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Descripción: 
Rafael Grasa.
Autor: 
El Espectador

Resolver, reconstruir y reconciliar

El tránsito de hacer las paces a construir la paz requiere conjugar las tres R. 

Hacer las paces con las FARC está llegando a su fin y parece que entre el 20 de julio y el 20 de agosto los acuerdos se firmarán. Dije recientemente (No hay tiempo para la alegría) no hay tiempo para el júbilo, sino para preparar el post-acuerdo, para un largo período –de 10 a 15 años- centrado en la construcción de la paz, es decir, en resolver todos las incompatibilidades que dieron lugar a la violencia (tierra y participación política, sobre todo), reconstruir todo lo que dañaron las etapas violentas del conflicto (material e inmaterial) y reconciliar a los actores, individuales y colectivos, y a las generaciones futuras para que puedan convivir sin violencia directa, compartir algunos proyectos de futuro y disentir pacíficamente y manejar los disensos en todo lo que suponga discrepancias. Llamamos a eso el momento de las tres R.

En mi opinión ello supone centrarse en dos grandes objetivos, temporalmente traslapados, asegurarse que se gana la doble refrendación, la social (plebiscito, por un lado, si tiene el visto bueno de la Corte Constitucional, que, junto a cambios en la opinión pública, garantizará la legitimidad) y luego la preparación de la construcción de la paz territorial.

El primer objetivo pone en el centro un requisito para todos los actores e instituciones: esforzarse en socializar, legitimar, concretar lo acordado, paso previo para posteriormente implementar y seguir/observar los acuerdos y la agenda posterior de construcción de paz. El segundo, que debe empezarse ahora mismo, pone el foco en la construcción de la paz. Ambos deben y pueden perseguirse ya.

La práctica comparada nos muestra que para hacerlo hay que transmitir unos mensajes básicos sobre lo que está en juego y lo que significa construir la paz: 1) que es tarea que exige tiempo y estrategias coherentes; 2) que demanda cambios y esfuerzos colectivos; 3) que requiere clarificar y entender que lo que puede esperarse a corto plazo difiere de lo esperable a medio y largo plazo; 4) que para que la paz se construya en los territorios, la descentralización debe ser una práctica real y no un atributo presente únicamente en la Constitución; y 5) preparar para superar, en cada territorio y ciudad, la escasa tradición de acuerdos o consensos amplios, inter-partidarios, inter-sociales, que vayan más allá de una legislatura y del sistema de gobierno indirecto y el pacto entre élites capitalinas y élites departamentales.

En  suma, negociar, acordar consensos a medio y largo plazo, manejar los disensos como parte del proceso deliberativo, será clave para afrontar las tres grandes fases de la transición o construcción de la paz en los próximos diez o quince años: 1) una fase de estabilización y diseño de los cambios futuros  (vinculado a los acuerdos de paz, de uno o dos años de duración), que exige estrategias de respuesta rápida y, de ser posible, éxitos claros y tempranos; b) una fase de transición e implementación de las reformas, derivadas de los acuerdos y del proceso que seguirá; y c) una fase de consolidación y evaluación.

Una manera de abordar los retos de esas tres fases de la transición que inicia Colombia, en clave de paz territorial, con una agenda compartida aunque diferenciada para cada territorio, se concretaría así:

1. Buscar, en cada institución y territorio, cambio real, es decir, ponerse objetivos o metas concretos y calendarizado, comprensibles e intentar que todos los actores lo busquen. Vamos, responder colectivamente a la pregunta qué podemos, qué vamos a hacer para la paz en nuestra vereda, comunidad, ciudad, región…

2. Acabar en el corto plazo (antes de empezar la implementación global de lo acordado) con el desconocimiento de lo negociado y elaborar la todavía escasa construcción de agendas territoriales. Al hacerlo hay que insistir en lo que muestra la práctica comparada de los últimos treinta años: no hay acuerdo duradero ni construcción de paz sin toma y daca, sin concesiones mutuas. No hay acuerdo transformador si las partes no tienen la sensación de haber ganado en común y a la vez haber perdido en cuánto a la agenda propia previa. Y, a la vez, no hay base para el éxito sin implicación, y nuevamente de conocimiento, de muchos actores que serán claves en la fase de construcción de paz, más allá de las élites, consideradas en sentido amplio. Conocimiento y empoderamiento de toda la sociedad son prerrequisito para el éxito.

3. Mejorar la preparación de los actores que deberán poner en marcha los acuerdos e implementarlos: legisladores y partidos políticos de los que proceden; actores territoriales (públicos, privados empresariales y sociedad civil); actores del Ejecutivo (fuera de los más directamente vinculados a las negociaciones); actores locales de la sociedad civil y el mundo empresariasl, comunicadores y periodistas, etcétera.

Adicionalmente, como he comentado, hay que poner en marcha la consecución de objetivos de construcción de paz focalizados en las ya mencionadas tres R (resolver, reconstruir, reconciliar).  Se trata de objetivos que deben perseguirse simultáneamente, para que se refuercen mutuamente, aunque su temporalidad y dificultad es y será diferente. Cada una de las Rs tiene complejidad y temporalidad diferente. La temporalidad más corta, corresponde a los objetivos vinculados con la reconstrucción; la mayor, a los relacionados con la reconciliación, que en clave comparada, casi nunca se resuelve en una sola generación. Por otro, la reconstrucción en el caso colombiano tendrá especial complejidad, dada la persistencia del conflicto armado y la cantidad de dimensiones, tangibles y no tangibles, dañadas, y su diferente impacto territorial, lo que obliga a que los objetivos deban combinar énfasis nacional, regional y local.

Por su parte, la resolución supone buscar soluciones duraderas y sin recurso a la violencia a los conflictos, inevitables y persistentes, sobre la tierra/territorio y sobre el sistema político y social inclusivo. Y eso en algunos territorios donde el conflicto armado se ha dejado sentir fuertemente supone agendas diferenciadas, desde el diagnóstico a la evaluación de resultado, y temporalidades también diferenciadas, que exigen consensos o pactos de no menos de diez años de vigencia.

Por último, la reconciliación conlleva elaborar por consenso y aplicar  políticas específicas, desde cambios institucionales a medidas de verdad, justicia y verdad. Pero debe considerar también proyectos orientados a educar para la paz y a fomentar una cultura de paz. Sin olvidar que el objetivo último de la reconciliación, la garantía de no repetición, no depende sólo de las actuaciones de reconciliación, sino de resultados indirectos, producto de los éxitos acumulados de la reconstrucción y de la reconstrucción.

En suma, pasar de la mesa de negociaciones a la construcción de la paz, etapa a punto de llegar, exige centrarse en políticas y agendas de cambio, de transición, porque, como dijo Einstein, hacer lo mismo que siempre y esperar resultados diferentes equivale a necedad o locura.

*Profesor titular de Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Barcelona, coordinador del Programa de “Construcción de paz estratégica” del Instituto Catalán Internacional para la Paz (ICIP), que presidió desde su creación (2007) hasta mayo de 2016. /@GRASARafael