Un acercamiento a la paz en democracia

Para pensar en la paz es imprescindible deshacerse de la ilusión que vehicula un cierto pacifismo de las conductas; así como abandonar los sustentos morales para hablar de política, cuando realmente lo que existe es la negación del otro.

Era el final de un frío invierno a principios del 2013, en el marco de una clase de ciencia política en la Universidad de Lovaina, cuando tuve la oportunidad de escuchar por primera vez el nombre de Chantal Mouffe, profesora de origen belga, quien se ha concentrado, entre otros asuntos, en entender de qué se trata la democracia y cómo radicalizarla. A partir de una lectura más o menos juiciosa he podido entender que el ideal democrático es el resultado de un esfuerzo por anudar perspectivas éticas para crear una identidad de un buen vivir. La identidad no designa simplemente quiénes somos, sino, además, quiénes son los otros.

Este escenario supone la existencia de antagonismos perpetuos, que ponen en cuestión el imaginario liberal del pluralismo, o sea la forma de coexistencia de una multiplicidad de perspectivas y valores, que, puestas en conjunto, conforman un todo armonioso y no-conflictivo. Pero es ineludible el reconocimiento en el pluralismo de su carácter conflictivo, dándole vida a lo político en su lecho antagonista. De manera que en esa dimensión antagonista de la política se puede entender el reto de la política democrática. Este antagonismo, insisto, es un asunto político; ni moral, codeándose entre lo bueno y lo malo; ni estético, entre lo bello y lo feo… Se trata de una oposición de naturaleza, pero no de negación.

Julian Freud, en 1965, escribía en La esencia de lo político: “lo que nos parece determinante es que no reconocer al enemigo es un obstáculo para la paz; ¿con quién hacerla, si no?” Pero no hay que dejarse llevar por la tentación de creer que la guerra soluciona definitivamente los problemas políticos, puesto que, siguiendo la reflexión de Freud, “incluso la derrota total del enemigo continuaría siendo un problema para el vencedor”. Por lo tanto, una política democrática debería tender a establecer instituciones que permitan que el conflicto se exprese lejos de la confrontación violenta. No se trata de reinventar la democracia en cuanto modelo ideal, sino la realidad en cuanto conjunto de obstáculos que se oponen a la realización de ese modelo.

Da la impresión de que la desilusión frente a la política en Colombia es resultado de un proceso de desdibuje de las fronteras que diferenciaron alguna vez la “derecha” de la “izquierda”, con la pretensión de mostrar un progreso hacia el consenso, es decir, mayor cercanía al ideal democrático. ¿Es posible lograr un consenso en política? La historia de la “izquierda” y la “derecha”, en ese escenario pre-revolución burguesa en Francia, muestra con claridad que la esencia de la política es la confrontación entre adversarios, una lucha por defender sus puntos de vista frente a las formas óptimas de convivencia; sin embargo, ahora la agenda psudopolítica se basa en atribuciones morales no negociables, o bajo formas esencializadas, que no permiten la existencia de antagonismos, sino que disponen la arena pública en la negación del otro.

La paz en democracia es, entonces, por un lado, la ausencia de confrontación violenta, de hostigamiento, de tergiversaciones basadas en juicios de valor; y, por otro lado, se trata de la coexistencia política, o sea, en clave antagónica saludable, donde la madurez en las discusiones sea de altísimo nivel, donde Colombia pueda hacer gala de la superación de la violencia y pueda rodar la alfombra del entendimiento del conflicto, porque ha evolucionado. Aunque no sea necesario poner en cuestión los atributos de la paz y de luchar siempre por ella, es imprescindible deshacerse de la ilusión que vehícula un cierto pacifismo de las conductas; así como abandonar los sustentos morales para hablar de política.