Que la paz no nos alcance: Vera Grabe

Sería bueno hacer siquiera un cuadro comparativo entre lo que cuesta la guerra, cada acto de guerra, no sólo humana y socialmente sino financieramente. Y todo lo que nos ahorra la paz, o mejor, nos permite invertir en la vida y mejores condiciones sociales.

Si hiciéramos un inventario de estudios, mapas, encuentros, consultorías sobre la paz y el postacuerdo, estoy segura que priman las predicciones y diagnósticos de riesgos y costos, de la paz sobre las posibilidades y potencialidades que se desprenden de los acuerdos de La Habana. De lo costosa que va a ser esta paz. De los actores y violencias que se van a activar.

Sería bueno hacer siquiera un cuadro comparativo entre lo que cuesta la guerra, cada acto de guerra, no sólo humana y socialmente sino financieramente. Y todo lo que nos ahorra la paz, o mejor, nos permite invertir en la vida y mejores condiciones sociales.

Obviamente es necesario prever y prevenir, pero ¿por qué no nos detenemos un momento a verle las posibilidades y potencialidades a esta paz?  Entre las preguntas frecuentes en estos tiempos está siempre si estamos preparados para la paz. Hay un país lleno de experiencias de paz que aún no han sido recogidas e integradas suficientemente a este nuevo momento.

Como toda paz, esta será imperfecta y seguro llena de dificultades. Emergerán nuevos conflictos, ojalá mejores. Habrá nuevos escenarios para dejar de pensar que la paz nos llegará, y preguntarnos qué podemos hacer. Para, desde, en paz. En nuestro entorno, en nuestra vida cotidiana. Para nuestro país y nuestra sociedad.

Colombia tiene de nuevo la posibilidad de repensarse y superar el mito de ser el país más violento con la historia más violenta del mundo. Eso ni es deseable ni es cierto. No quiere decir que no tengamos que desarmar las violencias y aprender a transformar nuestros conflictos de otro modo.

La paz  implica salir de ese lugar tan incómodo pero a la vez tan cómodo de refugiarnos en nuestros mitos de que estamos condenados a la violencia, que la violencia está en los genes. Claro, porque si la violencia es genética, histórica y única, tenemos la disculpa de no cambiar y mantener el statu quo de la violencia. Que no nos gusta, nos duele, pero a la larga aprendimos a convivir con y en ella.  La paz es incertidumbre, es un mundo por explorar, por conocer. Desaparecen los pretextos, el echarle la culpa a terceros, a los otros que no nos dejan hacer ni ser.

¿Hemos hecho el ejercicio de ponernos a pensar en nuestras posibilidades en un país que amanecerá con nuevos problemas? ¿Imaginarnos que en primera plana no habrá emboscadas o combates, sino el problema de la minería, el medio ambiente, la educación y la salud?  Donde ya no le podemos echar la culpa al “conflicto armado” de los problemas que tiene el país. Donde tenemos que ocupar otros lugares. Donde quienes salen de la guerra le pondrán la cara al país, y actuarán en esa nueva selva que es la política colombiana. Para explicar lo que son y quieren,  ya no por interpuesta persona, es decir, la guerra, sino en vivo y en directo.

No basta ponerle a todo el apellido “para la paz y el postconflicto” para que, por arte de magia, lo sea. Pero es un gran avance que la paz aparezca como sustantivo. Que estemos pensando en sus alcances y que hablemos de paces.

Habremos dado un gran paso cuando dejemos de pensar que la paz nos llegará y que la alcanzaremos, para pensar en serio en que podemos hacer. No por ella sino por nosotros mismos.

Que la paz no nos alcance, sino que nos alcance el ánimo y la fuerza para toda la paz que tenemos por hacer.

*Observatorio para la Paz –Paciculturas. @obserpaz