“Abandonar la implementación sería un error grave”: monseñor Óscar Urbina

El Espectador habló con el presidente de la Conferencia Episcopal acerca de la polarización en torno a la paz y de la oportunidad que es Semana Santa, según la Iglesia, para reflexionar en torno a las necesidades del país. 

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Monseñor Óscar Urbina también es el arzobispo de Villavicencio.
Conferencia Episcopal de Colombia

¿Cuál es el mensaje de la Iglesia para esta Semana Santa?

La Semana Santa celebra siempre el núcleo de nuestra fe, que es creer y sentir a alguien que vive; es decir, a Jesucristo. Con ese telón de fondo, diría entonces que el lema es volver a Dios, que no es más que fortalecer la fe y caminar en la esperanza.

¿Cree que los colombianos han perdido la fe, tanto espiritualmente como en otros temas, por ejemplo, frente a la paz?

La fe está escondida en lo más profundo del corazón y en este tiempo de Semana Santa hay oportunidad para rescatarla. Hace dos años yo lo viví cuando el papa Francisco visitó Bogotá, Medellín, Cartagena y Villavicencio. Tanta gente que salió a las calles dando testimonio. Reconozco que las personas pasan por crisis, momentos de alejamiento, incluso de negación, pero cuando toman consciencia es una oportunidad para volver al interior y encontrarse con Dios, que hace un llamado para mejorar en la casa, el trabajo, el estudio y diversos ambientes que constituyen nuestra vida cotidiana.

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Ya que menciona la palabra “crisis”, ¿considera que estamos atravesando por una situación de estas a cuenta de la polarización en torno a la paz?

La polarización no es un fenómeno nuevo, tiene que ver con la forma con que se hace el diálogo social. Sabemos que muchas familias se han dividido por puntos de vista opuestos. Haciendo una lectura transversal a los discursos del papa en las cuatro ciudades que visitó, él nos propuso trabajar por la cultura del encuentro y nos dijo que hay que pensar la sociedad como un poliedro que tiene muchas facetas y matices. Esta Semana Santa nos tenemos que comprometer con la construcción de una unidad más reconciliada y convivir con identidades diversas.

La polarización que vivimos es, más que todo, por el Acuerdo de Paz. ¿Será que en su construcción no hubo una verdadera cultura del encuentro?

No me atrevería a hacer una calificación tan tajante, porque todos los procesos tienen, sin duda, imperfecciones. Después de tantos años conducidos por la desconfianza y la no concertación, dar un paso en ese sentido, de pronto, puede mostrar muchas cuerdas sueltas, las cuales se deben de ir recogiendo. Para la Iglesia, el único camino que conduce a la reconciliación y a la paz es el diálogo. Por ejemplo, me alegró mucho, el domingo pasado, cuando vi la celebración que hicieron en Ruanda en conmemoración de los 25 años de las masacres que hubo después de un conflicto de setenta años entre las tribus. Eso nos anima, sabemos que es un camino complejo.

Ya contamos con un Acuerdo de Paz. ¿Qué nos falta a los colombianos, entonces, para lograr esa reconciliación de la que goza Ruanda?

Pedagogía, y esto arranca en el lugar donde aprendemos el abecedario, la reconciliación y el perdón: la familia. Pero también están la escuela, la academia y las agremiaciones. Todos esos espacios, que son profundamente humanos y acaparan gran parte de nuestra vida diaria. Ahí es donde tenemos toda la posibilidad, desde lo que cada uno sabe y puede dar, de generar una pedagogía que nos conduzca a mirarnos en la cara, reconocernos como hermanos y mirar juntos hacia un horizonte común. Lo que vamos construyendo queda para el tesoro más grande que tenemos en Colombia, que son los niños y los jóvenes, a quienes debemos dejarles un territorio de paz y reconciliación.

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La Iglesia está presente en los territorios más alejados. ¿Cómo evalúa la implementación del Acuerdo de Paz?

Nosotros seguimos muy de cerca los informes del Instituto Kroc. En el último, ellos dicen que una parte de la implementación, con todos los atrasos, no se ha detenido y sigue en avance permanente. Eso nos llena de esperanza. Desde la experiencia en los Llanos, donde nos ha tocado vivir muy de cerca el conflicto con las Farc, cuando visito todos los años Mapiripán (Meta) veo la necesidad que tiene su comunidad de que se continúe con ese compromiso y progresar en los puntos que impactan a las regiones, donde el conflicto dejó graves consecuencias, especialmente sociales. Sabemos que esto es a largo plazo, pero no significa que hay que abandonarlo. Ese sí sería el error más grande.

