Participación de las mujeres en proceso con el ELN, nuevas voces en la Casa Grande

El 26 de agosto de 2012 el expresidente Juan Manuel Santos dio el aviso histórico del inicio formal de las conversaciones con las Farc. La foto inaugural brilló por la ausencia de las mujeres. Fue la sociedad civil quien aseguró que las mujeres fuesen incluidas en todos los ámbitos del proceso.

Hace poco, un amigo me recordó la necesidad de leer y releer la mágica obra de Álvaro Cepeda Samudio. La Casa Grande relata los hechos de la masacre de las bananeras de 1928 en Ciénaga, Magdalena. Así como esta y todas las masacres ocurridas en nuestro país, no deben generar sino el anhelo de su no repetición. El mensaje de esta obra literaria sigue vivo 56 años después de su publicación. Colombia es como esa casa descrita por Cepeda Samudio que “ha estado sostenida por una voluntad de sobrevivir y no de perdurar” ¿Qué tal si empezamos a vivir y no sobrevivir? Con altos y bajos, los procesos de paz son el reflejo del cansancio de la exclusión y marginalidad.

Ahora bien, se debe reconocer que el mayor obstáculo en el establecimiento de condiciones para sentarse a dialogar es la desconfianza entre las partes. Sin embargo, el juego de reproches nos dejará estáticos en esa zona fangosa en la que nos encontramos. Tanto el ELN como el Estado deben asumir responsabilidades y ser coherentes con la voluntad de dialogar. Si logramos salir de esa zona, generando requerimientos que sean más aterrizados a las particularidades y dinámica del conflicto con el ELN, me encantaría preguntarle al gobierno acerca de la participación de las mujeres en todo esto.

Esta semana tuve la fortuna de hablar con Leonor Esguerra y a sus 88 años continúa siendo una mujer que rompe estereotipos. Como muchos otros miembros de la Iglesia Católica, líderes del movimiento reformista latinoamericano de la Teología de la Liberación, Leonor se unió al ELN a finales de los 70, abanderando el tema de equidad de género en el seno de un grupo considerado absolutamente machista y patriarcal. Luego de su retiro en 1994, continúa alentando estas ideas para la transformación de nuestra Casa Grande. En sus palabras: “Lo importante en esta nueva ronda de negociaciones, aunque parezca cruda, es que las mujeres tanto combatientes como del común compartan sus realidades y necesidades, y que con estos procesos como el de reintegración sean menos arduos de lo que fueron en los 90 y de lo que es ahora”.

La mujer afro, indígena, campesina, elena, Lgbti debe participar y seguir poniendo sobre la mesa su voz y voto. Ahora bien, su participación no se puede reducir al nombramiento de delegadas para exponer una estadística paritaria y/o una participación para el compartir una experiencia reducida a la de la violencia sexual en el marco del conflicto.

La mujer ha tenido un rol en la guerra haciendo parte de las hostilidades, como defensora de derechos humanos, como doliente de sus violaciones. Por tanto, el rol activo femenino en las negociaciones también debe reconocer su capacidad de liderar, de mediar entre actores de diversa naturaleza, y de completar la imagen de la paz.  El proceso con las Farc fue un buen inicio, pero allí no cesa esta transformación. Hace un año conocí a Teresita Quintos Deles, jefa de la delegación del Estado Filipino para la negociación de paz con el grupo islámico MILF.

¿Qué pasaría si el gobierno le otorga a una mujer el rol de jefa negociadora de este proceso? (apostándole a una luz verde en su reanudación). Todo esto, al estilo Cepeda Samudio, es una larga madrugada en la que Colombia comienza a abrir sus ojos a cambios y nuevas voces que se han cansado de estar borradas por la oscuridad. Es por ello por lo que estas olas transformadoras son tan desconcertantes para muchos. Por su parte, las mujeres, como agentes de cambio, deben continuar con la reivindicación de su participación, tal y como lo están haciendo desde el otro lado del océano en Mali, Myanmar y Siria. Así se avance con lentitud, se hace no en silencio y afirmando cada paso para no resbalar.