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Descripción: 
Rafael Grasa.
Autor: 
El Espectador

Un Nobel individual, colectivo y preventivo

Ciertamente, el Premio, esperado hasta el plebiscito, ha sido sorpresivo. No obstante, es coherente con una larga tradición de galardonar a arquitectos de acuerdos de paz.

EL comunicado de concesión del Nobel tiene esta vez enorme importancia. Primero, destaca los esfuerzos del Presidente Santos para acabar con una guerra de más de 50 años, pero también afirma que debe entenderse como un tributo colectivo al pueblo colombiano, que pese a abusos y miserias nunca perdió la esperanza en una paz justa, y, finalmente, a todas las partes que han contribuido al proceso de paz. Luego hace consideraciones contextuales, aludiendo a la incertidumbre provocada por el No en el plebiscito, que, empero, no debe entenderse –dice- como un no a la paz sino a un acuerdo concreto.

De todo ello se deriva que el Premio es un premio colectivo y personal a la vez, además de un premio preventivo, que quiere anticiparse al eventual reanudo de la violencia armada en las próximas semanas o meses. Es por tanto una llamada a la esperanza, mundial, porque el acuerdo de paz entre FARC-EP y Gobierno es la única noticia positiva en la esfera de las relaciones internacionales de los últimos tres años, y, también, colombiana, al apostar fuertemente, el mismo día que se ha conocido el nombre del nuevo secretario general de la ONU, Antonio Guterres, por la búsqueda a una solución consensuada para validar el acuerdo final, con algún que otro cambio, y empezar a implementarlo.

Ciertamente, el Premio, esperado hasta el plebiscito, ha sido sorpresivo. No obstante, es coherente con una larga tradición de galardonar a arquitectos de acuerdos de paz: Theodore Roosvelt por mediar en el fin de la guerra ruso-japonesa (1906); a Ralph Bunche por negociar el fin de la primera guerra árabe-israelí (1950); a Henry Kissinger y  Le Duc Tho por el alto el fuego en Vietnam (1973); o, para no alargarme, a los artífices de los acuerdos de Camp David (Begin, Sadat, en principio, y, años después, a Carter),  centroamericanos ( Arias), de Oslo para Oriente Próximo ( Rabin, Arafat y Peres) o por el Acuerdo de Viernes Santo sobre el conflicto armado en Irlanda del Norte (Hume y Trimble).

Dos cosas, empero, están siendo comentadas en los medios internacionales. Primero, que no se haya concedido también a Rodrigo Londoño, Timochenko, como responsable de las FARC, siguiendo la tradición de premiar a negociadores de ambos lados. Se están barajando dos explicaciones: una que la nominación no llegara a tiempo (le pasó a Carter en 1978); segunda, y más probable, que el Comité –con una composición ahora mayoritariamente conservadora- se haya sentido incómodo por algunos hechos de su pasado, vinculados a la conducta en la guerra o al narcotráfico.  Al dejar abierta la puerta para un ulterior reconocimiento, como en el caso de Carter, se magnificaría, si eso es lo que ha pensado el Comité, el apoyo a la búsqueda de una solución negociada a la crisis abierta con la victoria del No.

Eso me lleva al segundo comentario: ¿por qué darle el Premio al Presidente Santos, pese al resultado del plebiscito? La historia del Premio muestra que no sólo se reconocen acuerdos acabados, sino esfuerzos o parteaguas decisivos, con el propósito de incentivar, como en el caso de Oslo, o cuando se premió en 1976 a Betty Williams y Mairead Corrigan, por su trabajo en Irlanda del Norte. Al dárselo a Santos, el Comité contesta con claridad a la pregunta que circula desde domino: ¿Quién gestiona el No para evitar que se pierda la ventana de oportunidad de acabar con el conflicto armado interno más largo de la historia contemporánea? La respuesta del Comité ha sido claro: el presidente Santos, junto a todo el pueblo colombiano y a todas la partes implicadas, con un comportamiento esperanzador, sensato y constructivo de las FARC y una magnífica respuesta social liderada por los estudiantes. Una respuesta, además, que parece haber escuchado el presidente Uribe, que ha felicitado al presidente Santos diciendo que “espera conduzca a cambiar acuerdos dañinos para la democracia”, con tono comedido. En suma, el Nobel 2016 - individual, colectivo y preventivo- aplica la sabiduría ancestral: “más valen cien por si acaso, que un “yo creí que”.