Un manifiesto por el Sí

Construir la paz significará exigir como ciudadanos que la desigualdad y discriminación estructural que dieron origen a la confrontación armada no se repitan y establecer las condiciones para que las actuales y futuras generaciones conozcan un país más justo.

El pasado 26 de septiembre gran parte del país estaba atento a la transmisión de lo que sería el gran hecho histórico contemporáneo que marcaría el fin de la guerra. Al iniciar, un blanco uniforme propiciaba el momento esperado, pero con lo que no contaba era que a los 9 minutos, un momento de silencio por las personas ausentes debido al conflicto armado se convertiría en un detonante para mi intranquilidad. Entonces volvió el sonido lúgubre de las trompetas que anunciaban la muerte en los años ochenta y noventa, recibí inmediatamente una llamada de mi hermana, quien me dijo que no quería que su hijo de 2 años y medio conociera la zozobra que, ella y yo siendo niñas, sentíamos cada vez que se entonaba esa canción.

Puedo entender que seamos una nación plural, democrática (o en vías de serlo) y con anhelos de paz, pero siempre me he preguntado ¿será capaz la sociedad colombiana de apostarle a la construcción de paz? La polarización absurda que se ha evidenciado el último mes en las redes sociales da motivos para preocuparse, obviamente es un ejemplo de la ligereza con la que los colombianos toman posturas y decisiones; sin embargo, lo realmente grave es que ni el Estado, ni los ciudadanos han vislumbrado la dimensión real de la labor que tenemos por delante.

En este punto, quiero mencionar de manera breve dos conceptos que considero esenciales al momento de pensar en la construcción de paz en Colombia: la justicia y la reconciliación. La justicia entendida como “el fundamento moral de la sociedad” (Rawls) o como “una respuesta a la experiencia de injusticia” (Reyes Mate). Aquí se debe hacer una claridad, la justicia va más allá de tener un carácter retributivo, es decir, comprende más que enviar a los criminales a la cárcel. Eso sí, lo esencial de un acuerdo sobre la administración de justicia por hechos cometidos en el marco de un conflicto armado, debe ser garantizar esa medida mínima de justicia que signifique para las víctimas el restablecimiento de su dignidad y de su ciudadanía.

Reconociendo que esta justicia en nuestro país se dará en lo que Pablo de Greiff ha llamado “un mundo muy imperfecto”, debe estar basada en el reconocimiento de responsabilidades de todos los actores involucrados; en el reconocimiento de la sociedad por su silencio e indolencia con las 8.190.451 víctimas registradas del conflicto armado; en la administración de justicia, la verdad y la reparación para las víctimas; y en reconstruir un país en el cual los derechos que anteriormente fueron negados sean reconocidos y garantizados.

Por su parte la reconciliación es un término complejo, ya que tiene múltiples significados y dimensiones. No es lo mismo la reconciliación que tuvo lugar en Sudáfrica, basada en la filosofía Ubuntu, luego de la eliminación del apartheid; que un proceso más político en Irlanda del Norte posterior al acuerdo de Viernes Santo. Pese a sus distintas definiciones, existe un consenso en cuanto su objetivo: la posibilidad de un futuro compartido por las partes.

Por ello, la reconciliación debe estar distanciada de su connotación religiosa (perdonar es una decisión personal y privada, por ende, puede pensarse la reconciliación sin perdón pero con la intención de seguir adelante). La reconciliación no es sinónimo de impunidad, ni de desconocimiento de la verdad, ni mucho menos de injusticia. La propuesta es apropiar la reconciliación desde un enfoque político, en donde se trata de transformar relaciones que se han quebrantado por un conflicto, o que en algunos casos, ni siquiera han existido.

De ahí, que la reconciliación requiera abandonar la sospecha, la desconfianza, la violencia y propender por una sociedad en la cual primen el respeto por “el otro” y los derechos humanos. En pocas palabras, es la voluntad de vivir juntos reconociendo nuestras diferencias siempre pensando en un futuro común. Este 2 de octubre, nuestro país tendrá la oportunidad de revalorar y reconstruir lo que significa ser colombiano.

Este manifiesto por el Sí no es un deseo lanzado al vacío, para llegar a esa justicia y a esa reconciliación, nos enfrentamos a una ardua tarea que tendrá el Estado, los próximos gobiernos y cada una de las colombianas y los colombianos en las décadas por venir. Construir la paz significará exigir como ciudadanos que la desigualdad y discriminación estructural que dieron origen a la confrontación armada no se repitan y establecer las condiciones para que las actuales y futuras generaciones conozcan un país más justo.

Asumir este compromiso es más que una opción, es una obligación moral y política. Asumir este compromiso significa dejar al lado el individualismo y pensarnos como nación; es cambiar el chip del “yo” por el del “nosotros”; utilizar la creatividad, la pujanza y la pasión que nos caracteriza en busca de un proyecto común; romper con la visión conservadora y trabajar por una sociedad más libre e igualitaria. Durante más de cincuenta años no hemos sabido cómo resolver las diferencias por medios no violentos, ahora, intentemos dejar este país mejor de lo que lo encontramos.

*Sinthya Rubio Escolar, Internacionalista, consultora en temas de justicia transicional y construcción de paz.