¿Propaganda o realidades?

No hay duda de que con paz o sin ella, nuestro país requiere acelerar su crecimiento económico para acercarnos a los estándares de vida de los países desarrollados y generar mayor bienestar para todos, sin perder el tren de la historia. 

En los últimos días la propaganda oficial ha redoblado su intenso bombardeo mediático tratando de mostrarnos una paz cercana y las aparentes bondades de la misma. No hay duda de que aunque la campaña ha estado muy bien orquestada y financiada, la opinión pública no parece, en su mayoría, creer en lo que se les dice.

Sería muy bueno que alguna investigación académica estudiara el escepticismo de la mayoría de los colombianos ante las afirmaciones de esa propaganda tan intensa. Aunque no sería descabellado señalar unas posibles causas de ese desencuentro en el enorme desprestigio de las FARC y la bajísima popularidad del Presidente.  

La mayoría de los encuestados recientemente, por ejemplo, entienden que las voces que desde la otra orilla política advierten defectos en lo acordado con los insurgentes, no son las de los enemigos de la paz, como tozudamente se les etiqueta desde las oficinas del gobierno, sino de  quienes pretenden corregir irremediables errores en la negociación.

Una de las cosas que con mayor insistencia se dice en la propaganda oficial es que con la consecución de la paz los beneficios económicos serán enormes e  inmediatos, ya que, según ellos, la producción total de bienes y servicios crecería a perpetuidad no menos del uno por ciento anual adicional, debido a la mayor tranquilidad de los actores económicos quienes en ese nuevo clima invertirían mucho más de lo que hacen ahora, y que, de contera y por ello, tendríamos más empleo formal y se recaudarían más impuestos con los cuales podrían solucionarse una gran cantidad de necesidades básicas y de infraestructura hoy desatendidas.

Sin embargo, como nos los recordó hace poco Roberto Junguito, en Portafolio, hay otros expertos, como Francisco Rodriguez, analista económico de Bank of América y Merrill Lynch, que afirman que los beneficios de la paz ya se han venido dando en nuestra economía desde la aplicación de las políticas de la seguridad democrática del Presidente Uribe, al arrinconar a las FARC y desmovilizar a los paramilitares, disminuyendo sustancialmente sus amenazas, y que, por lo tanto, los beneficios hipotéticos de los acuerdos de La Habana solo serían de un 0,3% anual adicional. Cifra nada despreciable, pero no tan espectacular como la defendida por el gobierno.

Cualquiera que sea la verdad, no hay duda de que con paz o sin ella, nuestro país requiere acelerar su crecimiento económico para acercarnos a los estándares de vida de los países desarrollados y generar mayor bienestar para todos, sin perder el tren de la historia. Es evidente que a mediano y largo plazo esto solo sería posible con una mejor calidad en la oferta educativa, sobre todo en la del sector oficial. Además claro, de una lucha frontal contra la corrupción, mejora en la justicia e impulso a la conectividad con vías de calidad.

Pero en el presente, es imperioso darle un gran impulso al desarrollo agrícola del país, ya que no hay duda que en ese sector contamos con una enorme ventaja competitiva por la enorme cantidad de tierras improductivas que tenemos.

No hay duda que podríamos llegar a ser muy rápidamente, una gran  potencia agrícola que generando empleos de calidad, produzca a buenos precios los alimentos que requerimos, además de importantes excedentes para exportar.

Para eso sería necesario que todos a una, gobierno, empresarios y sector académico, formen el recurso humano necesario para aprovechar ese potencial. Como lo viene haciendo desde ahora La Universidad de La Salle, en Yopal Casanare, enfocándose en estudiantes de escasos recursos provenientes de toda nuestra geografía nacional. Mejor las realidades que la propaganda.

*Profesor Universitario y Consultor económico.