Superar el juego del parqués: una lección en elecciones

Una ciudadanía no debería entusiasmarse porque el otro retroceda, más cuando tarde o temprano el riesgo de estar en la misma situación es más que evidente. Esa es tal vez la mayor paradoja, está campaña electoral con mayor participación encuentra más puertas cerradas para repetir el pasado que abiertas para reinventar el futuro.

Parece ser una verdad de a puño y saqueos que la noción de ciudadanía en nuestro país es bien limitada. El divorcio entre el estado fallido y el estado fallado así lo ha reafirmado.

Estado fallido porque a lo largo de nuestra historia republicana la lógica centralista no ha podido, o no ha querido, consolidar una propuesta de nación que logre interpretar, reconocer y recoger las dimensiones culturales y físicas de nuestras regiones. Los ordenamientos territoriales siguen reproduciendo feudalismo, gamonalismo, sobreviviendo de “bonanzas” -monocultivos y lógicas extractivas– (legales e ilegales). Ese Estado fallido que ha logrado una muy despreciable tercera posición en desigualdad mundial en la que solo Haití y Angola nos superan.

El Estado fallado porque la justicia y el statu quo sigue siendo más un obstáculo y cuando se logran fallos a favor de las regiones o los intereses de la Nación, es otra ley la que opera. Nuestro país ha sido siempre población, naturaleza y riquezas en disputa. Desde el sistema notarial, la informalidad de la tierra y la lógica de guerra, ha logrado que la realidad sea a prueba de fallos.

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Esta campaña electoral, la primera con un acuerdo sobre la mesa para resolver más de 50 años de guerra, no ha sido y no será, por lo visto, una lección de superación del Estado fallido y fallado. Las dimensiones de agresividad de las campañas parecen estar más orientadas a reproducir esa historia de violencia que a hacer pedagogía para consolidar un nuevo estado de las gentes y las cosas. De hecho los puntos del acuerdo no lograron ser el epicentro del debate de lo que seremos como país.

Una ciudadanía, en una acepción más amplia, buscaría sus referentes en las propuestas y en su viabilidad; en la superación de los problemas y no en la profundización de los mismos. Nuestra capacidad como ciudadanos y ciudadanas de interpelar este momento histórico también debería incluir un llamado de atención fuerte a que las campañas estuvieran centradas en promover la reflexión y no la reacción. No todas las campañas se mueven en esa lógica, pero sí es claro que las aristas de la opinión se mueven más hacia posturas de odio y negación del otro, que por las propuestas, la verdad y al menos la credibilidad de la palabra empeñada.

Cuando se cumplió un año de la firma de acuerdo, la voz oficial del establecimiento relativizó la situación: “quienes critican ven un vaso medio vacío, quienes creen en la paz ven un vaso medio lleno”, pero no somos un vaso sino un país y no estará completo si no ponemos de nuestra parte, para que el estado funcione. En muchos lugares el vaso de agua ya está agotándose a costa del vaso de la minería, en otros donde la acción del estado pudiera avanzar, colapsa por que el vaso de la corrupción está más que repleto.

Hace unos años compartimos un juego de parqués en Bogotá con dos visitantes extranjeros. Los anfitriones nos divertimos enseñándoles nuestras reglas: mandar a la cárcel al que pase, evitar que el otro llegue a su meta, “soplar” a quien no encarcelaba a otro, es decir que asumiera el mismo castigo por guardar silencio y siempre intentar pisar en seguro porque el camino es culebrero.

El juego terminó en una reflexión acerca del sentido común expuesto en “nuestras reglas” del juego y si eran parte de nuestra cultura. En general todas ellas llevaban a desviarnos de nuestros objetivos para ver que el otro no cumpliera los suyos, asumir la norma del castigo como la variable fundamental de un juego de mesa nos disponía en una simulación de conflicto en la que solo la suerte nos podría llevar a un buen final.

Una ciudadanía en una acepción más amplia no debería entusiasmarse porque el otro retroceda, más cuando tarde o temprano el riesgo de estar en la misma situación es más que evidente. Esa es tal vez la mayor paradoja, está campaña electoral con mayor participación encuentra más puertas cerradas para repetir el pasado que abiertas para reinventar el futuro

Las elecciones de este año no son un juego y el acuerdo de la mesa tampoco, pero sí está en nosotros que sean las reglas de la democracia nuestros dados, lo que significa eliminar la trampa de tajo.

La suerte aquí ya estuvo echada durante muchos años y con ella muchos y muchas llegaron a la cárcel o al cielo de la manera menos esperada. Un reclamo a que las campañas tengan criterio de paz y de futuro debería ser la lección más importante para que la acción ciudadana acabe de llenar el vaso.