Trazos de memoria

En su afán de contribuir a la construcción de memoria y verdad, el periodismo del posacuerdo con las Farc no puede volverse laxo y pecar de inocente.

Amamantados por una loba, Rómulo y Remo fundaron Roma. Un puñado de labriegos, a quienes sólo les interesaba cuidar sus parcelas y gallinas, fundaron las Farc tras un asedio del Estado y su maquinaria de guerra. Carlos Castaño y Salvatore Mancuso, gobernados por ese odio visceral que despertó en ellos el asesinato de sus familiares a manos de las guerrillas, fundaron las Autodefensas Unidas Campesinas de Córdova de Urabá.

Ese es el problema de los mitos: son sólo mitos. Claro está, casi siempre se usan para justificar el oscuro pasado, pues hacen parte del olvido moral de sociedades como la nuestra.

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Por su cariz de historia imaginaria, los mitos alteran las verdaderas cualidades de una persona, de un grupo o de una cosa, otorgándoles más valor del que tienen en realidad. Igual ocurre con los mitos fundacionales. Están saturados de acontecimientos prodigiosos, episodios románticos y hazañas épicas; totalmente abstraídos del rigor de la investigación histórica. Les asiste otro talón de Aquiles: carecen del necesario contexto que reclama la memoria histórica.

Después de leer en más de una ocasión un artículo publicado en la edición digital de este matutino bajo el título Operación Marquetalia, 53 años de un mito fundacional, me decidí a escribir esta columna. De hecho, su contenido ya había motivado una carta de la Academia Colombiana de Historia Militar con destino a la dirección del periódico; Ramiro Zambrano Cárdenas, mayor en retiro del Ejército y presidente del instituto, suscribió esta misiva en espera de una rectificación. Fue publicada en la sección cartas de los lectores de El Espectador.

Por una parte, opino que la autora omitió deberes propios de nuestro oficio y, por la otra, que su escrito no corresponde a la verdad históric porque da por cierto hechos inexistentes. Si bien la colega aclara en el sumario del artículo que retomó textos de Manuel Marulanda y Jacobo Arenas, no queda del todo claro cuando habla la periodista y cuando el contenido de los libros consultados, salvo en aquellos casos que emplea la comilla doble.

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Al igual que Ryszard Kapuściński, no creo en la objetividad del reportero que cubre conflictos armados, pues los periodistas somos seres humanos con posiciones políticas contestatarias frente a la guerra y sus horrores. Con todo, sí tenemos el sagrado deber de investigar en profundidad, animados por encontrar la esquiva verdad.

Varias son las imprecisiones del artículo, pero sólo me referiré a tres. No es cierto que 16.000 hombres de las Fuerzas Militares participaron en la operación para ocupar Marquetalia. En las repisas del Archivo General de la Nación están los documentos que dan cuenta de la participación de los batallones Boyacá, Rooke y Tenerife, así como una compañía del Juanambú, otra del Colombia y una tercera de la Escuela de Infantería.

Las Tablas de Organización y Equipo, TOE, de aquel entonces, indican que cada batallón en el Ejército estaba integrado por tres compañías de choque ‒cada una con 172 hombres‒, y una de servicios. De no haberse registrado ninguna novedad entre el personal, a lo sumo habrían participado algo más que 2.000 uniformados, incluidos los cuadros de mando.

Tampoco es cierto que estos hombres combatieron en la Guerra de Vietnam ‒que de hecho se encontraba en su máximo clímax en 1964‒, mucho menos en la Guerra de Corea ‒ya que estos soldados se habían licenciado años atrás‒ y en un inexistente conflicto en Argelia.

Otra imperdonable vaguedad se avizora cuando se lee que se emplearon “equipos aéreos que dejaban caer napalm y manipulaban bacterias”. No existe el menor registro del uso de bombas de gasolina gelatinosa por parte de la Fuerza Aérea en su historia, tampoco de armas químicas.