue criminales.

-Es decir, se necesita que Ejército y Policía asuman su rol y que además se cree esa fuerza intermedia.

Y para eso hay que reconfigurar todo el modelo de fuerza pública, porque lo que ahora se está promoviendoes una fuerza multifuncional. Para mí, una fuerza multifuncional es una fuerza para todo y para nada. Si uno lee la lista de misiones que se adjudica y se otorga el ejército, es evidente que son demasiadas y no tienen capacidad de cubrirlas. No pueden dedicarse a construir puentes, escuelas, atención de emergencias, minería ilegal, crimen organizado, desminado, atención de víctimas… ¿y la defensa nacional? En las fuerzas armadas hay gente sensata, que quiere ser profesional y cumplir su misión de defender la integridad nacional. Se sienten incómodos haciendo misiones que no les corresponden y para las que no tienen protección legal. Tiene toda la razón.

En una fuerza intermedia, vamos más allá de pedir que trabajen juntos Policía y Ejército. Eso puede acabar muy mal. Sin embargo hay un periodo de transición, en el que no da el tiempo para una nueva fuerza, que sería la que resolvería el problema. Si Colombia lo consiguiera, sería un referente para toda la región. Estaríamos modificando el concepto de estructura de fuerza pública, de multifuncional a fuerzas especializadas. Hay que hacer un traje a la medida de las amenazas específicas. Si uno analiza, el mundo entero exige fuerzas de seguridad especializadas, tanto para las amenazas que existían como para las nuevas amenazas. Que cada uno quiera ganarse el sueldo diciendo que pueda hacer de todo es entendible, pero la complejidad de la inseguridad es de tal magnitud que eso no se puede lograr.

En el periodo inmediato hay que responder. Habría que crear un cuerpo de transición mixto, especialmente conformado y reentrenado, y su composición tiene que depender de lo que pase en el sitio donde va a operar. Este sería el proceso para consolidar una guardia rural. Una fuerza híbrida para el futuro.

-¿Qué podemos aprender de otras experiencias sobre la consolidación de esa fuerza intermedia?

Este experimento se intentó en México, con la gendarmería mexicana. Fue un producto estrella de la campaña electoral de Enrique Peña Nieto. No era fácil, porque requiere reformas constitucionales e institucionales. No es algo que le guste a las policías y a los militares, porque se les quita competencia. La cuestión está en que la gendarmería mexicana no ha funcionado, porque no se puede intentar tener una fuerza intermedia como una subdirección general de la Policía Nacional. Hace falta un cuerpo dedicado y especializado en el crimen organizado. Entre tanto no se pueda hacer, debe estar necesariamente configurado por policías y militares. Con esta configuración inicial, a través de una academia de ese cuerpo especial de policía se empieza a crear una identidad híbrida de esa tercera fuerza.

Eso resolvería muchos problemas. Aquí en Colombia sobran muchísimos soldados. Esos soldados no valen si se meten a hacer funciones de Policía. Pero toda esa fuerza es la que hay que ir integrando para configurar la tercera fuerza a través de una academia, de una estructura propia de mandos propios. Una tercera fuerza que va a hacer algo extremadamente necesario: equilibrar y reequilibrar fuerzas. En este país, las Fuerzas Armadas han acumulado recursos, capacidades, fondos, han crecido de manera extraordinaria y no hay contrapeso. Si se incorpora una tercera fuerza, eso ayuda a reequilibrar un problema que viene de una guerra interna. Ese cuerpo debe tener capacidades y autonomía propia. La gendarmería mexicana no la tiene y por eso ha fracasado.

-¿Hay experiencias internacionales exitosas sobre esto?

Existe la guardia civil española, los carabineros chilenos, gendarmería argentina, francesa, carabineros italianos, guardia portuguesa. Hungría tienen un cuerpo especial y hay una gendarmería europea también. Es policía con disciplina militar y fuerza robusta. ¿Por qué no tomamos de esta experiencias e innovamos en la configuración de un traje a la medida? Necesitamos una fuerza de acuerdo a la dimensión que tiene el crimen organizado, especializada en un área gris. Así se libera a las Fuerzas Armadas y a la Policía, para que se dediquen a lo que tienen que hacer. Se estaría configurando un modelo especializado, y no multidimensional ni polivalente.

-¿Qué opina sobre la integración a las Fuerzas Armadas de desmovilizados?

He aprendido una cosa que también reconocen muchos militares: los desmovilizados fueron una vez combatientes, igual que los militares. Tienen una lógica muy similar. Hubo una guerra subversiva y una guerra contra subversiva, pero todos son combatientes. Comparten una lógica de entrega, sacrificio, entrenamiento... Esto desde el punto de vista profesional, si embargo es un tema delicado, porque hay una serie de aspectos complejos en materia cultural. Es una buena idea, pero hay que hacerla con mucho cuidado. No se puede tomar a los desmovilizados y ponerles el uniforme del ejército. A veces, en ciertos sitios, puede resultar estratégico trabajar con desmovilizados, porque son interlocutores indispensables, conocen la gente, el territorio, tienen información sobre lugares a donde la policía no puede entrar sola.

Esto funciona bien, por ejemplo, en el desminado. Fuerzas Armadas acompañadas por exguerrilleros que dicen dónde están los puntos minados. Los he visto trabajando juntos. No es descabellado que eso suceda en otros niveles. No es descabellado pensar que ese tipo de integración, hecha con cuidado, aceleraría de manera extraordinaria procesos de convivencia pacífica, aceleraría el intercambio, eliminaría prejuicios, ayudaría a curar heridas y salir del modelo amigo-enemigo.

-Uno de los grandes retos es llevar seguridad a los desmovilizados. ¿Qué experiencias hay sobre esto?

La referencia es la centroamericana. Pero el problema está en que las referencias no son las mejores. Uno se encuentra con un vacío en el que Colombia forzosamente tiene que innovar, hacer propuestas que no se basen en ensayo y error. Tiene que haber una política de Estado, a la que se sometan todas las instituciones implicadas en ese proceso de desmovilización y garantías de seguridad en diferentes partes del país. El gran reto es que la guerrilla e incluso las Bacrim generan ilegítimos y posiblemente brutales ordenes de convivencia, por el control que tienen del territorio. ¿Qué pasa cuando se desmoviliza la guerrilla o se desarticulan las Bacrim? Se genera una expresión de desorden, de espacios vacíos de poder que antes estaban cubiertos de manera no ideal. Creo que este es el gran reto en América Latina: la debilidad de los estados, incapaces de controlar ciertas áreas. Esto genera que quienes habitan esas áreas queden como ciudadanos de segunda. Carecen de servicios y de seguridad. Es uno de los retos más importante que enfrenta Colombia para el futuro.

 

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