Que cada quien asuma sus actos

En Colombia coexisten desde quienes dicen profesar el más elevado culto a la humanidad hasta lo más perverso del bajo mundo.

Entusiastas promotores de marchas ciudadanas que reclaman la reconciliación de los colombianos o el logro de un nuevo acuerdo ya!, han señalado que los votantes del NO lo hicieron en su mayoría engañados y manipulados por quienes se volvieron expertos en la tergiversación de los diálogos de paz. Sin embargo, cabe dudar de una tal ingenuidad como esa que supone que millones de personas sean mansos corderos que se dejan enredar por un timador cualquiera.

Múltiples hechos políticos y económicos de nuestra realidad sirven para poner en entredicho aquella afirmación. Colombia, el país más feliz del mundo, el cual cuenta con una verdadera magia salvaje en materia paisajística, biodiversa, multiétnica y pluricultural, con grandes talentos en ciencia, artes, cultura y deporte, también está integrada por descuartizadores, parapolíticos, asesinos en serie, violadores de niños, agresores de mujeres y rascistas hasta el extremo.

Algo debía” es la frase que más se escucha en barrios y comunas cuando matan a algún joven. “Eso le pasa por marica” aseguran muchos cuando matan a un miembro de la comunidad LGBTI. “Cuando vaya a hacer algo -así sea malo-, hágalo bien mijo”, le decía una madre a su hijo contrabandista. “Lo importante es que no se deje pillar”, le enseñan algunos padres a sus hijos. “Hay que hacer plata como sea”, es otra máxima muy común. Y “viva y deje vivir, no sea sapo”, le enrostra el que está violando una norma de tránsito a quien osa reclamarle. Hay un país que desprecia la vida de sus congéneres y metió en lo profundo de su ser un estado de cosas en donde lo normal es “darles plomo”, “perdonar nada” y “acabarlos como sea”.

Los paramilitares de la ultraderecha responsables de más de la mitad de todos los crímenes atroces de este conflicto, encabezados por los hermanos Castaño en los años 90’s aseguraron contar con una base social que les pedía su sangrienta intervención en distintas partes del país para recuperar la democracia y también afirmaron haber creado organizaciones, empresas y proyectos productivos. Los mismos que se opusieron a cualquier lucha social por la tierra y los derechos humanos, obtuvieron en 2002 el 35% del Congreso y ganaron gobernaciones y alcaldías. No es novedad advertir que elites asociadas al crimen controlaron regiones enteras. O que las guerrillas y el actual gobierno tienen una gran responsabilidad en lo que sucede.

Debe verse, así mismo, que quienes se tomaron el erario público para ellos, los que han gobernado para acrecentar sus fincas y emprendimientos, los que han narcotraficado para su enriquecimiento personal, los que han mandado matar a sus contradictores y disidentes siempre han contado con una audiencia. Ya no me cabe duda de que a cada atentado a dirigentes sociales y populares le ha seguido un coro de aplausos o de silencio cómplice de quienes se acostumbraron a que su destino lo decidan los patrones. Para millones de colombianos el derecho a deliberar se ejerce en privado mientras se guarda silencio en público, mirando para otra parte cuando se le convoca. “Mejor no meterse en problemas” para así comprar una vida en la que reina la rutina de dejar hacer porque “eso (de la paz) no es mi problema”.

No pretendo decir que todos los que votaron NO sean partidarios de un proyecto de ultraderecha, ni mucho menos sostener que los que votaron SI sean un dechado de virtudes. Pero aquí abunda el maltrato, la indiferencia, la evasión de responsabilidades, el desapego por los bienes colectivos, la dejadez por lo público y la omisión del deber de participar. Basta ver noticieros para ratificar que la indolencia ciudadana es el pan diario y que al contrario lo extraño es encontrar titanes que se la jueguen por la solidaridad, el respeto y la construcción de un mejor país.

Por ejemplo, siendo Villavicencio una de las ciudades receptoras de víctimas de la guerra duele aceptar que allí los más se hayan desentendido de la convocatoria reciente y que la mayoría de quienes sí acudieron se hayan pronunciado en contrario por una amplia ventaja. Pero ya no creo en la versión que aduce que ellos fueron engañados. No creo en su ingenuidad. Es cierto que sí hubo una campaña en la que abundó el dinero para propagar en medios retorcidos mensajes, para llevar en buses a electores de barriadas y veredas, y para contar con pregoneros de insultos prefabricados apostados en las entradas de los puestos de votación. Pero ese no es el único problema.

Es de aceptar que el oído es dulce a escuchar lo que le conviene al oyente. Por supuesto es molesto hasta leer lo que no es de interés. En política a los áulicos les encanta que su jefe diga cualquier cosa para ovacionarle. Los mensajes que puso al descubierto el Gerente de la campaña del NO, tienen que dejar de verse por quienes apoyan el SI como parte de una mera manipulación. Es propicio que se reconozca que estamos en un país en el que una buena parte de la población se acostumbró hasta el agrado a que le mientan, que lo conviden al pesimismo, a la obstrucción, a la juerga, al caos, a la envidia, y también, triste, a la orgía y al desenfreno de la violencia.