Una golondrina en la memoria histórica

El deber de memoria no puede ser excluyente y exige conocer la versión de todos. Entonces: ¿Por qué algunas organizaciones quieren desconocer la memoria de la Fuerza Pública?

Por: Coronel (RA) José Espejo Muñoz*

 

Alguien escribió recientemente sobre la urgente necesidad de desarmar la paz. Comparto esta apreciación, pues es el único camino posible si los colombianos queremos alcanzar este sueño aún en construcción.

Considero que aquellos que se llaman a sí mismos investigadores sociales, defensores de derechos humanos o adalides de las víctimas, deberían tomar este consejo con beneficio de inventario.

El disenso es uno de los ejercicios más puros de la democracia. Absolutamente necesario si se hace responsablemente, siguiendo la lógica de la construcción de tejido social. Mas es nocivo cuando se acompaña de cargas negativas, como las que últimamente han aflorado tras conocerse un decreto que incluye al ministro de Defensa en el consejo directivo del Centro Nacional de Memoria Histórica, CNMH.

Una discusión necesaria, que se polariza aún más con las declaraciones a la prensa de un octogenario exembajador estadounidense en Colombia.

En las columnas que he leído sobre el tema, se destila el más puro veneno contra los uniformados. Escritos cargados de odios viscerales, lejanos del espíritu de entendimiento y reconciliación que inspiró este imperfecto pero necesario proceso de paz.

“Una golondrina no hace verano”, reza el refranero popular. Pues bien, la presencia del Mindefensa o un delegado suyo en el órgano de dirección del CNMH −que estoy seguro nunca sería un militar− dará mayor sentido a esta máxima.

El voto del Mindefensa sobre cualquier decisión relacionada con el deber de memoria, si lo hubiese, dudo mucho que cambie los derroteros del Centro, sesgue sus trabajos e incline la balanza de la memoria histórica en favor de militares y policías.

Creo bueno el trabajo del Centro, pero incompleto y con una marcada inclinación ideológica que desconoce verdades inmutables sobre el decurso de la confrontación armada. Episodios oscuros que la sociedad colombiana recuerda porque los padeció en carne propia.

De las poco más de ochenta producciones del CNMH, un único trabajo investigativo favorecería la memoria de los uniformados. Se trata de un libro de memoria y otro de contexto −este último presentado en la Filbo 2017−, sobre el flagelo de las minas antipersonales.

No se trata de acomodar el deber de memoria en favor de unos u otros. El país, verbo y gracia, tiene que conocer la verdad histórica de los mal llamados falsos positivos, llevando a los estrados judiciales a quienes mancillaron la legitimidad de las Fuerzas Militares.

Contrario sensu, nada o muy poco se ha escrito sobre los graves crímenes de guerra y las graves infracciones a los derechos humanos que perpetraron las guerrillas en su guerra contra el Estado. Brillan por su ausencia trabajos serios sobre: toma de rehenes −léase secuestro, como jurídicamente se disfrazó este grave crimen de guerra en Colombia−, ataques indiscriminados a poblaciones y a la misión médica, niños soldado, desaparición forzada de soldados y policías, ecocidio y otra decena de prácticas impuras en el marco de la confrontación armada.

Ahora bien, surgen preguntas irresueltas: ¿Por qué este silencio cómplice? ¿Por qué algunas organizaciones sociales quieren desconocer la memoria de la Fuerza Pública? ¿Cuál es el miedo de escuchar a militares y policías?

Los deberes de memoria y verdad −cuyo centro de gravedad siempre serán las víctimas, sin importar de cual orilla provienen− no se excluyen. Es oportuno conocer la memoria de las partes en conflicto, depurándola cuando sea necesario, para así plasmar en letras de molde esa verdad que nos permita como país sanar heridas y disipar cicatrices.

*Comunicador estratégico y especialista en DIH y DD.HH.