Rosaura, la puta del Catatumbo

Desde Cúcuta, los fines de semana, muchas mujeres suelen ir a los pueblos cocaleros del Catatumbo a prestar servicios sexuales. Son mujeres bellas, la mayoría: madres luchadoras por sus hijos, que condicionadas por la necesidad se aventuran a vender su cuerpo en la selva.

Íbamos los dos conversando en un camión desde el Catatumbo adentro hasta Cúcuta. Compartíamos opiniones sobre sus hijos y los hombres. Sus juicios sobre estos últimos no eran favorables pero vivía de ellos. Como mesera de un bar de mala muerte no le alcanzaba para mantener a sus dos niños de padres diferentes que aguardaban su regreso en la capital de Norte de Santander. Reclamaba con su hermoso rostro en gestos y palabras la necesidad de que los tipos de esta zona realmente pagaran lo justo por sus servicios.

Desde Cúcuta, los fines de semana, muchas mujeres suelen ir a los pueblos cocaleros del Catatumbo adentro para cobrar por sus servicios sexuales a hombres campesinos que después de una dura semana de trabajar la tierra a sol y agua pagan por estos placeres. Son mujeres bellas, la mayoría, me atrevería a decir, madres luchadoras por sus hijos, que condicionadas por la necesidad se aventuran a vender su cuerpo en la selva.

Estuve con un comandante de la guerrilla, me dice con cierto orgullo. Después con el dueño de la taberna, un paisa que se vino de Medellín a la zona por el negocio de la coca. Al primero lo quise, al segundo se lo hice por negocio. Repliqué pidiendo que me explicara lo dicho, mientras el Catatumbo se perdía entre bellas y verdes montañas con los sonidos del viejo camión en que íbamos y su motor maltrecho. ¡Claro!, me dijo, el guerrillero era un hombre inteligente que me coqueteaba, en cambio el paisa, además de ser el jefe, no tenía  nada de qué hablar, excepto lloriquear porque la mujer lo había dejado. Entendí que las tareas del amor para esta mujer, aunque fuese su trabajo, tenían un gran significado.

Rosaura, como me dijo que se llamaba, era una mujer inteligente. De mediana estatura, blanca y de rostro pulido, pasaría desapercibida en alguna representación teatral como santa. Sus labios rojos y carnudos, parecían de plástico, pero me dijo que eran naturales. Y aunque su cuerpo carecía de ser una despampanante escultura, tenía ese no sé qué que al mover las caderas dejaba ver el sabor y la belleza, característico de algunas mujeres que van entrando a la madurez. Tenía su gracia, sin duda. La criaron sus abuelos, sin padres y sin posibilidad de estudiar más que escasamente algunos grados del bachillerato, pero tenía un discurso coherente y bien articulado.

-¿Qué haces además de este trabajo?, creo que traté de preguntarle. Su respuesta fue clara, escribir. Me quedé pensativo, como quien no cree la cosa. -¿Escribir?, recuerdo con precisión que repliqué. -Sí, escribir, reafirmó. Terminamos hablando sobre García Márquez. Decía que le gustaba mucho la forma en que este escritor contaba historias. Le decía, ¿como qué cosas le llamaban la atención?, y ella me respondía, que desde muy joven, comenzando el bachillerato, encontró en su casa un librito de cuentos y que ese le gustaba mucho. Cuál de los cuantos sería, pensaba yo. Y con preguntas sobre personajes que sospechaba intenté encontrar su respuesta. Finalmente, constaté que se trataba de “Los funerales de la mama grande”. Estaba literalmente impresionado. Como para disimular mi asombro, pregunté de nuevo, ¿sobre qué escribes? Poesía -me respondió- pero me gustaría ser el personaje de una novela.

Viajábamos en un camión Ford modelo 79, crujiendo en los caminos polvorientos del Catatumbo. Sentados con los pies estirados rozando nuestras suelas de los zapatos, uno enfrente del otro, y sosteniendo cada quien sus pertenencias. Los demás viajeros nos miraban desapercibidos, con los ojos cansados, sin importarles de lo que hablábamos. Nosotros seguíamos pensando en silencio al ritmo de pequeños saltos todo lo que veníamos conversando. Había una atmósfera de introspección, como suele ocurrir en las discusiones serias.

Estoy releyendo a Borges, le dije. El argentino ciego, me respondió. Sí, ese. Le repliqué. ¿Lo conoces?, pregunté excitado. No, me dijo. ¿Es poeta?, me preguntó entusiasmada. Sí, pero cuando era muy joven, aunque puede decirse que por muchos años…  Y procedí a explicarle quien era este singular personaje de la literatura. Así llegamos a la terminal de Cúcuta. Antes de bajarnos del camión le dije que si podía escribir sobre ella, que tal vez la cosa podría salir como novela. Me dijo que sí, llevaba afán.