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Descripción: 
Rafael Grasa.
Autor: 
El Espectador

Un No inesperado, un acicate para la acción

No se ha percibido la oportunidad histórica que el plebiscito suponía, y ello tiene que ver con la forma tradicional de manejar la participación de las élites políticas y los aparatos de partido.

Lo inesperado ha sucedido. Los políticos, la comunidad internacional, las FARC, la sociedad civil, las empresas encuestadoras, incluso buena parte de los que defendían el NO, se han encontrado con la sorpresa: en el plebiscito que ponía fin a la guerra y permitía abrir el camino de la construcción de la paz en Colombia, ha ganado el NO. Y no valen paños calientes: aunque la diferencia sea sólo de 60.000 votos, la victoria y la derrota han sido claras.

Tanto por el alto número de votos anulados (170.000), como por el hecho de que el Sí debía ganar de forma clara y contundente, dado el apoyo de todos los partidos políticos, menos el Centro Democrático del expresidente Uribe, y de la maquinaria gubernamental. Intentaremos analizar lo que ha sucedido, por qué, y qué panorama se abre ahora, con un país que está todavía más polarizado y dividido que en las elecciones presidenciales de 2014.

La votación refleja dos Colombias: el país que ha votado, 13 millones de personas  (37% del censo), demediado y polarizado; el gran país silente, el 63% que se ha abstenido. Comparada con otras elecciones, (descuento referendos que no tuvieron validez por no llegar al umbral mínimo de participación entonces del 25%), es la abstención más alta desde hace 22 años.

Habida cuenta que en las dos vueltas de las presidenciales de 2014 fue del 60% y 52%, es muy alta pero no atípica: la abstención estructural es un rasgo endémico del sistema colombiano.  Además ha sido selectiva, lo que exige afinar el análisis: hay tasas de abstención entre el 73% y el 80% en territorios en los que ha ganado el Sí (Vichada, Amazonas, Magdalena, Atlántico, Bolivar, Vaupés, La Guajira).

En suma, el rasgo recurrente es que la mayor parte del país ha seguido sin acudir a las urnas, esta vez  por una combinación de costumbre habitual y de falta de movilización y/o de incentivos para la ocasión concreta. No se ha percibido la oportunidad histórica que la consulta suponía, y ello tiene que ver con la forma tradicional de manejar la participación de las élites políticas y los aparatos de partido. Quedará para otro momento analizar los defectos y errores de campaña, importantes, así como algunos hechos que han podido incidir en pro del No: meteduras de pata gubernamentales; decisiones tomadas en momento inoportuno, como la inhabilitación judicial con años de retraso al procurador Ordóñez; declaraciones y entrevistas arrogantes de las FARC.

Hay, empero, dos noticias positivas. Primero, que en las poblaciones y comunidades más castigadas por la violencia de todos los actores armados, el Sí se ha impuesto con claridad. Una vez más, como ha pasado en todos los países que transitan de la violencia a la paz, lo mejor viene de las víctimas y de su capacidad enorme de reconciliación. Hay motivos para la esperanza.

La segunda, que, pese al resultado inesperado, la democracia participativa, presente por primera vez en Colombia a partir de la Constitución de 1991, ha funcionado bien: los electores se han pronunciado, han sido determinantes y soberanos, aunque no guste el resultado. Y eso siempre es bueno: las consultas directas quizás las cargue el diablo, pero sin ellas la democracia es imperfecta y a veces sólo infierno permanente.

Y, ¿ahora qué? Lo cierto es que reina el desconcierto. No había plan B y habrá que inventarlo. Y se está haciendo desde la noche del 2 de octubre. Hubo noticias positivas al comentar los resultados. Tanto el presidente Santos como las FARC reaccionaron diciendo que no se volvía a la guerra: el presidente mantiene el alto el fuego como comandante en jefe y las FARC mantienen su compromiso de luchar sólo con palabras. Adicionalmente, en su alocución asumiendo el No y su gestión, el expresidente Uribe, aunque pidió a las FARC que se concentren igualmente en los puntos previstos en el Acuerdo, se mostró partidario del diálogo, de un pacto nacional y de hacer concesiones a las FARC. Ha logrado lo que quería, y lo que siempre hubiera sido conveniente, participar en la solución al problema que debe gestarse. De momento, el presidente Santos ha llamado a consultas a los partidos y se intenta establecer un un Diálogo Nacional.

Jurídicamente, hay dos caminos a explorar, no incompatibles, renegociar –directamente o quizás a través de la Mesa de Diálogo con el ELN que debía anunciarse en breve- y convocar, posteriormente, una Asamblea Constituyente. Todo está abierto, pero las reacciones, menos polarizadas de momento que la campaña, dejan resquicios de esperanza, si se supera la inacción y se evitan acciones unilaterales, algo que de momento se está haciendo. Además, de momento hay menos conmoción en Colombia que en los medios internacionales. Ver el abismo suele generar esfuerzos innovadores para evitar precipitarse en él, por que como decía Bloch en su principio esperanza, el ser humano, siempre frágil, suele sacar lo mejor de sí mismo en momentos delicados. Y en esto estamos. Y por eso mantengo el optimismo.