Reflexiones de camerino

El 96% en Bojayá, 85% en Toribio, 62% en San Vicente del Caguán y 71% en Tumaco son algunas de las cifras por el “Sí” que más deberían motivar la salida del conflicto a través de un acuerdo negociado (o, en este caso, re-negociado)

Lo acontecido en la semana posterior al Plebiscito me dejó sin palabras. Y no precisamente por la desazón de la victoria del “No”, tampoco por el Premio Nobel, ni mucho menos por el insólito encuentro Uribe-Santos. Sencillamente porque, ante una ráfaga incesante de análisis, posturas y opiniones, no descifré qué pensar al respecto.

Luego vino el fútbol, extrañamente, en un momento tan difícil que a los más aficionados nos tuvo sin cuidado. A pesar de eso, decidí ver a la tricolor para distraer la cabeza (por más desubicada que estuviera ya). Inevitablemente, mientras veía el cotejo, sentí que mucho se había dicho ya del Proceso de Paz; que no era momento de realizar más predicciones ni críticas, sino introspecciones, como esas que hacen los equipos de fútbol en el camerino durante el medio tiempo. Ahí entendí: si queremos avanzar, primero debemos saber en qué quedamos. Durante estos intensos días de fútbol y negociaciones, hagamos una charla de camerino para saber cómo afrontar el segundo tiempo de un partido por la paz de Colombia.

Los “casis” no valen. Estuvimos cerca, muy cerca, de iniciar la implementación de una serie de normas, programas y proyectos que ahora son un témpano de hielo. La concentración de los guerrilleros en las zonas veredales, el plan de desarme y dejación de armas, la verificación tripartita, los recursos provenientes del exterior, la Jurisdicción Especial para la Paz, la Comisión de la Verdad, y los instrumentos legales del Congreso – por solo mencionar algunos ejemplos – de nada sirven interrumpidos, o más bien, casi implementados. La eventual reforma del Acuerdo de Paz no solo debe ser apremiante sino estricta con el mantenimiento de este tipo de estrategias integrales que aseguran un post-conflicto cargado de instrumentos idóneos para la construcción de paz.

Hay que hacerlo por la hinchada de más aguante. 96% en Bojayá, 85% en Toribio, 62% en San Vicente del Caguán y 71% en Tumaco son algunas de las cifras por el “Sí” que más deberían motivar la salida del conflicto a través de un acuerdo negociado (o, en este caso, re-negociado). Con dolor se ha pregonado que existen “dos Colombias”. A pesar del resultado electoral y su sorprendente relación con el mapa del conflicto, la realidad es que somos más los colombianos que no queremos seguir en lo mismo, así que para avanzar el mensaje es simple: si quienes vivieron la guerra en carne propia están dispuestos a perdonar, el resto de los colombianos tenemos la obligación de honrar su valentía por tan ejemplar decisión.

El otro equipo juega rudo, pero juega. Es falso afirmar que el Centro Democrático no fue influyente en la decisión de gran parte de los votantes por el “No.” De acuerdo con datos de la Fundación Ideas para la Paz, las regiones donde ganó esta opción son las mismas en las que Óscar Iván Zuluaga, su excandidato presidencial, ganó en segunda vuelta en 2014. Más allá del bochornoso escándalo de la estrategia publicitaria empleada por su campaña de oposición, es necesario aceptar que el partido se ha posicionado como un actor político influyente que debe participar en el re-diseño del Acuerdo. Nuestra misión ciudadana, desde ahora, consiste en la constante observancia de que el segundo tiempo se juegue con reglas transparentes. La paz no se politiza; ese gol no nos lo hacen.

No nos dejemos intimidar por las barras bravas. “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” es un pasaje bíblico extraído de Mateo (5:9), pero que parece no haber sido aplicado por muchos - engañados - feligreses. La libertad de culto ilustrada en nuestra Constitución Política no es justificación suficiente para evangelizar un Acuerdo de Paz que en nada hacía mención de fondo a la comunidad diversa de nuestro país. ¿Debería el Gobierno sentar a la Iglesia en la mesa, como ya se ha propuesto? Definitivamente no; la paz no sigue un dogma. Colombia es un Estado laico y secularista, luego el único papel de las iglesias – de todas, sin excepción – deberá consistir en evitar evangelizar terrenos desconocidos.

Buen arbitraje. A pesar de los inconvenientes causados por el Huracán Mathew en la Costa Caribe de nuestro país, la jornada electoral del 2 de octubre se desarrolló con total normalidad. De un tiempo para acá nos hemos acostumbrado a una Registraduría competente, ágil y, sobretodo, confiable. Sin embargo, en materia electoral presentamos un nocivo problema: el alarmante abstencionismo. Incluso en la decisión más trascendental de los últimos cincuenta años ratificamos el merecido primer lugar en Latinoamérica en materia de abstención. De poco sirve que una elección sea (mal) llamada democrática si tan solo la mitad del 38% del censo electoral es la que decide por todo un país. Aún si el “Sí” hubiera salido vencedor en las urnas, la decisión poco habría tenido de legítima. La paz de toda una nación no es un asunto de minorías, de modo que es momento de repensar las reglas del partido: ¿nos atrevemos a considerar el voto obligatorio?

Las divisiones inferiores cuentan. La movilización social estudiantil se ha encargado de devolverle la esperanza a un país inmerso en la incertidumbre. Atrevida, llena de ímpetu, libre; esa es la generación - ¡mi generación! - que pondrá los próximos ladrillos en la construcción de paz. Educación y juventud, que años atrás parecían en divorcio, le han abierto los brazos a esa cálida paz que los cobijará en tiempos venideros. Por lo alto se ha asumido la responsabilidad de ser, precisamente, la denominada “generación de la paz.”

Ya es hora de entrar a disputar el segundo tiempo de este apretado partido por la paz. Más que un riesgo, los resultados del Plebiscito deben ser vistos como una oportunidad latente. Implementar lo ya negociado en La Habana honrando a las víctimas que gritaron “¡Sí!”, pero con la presencia del equipo contrario que, a pesar de su juego rudo, representa un grueso poblacional que necesita un incluyente y legítimo Acuerdo. Eso sí, sin caer en juegos de desinformación, engaños ni mucho menos de evangelización. Todo lo anterior, vigilado e impulsado por la fuerza de la juventud, de esa generación soñadora que lo quiere dejar todo por la paz. De cumplirse esa serie de condiciones, el partido será atípico, sin perdedores. Al final, de eso se trata este juego: de lograr una victoria colectiva.