Astrid López, la profesora que construye paz desde el conocimiento del cuerpo

Como docente especialista en educación sexual y reproductiva creó un proyecto para que sus estudiantes de primaria, en Ocaña (Norte de Santander), amaran e hicieran respetar su cuerpo. La convicencia entre ellos mejoró.

astrid_lopez.jpg

Astrid ganó el premio Colombia 2020 que premiaba la construcción de paz en ambientes educativos. /Óscar Pérez - El Espectador

La felicidad de ayudar a sus estudiantes la hace sonreír todo el tiempo, incluso cuando narra las historias tristes que, gracias a su trabajo, han podido cambiar. Astrid López Álvarez es docente en el Colegio La Salle sede Santa Clara, en Ocaña (Santander), una institución ubicada en un barrio “complejo”, dice ella, refiriéndose a que tiene problemas de tráfico de drogas, prostitución, explotación sexual y pobreza. El municipio, en pleno Catatumbo, además ha sido una zona de guerra.

Lea también: Estos son los ganadores del Premio Colombia 2020​

Ella se dio a la tarea de conocer a quienes serían sus estudiantes. Los conoció violentos, llenos de desprecio hacia sus cuerpos, evasivos a la hora de dar y recibir cariño. ¿Qué pasaba? Entonces se puso en la tarea de investigar.

Sus conocimientos en educación sexual le permitieron saber que había problemas en esa área. También se lo recordaba su propia historia. Cuando era una niña pasaba mucho tiempo sola en casa con la empleada doméstica, quien la abusó sexualmente, la tocaba. Apenas hasta hace pocos años Astrid lo recordó. Su memoria intentó borrar el trauma, aunque, dice, siempre estuvo enojada con sus padres y no entendía por qué.

“Ellos no sabían nada, me dejaban sola con la empleada y yo los culpaba de que no me hubieran protegido. Hoy ya entiendo que ellos no tuvieron la culpa”, dijo. Ella misma se perdonó, logró volver a confiar en los demás, empoderarse de su cuerpo y su sexualidad y contar su historia. Pero le costó mucho y fue un camino en el que hubiera deseado estar más acompañada.

Ahora quiere ser esa compañía para los niños, pero fundamentalmente quiere que a ninguno le pase lo que a ella le pasó.

En su investigación encontró que varios de sus estudiantes eran víctimas del conflicto armado, especialmente de desplazamiento forzado, otros eran abusados, maltratados o estaban desatendidos. Y tenían mucho miedo.

Uno de sus estudiantes, un niño, ocultaba sus manos callosas cuando la veía. Su historia la ayudó a acercarse a él, a decirle que cosas difíciles pasan, pero que es necesario estar acompañados, hacer amigos y dejarse guiar. Ese pequeño se iba a raspar coca cuando estaba en vacaciones. Fue necesario un acercamiento con la familia para poder comprender esa situación.

Lea también: La difícil tarea de educarse en el Catatumbo

Muchos otros casos se trataban de odio al cuerpo, autolesiones y agresividad. Ella decidió romper el miedo empezando por quitar el tabú sobre el cuerpo y la sexualidad, acercarse a los que eran víctimas de delitos sexuales y hacer las denuncias correspondientes. El camino de la enseñanza de sus derechos se allanó a la par que conocían su cuerpo y se hacían alianzas con instituciones y entidades como el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), la Policía de Infancia y Adolescencia, el Grupo Sura y la Universidad Francisco de Paula Santander.

Esta iniciativa la hizo ganadora del Premio Colombia2020 a los constructores de paz en los ambientes educativos, un espacio en el que contó su historia, la de sus estudiantes y, en medio de sonrisas y lágrimas, prometió no detenerse.

Conocerse, decir que no y poder denunciar

Un día notó que ninguno de sus estudiantes llamaba al pene y a la vulva por su nombre, sino que usaban apodos para nombrar esos órganos. Decidió hacer un taller “Vamos a decir cuáles nombres conocemos para llamar a los órganos sexuales femeninos y masculinos”, dijo, y salieron más de 600 nombres.

“Desde eso tan simple como nombrar las cosas por su nombre empieza el conocimiento sobre el cuerpo”, dice Astrid, una convencida de que en la educación primaria es el momento preciso para aprender lo que está bien, ya que en las familias, al menos en las de muchos de sus estudiantes, los problemas mayores son de dinero.

Entonces, ya conociendo el cuerpo, los estudiantes entienden la importancia de sus derechos y son capaces de decir “no” a algo que los vulnere. Así, con la ruta trazada con las instituciones y con el acompañamiento de ella y los funcionarios, la cuestión es distinta.

Eso hacia adentro, pero hacia afuera también hay trabajo que hacer. La campaña “Yo amo que me traten bien, ¿Y tú?” se trata de entender la diferencia, respetarla y esperar respeto del otro lado. El conocimiento de la dignidad humana y el valor que tienen los demás fue clave para que la situación empezara a cambiar.

Hoy tienen menos problemas de convivencia, los niños confían más en ellos mismos y en los otros, los padres se han involucrado en el proceso de aprendizaje y Astrid está feliz. Propició la reconciliación, la protección, el fortalecimiento de derechos y la paz en la población que, afirma, es la más vulnerada en su municipio.