Tolerancia, estética y reconciliación

Basada en una supuesta información recibida y movida por una serie de prejuicios, estereotipos e imaginarios, Juliana Hernández, esposa del senador por el Centro Democrático Alfredo Ramos Maya protagonizó un hecho que muestra el alto nivel de intolerancia en el país.

Por: Juan David Cárdenas

Un hecho puntual acontecido en estos últimos días nos mostró una de las dimensiones del posacuerdo donde se puede llegar a tener más dificultades: la convivencia social. Basada en una supuesta información recibida y movida por una serie de prejuicios, estereotipos e imaginarios, muchos de ellos colectivamente legitimados, Juliana Hernández, esposa del senador por el Centro Democrático Alfredo Ramos Maya protagonizó un hecho que muestra el alto nivel de intolerancia imperante en el país.

Hernández, al ver a un hombre con una gorra, culturalmente alusiva al pensamiento de izquierda, inmediatamente asumió que un hombre que estaba sentado en una de las sillas del avión era un exguerrillero y exigió que fuera desalojado del avión para que ella pudiera viajar tranquilamente y dar un mensaje de “sanción social” a quien ella consideraba no tenía el derecho de estar ahí.

Al publicar esta fotografía acompañada del mensaje donde evidencia su indignación muchas personas empiezan a reproducir el contenido a tal punto que medios como El Espectador los dan como verídico y los difunde de manera masiva en sus distintas plataformas digitales.

Horas después el hijo de la persona que aparece en la foto exige la rectificación de Hernández y los medios de comunicación involucrados aclarando que era su padre y que la gorra que lucía era simplemente un regalo que él le había dado a la vuelta de un viaje por Cuba. Igualmente se aclaró que la persona, que no era ningún exguerrillero, era un educador pensionado que volvió de un tratamiento médico.

Finalmente, Juliana Hernández y algunos medios, no todos, decidieron rectificar y pidieron disculpas por el hecho, que de entrada es supremamente grave ya que nos muestra el alcance que tienen los discursos de odio en Colombia, llegando incluso al ámbito de la criminalización de la estética.

El proceso de transición de una cultura de la violencia hacia una cultura de paz tiene como un elemento transversal de suma importancia el romper con barreras mentales y psicológicas que están relacionadas con la construcción de la tolerancia orientada por el valor de la diversidad. El terreno de la estética es uno de los escenarios donde se ve manifestada esa diversidad. Y es allí donde más arraigados están los estereotipos ideológicos.

En un país donde castigar el pensamiento critico, crimen de opinión, ha sido una práctica sistemática y motor de la violencia política, es inaudito que un momento en donde se está implementando el acuerdo de paz, estemos hablando del crimen estético de opinión, llevando a un escenario, aparentemente superficial como la apariencia, la justificación para las actitudes excluyentes en cualquier escenario social.

Parte de dar esa transición implica dar cabida a nuevas formas de expresión política que adquieren formas estéticas, no necesariamente novedosas, pero si, quizás, relacionadas con ideologías anti sistémicas, críticas de los discursos y estéticas políticas convencionales.

Podría afirmarse que estamos dando paso a una modelo de democracia radical en donde los antagonismos políticos deben dejar de verse como en términos de amigos y enemigos. La lógica de esta nueva democracia, que implica un cambio cultural que conciba la política en términos adversariales y no como una competencia de suma cero.

Este episodio puntual nos muestra la dificultad de dicho cambio cultural. Quien piensa distinto debe ser reconocido como un adversario legítimo y valido dentro del sistema democrático y no como alguien a quien hay que eliminar, vencer y someter.

Y este cambio, a su vez, debe empezar desde la convivencia, la cotidianidad. Este tipo de hechos nos muestran el arraigo que tienen los estereotipos y etiquetas que los políticos construyen y que a su vez se vuelven atajos en la mente de las personas para evaluar de manera sencilla y superficial su realidad.

La tolerancia debe lograrse no solo en el ámbito del pensamiento diverso sino también en la aceptación de las diversas estéticas que acompañan dicha pluralidad. La realidad no es tan simple ni tan clasificable, muchos menos de manera tan burda, más cuando se busca obtener réditos políticos manteniendo vivos esos esquemas mentales que hacen más difícil la construcción de la paz y la búsqueda de la reconciliación, sin que esta última implique la idea de la uniformidad.