Una trenza de cabello, símbolo de reconciliación y primicia del posconflicto

Ya no era la “víctima” ya no era la “exguerrillera”, era la mujer, madre, esposa, hermana, con la que compartían intereses, gustos, proyectos, con la que ahora reían. 

El perdón y la reconciliación, quién tiene autoridad para hablar de ello, si no es nuestra historia y no nos tocó. Solo sé que vi una “víctima” tejiendo una trenza en el cabello de esa “excombatiente” el último día del proceso "Irene: mujeres, reconciliación y paz como cultura".

Ponernos en la piel del otro, reconocerlo, bajarnos de prejuicios y etiquetas, los que vivimos en centros urbanos también hacemos parte de esta historia de guerra, hemos decidido, votado, hemos tomado parte en la decisión de país, tenemos que aprender a escuchar, conocer y a comprender la realidad del campo.

He pensado mucho en ese momento, cuando se acercó, me dio un fuerte abrazo y me dio las gracias en el último encuentro. Aún trato de entender que pasó en ese momento de mi vida, lo importante que fue conocer su historia, ver emerger sus emociones y despedirla en una “chiva”, al ritmo de un autobús típico colombiano de aspecto artesanal para el transporte público rural, con una sonrisa que no le cabía en la boca.

Vi una mujer bonita, fuerte, con ojos grandes y expresivos, algo preocupada e inquieta, madre, con carácter. Así la recuerdo en el primer encuentro del proyecto “Irene”, una experiencia pedagógica que reúne a mujeres víctimas, excombatientes y de la comunidad; ella tiene una historia en la guerra, hizo parte de los grupos armados. Este proceso de reconciliación se desarrolló en los municipios de San Agustín y Pitalito en el departamento del Huila. Paisajes que inspiran, se respiran y están cargados de historia.

El proyecto piloto desarrollado por el Observatorio para la Paz en asocio con el Ministerio del Interior es un reto y una propuesta única, nos pone frente a frente con excombatientes y víctimas, todas respirando el mismo aire, tocándose en un mismo espacio, conociéndose desde su ser mujer, simplemente siendo.

¿Cómo van a reunir en el mismo espacio a mujeres que tuvieron participación en grupos armados; víctimas que han vivido la guerra desde sus consecuencias en la población civil; y comunidad que ha vivido y resistido en zonas que han sido escenarios de la guerra? Pues eso si parecía ser un intento de proceso de reconciliación.

Desde la Pacicultura (pedagogía para la paz como cultura creada por el Observatorio para la Paz), la reconciliación se vive como un proceso de transformación y resignificación de la vida, implica la desarticulación de miedos, prejuicios, prevenciones; saber abordar los silencios y el impacto de violencias tanto a nivel personal como familiar; restaurar la cotidianidad y el sentido de la vida en el presente, no olvidando el pasado sino dándole un nuevo significado a esa huella.

Pues estaban todas ahí, las miradas esquivas, los murmullos, los cuestionamientos, no se sabía quién era quién, participaban mujeres de la ACR (Agencia Colombiana para la Reintegración), de Secretaría de Gobierno e Inclusión Social, entidades públicas que trabajan con víctimas y excombatientes, porque de hecho los procesos de reinserción y reparación que se hacen en nuestro país no resuelven relacionar a estas dos poblaciones.

En ese primer momento no existían etiquetas, es más no debería mencionarlas como “víctimas” y “excombatientes”, ese es el nombre que les ha dado la guerra, porque en el presente lo que tienen en común es que son mujeres y quieren la paz. Y desde ahí partió el proyecto, desde la PAZ, desde sus intereses, gustos, capacidades, desde su corporalidad, descubrieron que existe la posibilidad de crearse y recrearse.

Sin duda la violencia, paraliza, somete, silencia, no queda solo en la historia de guerra, también se reproduce en la familia. Las mujeres se permitieron transitar por su ser, sentir, vivirse desde su libertad y autonomía, entonces descubrieron que pueden potenciar sus capacidades, tomar decisiones y pueden construir relaciones cuidadosas, desde el respeto y el reconocimiento con ellas y con los otros.

Llegó el momento, provocado por el proceso, nos movió, nos asustó, tenían que decirlo. Las mujeres en medio del proceso de reconocimiento, de entender la paz como cotidiana, presente, cercana, en un espacio creado desde la intimidad y la confianza empezaron a contar sus historias en la guerra.

Con decisión y valentía alzó su voz, estas son sus palabras textuales:

“Quiero compartirles que pertenezco a la ACR, hice todo el proceso que hace una persona cuando deja las armas, si ellos lo hacen es porque quieren cambiar, yo sé que ustedes estarán diciendo jum mire esa muchacha, pero resulta que yo cambié, porque son personas que quieren salir adelante, formar su hogar, hacer lazos con su familia, yo no las saqué a ustedes de sus tierras, quizá fueron otras personas obligados por recibir órdenes.

En el encuentro pasado, escuché dos historias que me dolieron mucho y lloré, aunque yo no desplacé a nadie quería acercarme, abrazarlas y decirles perdón por lo que les hicieron, si esa persona necesitaba tranquilidad y si yo sentía que podía dársela con un abrazo yo lo hago, y de mil formas lo haría. Quiero hacerlo para que ustedes se den de cuenta, que nosotros somos seres humanos y queremos cambiar, porque así como ustedes las víctimas sienten rechazo nosotros sentimos más, más rechazo de la comunidad entera, la iglesia también nos recrimina. Yo le decía a Lucia (mujer víctima), yo quiero contar mi historia, mi vida, si yo decía desde el principio de este proyecto que pertenecía a la ACR me iban a mirar como bicho raro, pero ahora lo hago porque tomé la decisión, quiero aportarle a la paz de este país.”

Ya no era la “víctima” ya no era la “exguerrillera”, era la mujer, madre, esposa, hermana, con la que compartían intereses, gustos, proyectos, con la que ahora reían, no se conocieron desde su historia en la guerra, sino que partieron desde su ser mujer y su anhelo por construir la paz. 

* María Angélica Calderón Sarmiento