SI PORQUE SI: La economía de la PAZ

Hoy pareciera que tenemos que justificar la paz: con cifras, cálculos, precios, poniendo en la balanza guerra vs. paz. Mientras la guerra funciona, nadie pregunta por los precios, pero cuando la paz funciona, de pronto hay que hacer cálculos. Todo el mundo anda preocupado por los costos del postconflicto.

En esta batalla por el SI a los acuerdos de paz entre el gobierno nacional y las FARC, que de muchas maneras, en campañas oficiales y no oficiales estamos dando, nos encontramos de pronto haciendo uso de unos argumentos un poco extraños, con tal de lograr convencer a quienes no creen o quieren creer en esta paz. De pronto nos vemos haciendo uso de los datos que nos suministran lúcidos economistas, comparando los gastos de la paz y de la guerra. Para justificar que la paz no solo vale la pena sino que resulta más barata que la guerra. Que una semana de guerra cuesta los gastos de todo el proceso de paz. 

Erasmo de Rotterdam, filósofo y teólogo neerlandés, reformador de la Iglesia, decía: “La paz más desventajosa es mejor que la guerra más justa”. Comenzó a cuestionar la doctrina de la “guerra justa” que, siempre y cuando se diera dentro de proporciones aceptables entre medios y fines y bajo la responsabilidad de una autoridad legítima, admitía que “el fin justifica los medios”.  Es decir, la paz como fin justifica la guerra.   

Hoy pareciera que tenemos que justificar la paz: con cifras, cálculos, precios, poniendo en la balanza guerra vs. paz. Mientras la guerra funciona, nadie pregunta por los precios, pero cuando la paz funciona, de pronto hay que hacer cálculos. Todo el mundo anda preocupado por los costos del postconflicto. ¿Cuándo en todos estos años nos preguntamos seriamente por los costos de la guerra? No los económicos, sino las vidas humanas, los millones de víctimas, las familias rotas, los vínculos destrozados, las comunidades destruidas.

Y si la paz costara más que la guerra, ¿qué sucedería? ¿Sería indeseable, improcedente, inconveniente? ¿No valdría la pena?

Por qué no podemos decir simple y llanamente un SI A LA PAZ. Sin condiciones. Sin cuentas. Sin cobros. Sin tener que saber de memoria las 297 páginas del acuerdo. Sin desmenuzarlos y encontrar que en la página 145 hay algo que no nos gusta, o en la página 235 algo que no es coherente con la página 21. O sin que, ahora, además, tenga que aparecer el “género” que le pone los pelos de punta a las iglesias.

¿No podemos por una vez dejar de poner condiciones, de mirar todo lo que falta, lo que no es coherente? ¿Y ver lo que hay, lo que se abre, lo que es posible? ¿Reconocer lo que significa que haya un actor menos en la guerra haciendo política sin armas en la paz?  Con todas sus imperfecciones, sus complicaciones, sus incertidumbres.

Quienes venimos de la guerra, sabemos el valor de la paz. No el costo. Eso es bastante diferente. Precio y valor.

Sabemos del valor del reencuentro con los afectos, la familia, los amigos, los vecinos. De la posibilidad de hallar nuevas formas de  luchar o trabajar por nuestras ideas. No para la gente, sino con ella. No desde afuera, sino desde adentro. Del valor de hacer de la paz una fuerza transformadora, y de la noviolencia una decisión y una acción creativa.

Se dice que es mejor malo conocido que bueno por conocer. Pues no. La guerra y la violencia nos son bien conocidas. Y la paz aún sigue siendo un enorme terreno por conocer, explorar y crear. Por eso es siempre un maravilloso reto para la imaginación y la capacidad de hacer de nosotros mismos un ser y una escuela que crea y transforma. Una persona que asume la paz, sin pasividad y sin conformismo, como acción crítica para transformar y dar sentido a la paz en la propia vida.