Un momento de grandeza

Hoy más que nunca el país necesita de la grandeza de quien ocupa la Casa de Nariño para propiciar el anhelado Acuerdo Nacional. Eludir el veredicto del plebiscito a través de artimañas políticas y jurídicas, o pretender deslegitimar el triunfo del No, enfurecerá a millones de ciudadanos cuyas voces pidieron correcciones de fondo.

En alguna ocasión John F. Kennedy dijo que: “Se puede ganar con la mitad, pero no se puede gobernar con la otra mitad en contra”. Esa frase nos permite analizar los resultados del pasado 2 de octubre cuando triunfó el No y examinar cuáles son las lecciones que quedan para el pueblo colombiano.

La gran lección que debemos asimilar los colombianos es que el Presidente de la República se empecinó en sacar adelante un proceso de paz sin generar un amplio consenso nacional. Muchas de las voces críticas, que condujeron a la victoria del No, fueron excluidas durante el periodo de negociación para aportar opiniones y construir un acuerdo de desmovilización, desarme y reinserción que representara los principios y criterios de toda la población.

El camino optado por el Gobierno fue el de someter los Acuerdos alcanzados con las Farc a un Plebiscito, minimizando y casi que desconociendo aquellas voces críticas y asumiendo que sería el veredicto de las urnas el que dejaría al Presidente la patente de corso para la implementación de los Acuerdos. Los resultados nos mostraron un camino distinto, agregando a su favor que el triunfo fue contundente al evidenciar las enormes desigualdades en financiación, publicidad, acceso a los medios, reducción del umbral y participación política de funcionarios. El triunfo del No, limitado en recursos y acceso a los medios, resultó ser una expresión silenciosa y estruendosa en las urnas donde 6,4 millones de votantes rechazaron los Acuerdos tal como estaban y exigieron hacer corrección a los mismos.

El resultado electoral debe ser entonces leído con humildad por parte del Gobierno y las Farc. Con éste se abre la posibilidad de un gran acuerdo político que permita corregir el error y unir a los colombianos sobre la base de incluir correcciones sustanciales que satisfagan a los del No, que reclaman paz con justicia y a los del Sí que se sentían conformes con los Acuerdos.

La importancia de ese acuerdo político es trascendental porque su implementación puede involucrar a varias administraciones presidenciales, frente a lo cual el camino de la arrogancia de intentar imponerlos a como dé lugar puede ser el camino a su debilidad, incertidumbre y falta de implementación.

¿Cómo podría ser ese gran acuerdo político? Este debería empezar por tomar como punto de partida los Acuerdos de La Habana e introducir modificaciones sustanciales bajo una metodología rigurosa donde se examine cada uno de sus capítulos. A su vez, ese examen permite construir dichas modificaciones y en una mesa técnica donde participe el Gobierno, los voceros del No, representantes de otros partidos y las propias Farc edificar un nuevo acuerdo. La implementación del Acuerdo que materialice el Gran Pacto Nacional debería empezar por seguir el trámite ordinario de las leyes y evitar figuras hechizas como el denominado fast track, las facultades habilitantes al Presidente, la vinculación permanente de los Acuerdos al Plan de Desarrollo sin conocer su fuente de financiamiento o la incorporación al Bloque de Constitucionalidad de éstos.

Un Gran Acuerdo Político debería unir a los partidos representados en el Congreso para acompañar debidamente el proceso de implementación e incluir en el pacto que la temporada electoral no se constituya en un factor de competencia entre partidos. Pero la construcción del pacto empieza por la voluntad política del Presidente de la República, si él genuinamente considera que ha llegado el momento de zanjar las diferencias el proceso será fácil y esperanzador. Si por el contrario la actitud del gobernante es displicente y dominada por la pequeña política, se perderá una gran oportunidad fracturando nuestras instituciones democráticas.

Hoy más que nunca el país necesita de la grandeza de quien ocupa la Casa de Nariño para propiciar el anhelado Acuerdo Nacional. Caer en las tentaciones de eludir el veredicto de las urnas a través de artimañas políticas y jurídicas, o pretender deslegitimar el triunfo del No, enfurecerá a millones de ciudadanos cuyas voces pidieron correcciones de fondo. El camino no es un nuevo Plebiscito, ni hacerle “conejo” a los resultados de las elecciones apoyados en sentencias acomodadas complacientemente por las Cortes. Ha llegado el momento de escucharnos los argumentos, de construir un mecanismo riguroso y con la capacidad de identificar opciones convenientes que estén alineadas con nuestros principios constitucionales y el Derecho Internacional. Por parte del Centro Democrático la voluntad de avanzar en esta dirección está clara y esperamos que el Gobierno haga lo propio. No desaprovechemos esta oportunidad.

*Senador por el Movimiento Centro Democrático