En esas conversaciones con las comunidades, ¿qué les dicen las personas a ustedes? ¿Les están cumpliendo?

Falta mucho, primero, en la conectividad. Sin esta no podemos pensar en proyectos agrícolas. Eso, en gran parte, explica por qué, contra sus deseos, la gente sigue con los cultivos ilícitos. Quieren dejarlos, pero no tienen con qué. Por ejemplo, en Mapiripán vale $1 millón el pasaje para ir a San José de Guaviare, población más cercana para llevar los productos. Es más, cuando se enferma alguien, de una vez buscan un ataúd. En segundo lugar sigue la educación. En los Llanos todavía tenemos índices de analfabetismo, porque no hay colegios cercanos para llevar a los niños. Luego están todos los proyectos productivos, un tema que todavía falta abordar. Y, por último, es el tema de las tierras. La gente que vino huyendo de la violencia tiene en su gran mayoría la posesión, pero no la propiedad. Y así como la época de enfrentamientos entre conservadores y liberales, y los grupos armados, que los desplazaron, posiblemente, el Estado lo empiece a hacer con una ley para despojarlos. La tierra nos ha enfrentado por muchos años y eso hace parte de los mismos acuerdos.

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Habla usted de cultivos ilícitos y hace poco el comandante del Ejército, Nicacio Martínez, pidió la pronta autorización para fumigar con glifosato. ¿Está de acuerdo en erradicar de nuevo con este herbicida?

El problema, en primer lugar, es técnico y yo no lo soy. En esto nadie está de acuerdo. Hay un grupo de científicos que dicen que es dañino para la salud y para el medio ambiente y otros que no. He visto niños y personas con brotes tras esas fumigaciones. Soy simplemente un pastor, creo en el sufrimiento de la gente, pero el problema no se resuelve fumigando las plantas de coca, sino dándoles calidad de vida a los habitantes del territorio. Y en eso es en lo que debemos de pensar.

Continuando con el tema de la paz, pero abordando la situación de la Ley Estatutaria de la JEP, ¿la Iglesia pide que se apruebe?

Esa también es una pregunta que es muy técnica y política. Soy respetuoso de las instancias que tiene el país para resolver esos conflictos, que son más de carácter jurídico. Lo que puedo decir es que estamos en un tiempo propicio para construir juntos y mi invitación es a todas las fuerzas políticas para que no abandonen los esfuerzos y buscar el bien de todos: la paz, reconciliación y justicia social. Valoremos los esfuerzos, los debates políticos legítimos, que se tienen que dar, la pluralidad de ideas de estas propuestas. Al fin y al cabo, la política es una forma de servicio del bien común. Hay que decirles a los políticos que no se encierren en los intereses de sus partidos, perdiendo la visión de conjunto. El papa dijo: como hemos sido capaces de hacer cosas terribles, también lo somos para hacer cosas positivas.

¿Qué posibilidad le ve a una nueva negociación con el Eln?

Es muy difícil predecir la forma cómo se asumirá esa situación en el futuro. Esa pequeña pausa que hacen con la Semana Santa, de un cese unilateral al fuego, es un gesto de paz, pero por qué no hacerlo permanente. Me parece que se tienen que hacer actos cada vez más claros y esos son clamores de las comunidades que han sufrido el conflicto y que aspiran respirar el oxígeno de la paz. El Eln tiene que rescatar la confianza que ha perdido en el país por los atentados.

Ante una eventual negociación, ¿la Iglesia estaría dispuesta a ser mediadora?

Como hemos hecho siempre. No somos mediadores, somos acompañantes y veedores, pues no somos técnicos, de eso se encarga la ONU. Ayudamos muchas veces en silencio por la seguridad de las víctimas, pero siempre acudiendo cuando las dos partes nos piden ser puente, pero un puente se puede construir cuando hay dos orillas.

¿Considera que las condiciones que impuso el presidente Duque, en un principio, para volver a negociar con el Eln eran un poco exageradas?

Pienso que es positivo, a pesar de todo, el compás de espera que ha tenido. Eso no se ha valorado, al igual que estos mismos gestos del Eln, como soltar a la tripulación de un helicóptero. En ambas partes hay guiños que yo sí valoraría, pero falta que sean más grandes. No dejemos perder la esperanza y animemos los diálogos.