Tiempo de cinismo

“Son 7 asesinatos cada 10 días”, según Indepaz; 21 asesinatos en lo que va corrido del 2018 cuando todavía hay gente que saluda celebrando el feliz año;  2.560 han sido desplazadas de acuerdo con los datos de CODHES. ¿Puede seguirse diciendo que la agenda de paz es una cosa del pasado sin caer en la inmoralidad?

Yo también quisiera que empezara un tiempo plenamente nuevo. Un punto de partida con la firma del Acuerdo de Paz en el que las noticias del conflicto y la violencia política se dieran por superadas. Creo incluso que lo deseo más que mucha gente. Soy una de las muchas personas que le hemos dedicado la mayor parte de nuestra vida profesional a seguirle los pasos a la muerte en Colombia. Pero no. No se puede pasar la página, no nos dejan, y mejor sería que se nos cayeran los dientes antes que caer nosotros en el cinismo.

“Son 7 asesinatos cada 10 días”, según Indepaz; 21 asesinatos en lo que va corrido del 2018 cuando todavía hay gente que saluda celebrando el feliz año; 140 personas han sido amenazadas y 2.560 han sido desplazadas de acuerdo con los datos de CODHES. ¿Puede uno crear una realidad del deseo? ¿Puede seguirse diciendo que la agenda de paz es una cosa del pasado sin caer en la inmoralidad?

Estamos en campaña electoral y hablar de paz no da tantos votos como usar a los muertos selectivamente para señalar a los adversarios. Vuelvo a leer a mi papá, asesinado con la misma edad que tengo yo ahora diciendo que “se equivocan quienes piensan que el tema de paz está desgastado”, hablándole desde la memoria de 29 años pasados a políticos supuestamente innovadores a los que hay que recordarles que el mundo no nació con ellos.

Necropolítica, le llama el camerunés Achille Mbembe a esa práctica común en nuestros días de denunciar los muertos que convienen a determinada campaña sobre la base de la idea de que para el poder unas vidas tienen valor y otras no. Las vidas que importan merecen la atención y la movilización de todos los recursos necesarios. Las que no, obtienen como respuesta informes de los que salen otros informes y contando. Si el Estado se trata de eso, de investigar las muertes en vez de impedirlas, bien podría decirse que a una parte del país pronto se le podría reemplazar al Estado con algoritmos, al mejor estilo neoliberal Siglo XXI.

¿Volver a decir algo sobre la teoría del Ministro de Defensa de que son líos de faldas? No, no vale la pena. Hay que hablar del carácter político de esos asesinatos. Porque lo que creen muchas personas a partir de la campaña, “el conflicto ya pasó, ahora hablemos de otra cosa”, es que la muerte de un líder comunitario en el Pacífico no es un hecho político porque no lo vieron portando banderas de un partido, sino la mala suerte de la gente buena que vive en tierra de gente mala. Pero se vuelven a equivocar. Claro que se trata de asesinatos políticos, porque lo político es la disputa de poderes por la tierra, el territorio y todo lo que puede surgir y desarrollarse allí. Y el problema de que se trate de asesinatos políticos es que el único responsable de evitarlos no es sólo el Ministro romántico.

La política no es la continuación de la guerra por otros medios, simplemente. Lo que se puede hacer con las palabras que no con las balas es hablar, escucharse, entenderse y colaborar, si uno se lo permite. Pero en el tiempo del cinismo que es el tiempo de campañas para muchos (no para todos, y todas), se impone la regla de que no hay que escucharse sino derrotarse, y así sí es muy difícil. Como enseña un poema de César Vallejo, Masa, la única forma de ganarle a la muerte es juntando “a todos los hombres de la tierra”. ¿Se acuerdan que después de la paz venía un gran acuerdo político nacional?

La conciencia humanitaria que se movió a las calles para pedir “Acuerdo ya”, pensando en la posibilidad de víctimas futuras se está quedando corta y marginalizada frente a los bombos electorales. Y la tristeza profunda con la que tenemos que seguir viviendo es que allí, en el campo donde podrían producirse soluciones, prefieren seguir peleando por chichiguas.