Rechiflas contra Timochenko

El abucheo violento a Rodrigo Londoño en su primera campaña electoral resulta promovido por líderes del Centro Democrático y sus organizaciones aliadas con el objetivo de enviar un mensaje claro: que comience la temporada de caza contra los enemigos públicos.

El abucheo violento a Rodrigo Londoño en su primera campaña electoral resulta promovido por líderes del Centro Democrático y sus organizaciones aliadas con el objetivo de enviar un mensaje claro: que comience la temporada de caza contra los enemigos públicos. La embriaguez que quieren inaugurar una vez más podría durar lo que dure el período electoral e ir bajando con la combinación entre desautorización política y funcionamiento de la Comisión de la Verdad y la JEP. Pero también podría terminar como las películas de Semana Santa, con un cordero de Dios sacrificado que limpie los pecados del mundo.

Porque las rechiflas de Armenia, Pereira y Cali, como las llama Herbin Hoyos, son muy diferentes de los escraches. Me refiero a las convocatorias públicas de las Madres, las Abuelas y los Hijos en Argentina frente a las casas de los responsables de violaciones a derechos humanos durante la dictadura militar para rechazar la impunidad. Con música, con fotos, con megáfonos, en Colombia o en España donde también se han hecho frente a excombatientes insurgentes, despojadores de tierras o dueños de bancos, los escraches siempre han significado un reclamo claro de justicia y jamás han sido un espectáculo de odio, porque ello resultaría incompatible con la dignidad de quienes los promueven y el objetivo que persiguen.

Las rechiflas, como lo relata el señor Herbin, carecen de ese horizonte de justicia. No están allí para eso, ni pueden entonces considerar la suma de injusticias que pretenden ser resueltas con el Acuerdo de Paz en su conjunto. ¿Para qué, entonces? El problema de las borracheras es que no tienen una explicación coherente. Pueden comenzar más o menos espontáneas, pero no es eso lo que determina su carácter. Reúnen rabia, miedo y esa cosa que se apodera de las gavillas. Una rabia profunda que puede ser frente a Timoleón o las FARC, pero que no es necesariamente contra él o eso porque también se puede producir como el llanto actuado que se termina sintiendo de verdad, por extracción de recuerdos asociados a cualquier violencia en el alma. Un miedo que tiene la carga real e imaginaria de 50 años de guerra, pero que también es contra nosotros mismos y que si no estuviera ahí nos devolvería al mundo del pánico que es el anonimato. La oportunidad de linchar, menos pesada que la de matar, es algo que también se puede hacer por experimentar si el contexto lo permite. Ya vendrán las justificaciones.

Es cierto que algo no está funcionando, así que mejor no intentemos ocultarlo. La reconciliación, siempre lo dijimos, será producto de la implementación del Acuerdo de Paz y no la voz decretada por su firma. No estamos reconciliados, ni de lejos, y más difícil será estarlo en la medida en que seamos menos capaces de cumplir con la ruta trazada. Pero el aplazamiento o el condicionamiento de la participación política de FARC, en virtud del objetivo de la reconciliación es, al final, una propuesta inaceptable de silenciamiento. Rodrigo Londoño está ganando para él y su gente un espacio de participación que no es un favor ni el producto de las amenazantes armas que ya no poseen, sino lo que merece su historia y la democracia precaria que hemos tenido. La desautorización política frente a los abucheos violentos, que debería ser la actitud de todos los partidos, los medios y las instituciones, incluyendo las Iglesias, resulta imperativa en este momento. Del mismo modo, que empiecen la Comisión de la Verdad y la JEP, permitiría que se canalizaran dolores reales que necesitan expresarse, con los juicios que correspondan para quienes los tienen que recibir.

Lo que a mí y a muchas personas nos preocupa es que la embriaguez de violencia, atizada cada día más por el afán de protagonismo de Herbin Hoyos o las acciones del ahora candidato Jaime Restrepo, alias Samuel, entre otros, necesiten concretarse en sangre para que se les aparezca el sentido de la justicia que demuestran no conocer.

“Supongo que uno de los motivos por los que la gente se aferra tan obstinadamente a sus odios es porque, cuando el odio se disipe, presienten que se verán obligados a lidiar con el dolor”. Eso lo dijo James Baldwin, uno de los más brillantes pensadores afroamericanos. Yo no tengo nada más que agregar.

José Antequera Guzmán