De odios y paz

La violencia ha sido consustancial a la formación del Estado-nación, y precisamente uno de los retos que enfrentamos ahora es desterrar la violencia estructural no solo de la política sino también de la vida cotidiana.

Colombia ha sido un país gestado por guerras y violencias. Es una realidad que pocos quieren ver y comprender, y mucho menos indagar por lo que eso significa en un momento en el que se habla de paz. La violencia ha sido consustancial a la formación del Estado-nación, y precisamente uno de los retos que enfrentamos ahora es desterrar la violencia estructural no solo de la política sino también de la vida cotidiana. Al tiempo que la violencia nos ha hecho, distintas emociones han acompañado ese trasegar. En los últimos meses se habla en Colombia con más reiteración y fuerza de las emociones, y en especial del odio.

Lo nombran desde el presidente Santos hasta Rodrigo Londoño. Sin embargo, la aproximación a esta emoción parece seguir siendo superficial. Colombia requiere una discusión colectiva y pública del rol de las emociones en la vida cotidiana, en la violencia y en la construcción de paz. Primero, deberíamos de manera honesta reconocer que emociones son las que nos despiertan circunstancias concretas y personajes públicos, incluidas colectividades; comprender de dónde vienen esos sentimientos; y en caso de que sean emociones que agotan al propio individuo y perturban la construcción de un pacto nacional de no agresión y de construcción de paz como lo es el odio, decantarlas, procesarlas, aminorarlas y transformarlas en potencia para arraigar el diálogo y el respeto por las diferencias.

Segundo, es necesario escuchar lo que quienes han sido directamente afectados por la guerra han sentido, y lo que han hecho con sus emociones. Eso nos permitiría comprender que no todas las víctimas sienten lo mismo, y que hacen cosas distintas con sus emociones. Sentir odio en un país como el nuestro no es una cosa extraña, incluso es hasta predecible, la cuestión es que hace cada persona con ese sentimiento. Algunas víctimas pese a experimentar esa emoción han adelantado procesos de sanación que han permitido que los estragos del odio en su vida y en su cuerpo sean aminorados. Otros tantos han dado prioridad a emociones como el amor por sus seres queridos y han emprendido una lucha por la memoria, la justicia, el Nunca Más y la transformación social, que ha puesto en el centro el respeto por la dignidad humana.

Hay otras víctimas que con sus odios han alimentado la venganza y el espiral de violencia, afianzando posiciones guerreristas. Otros, por distintas razones, no han tenido como procesar esas emociones y requieren de manera urgente que el país les escuche y sanar. Tercero, se requiere mirar la historia e identificar las emociones que han contribuido a delinear los sujetos y las colectividades del presente. El odio ha sido inyectado a las y los ciudadanos por la política en Colombia, y ha llevado a la venganza armada o a la negación de la diferencia política. En parte a esa segunda venganza se debe un porcentaje de los votos del No, y la renuencia constante a permitir que un actor que se acogió a la paz, firmo acuerdos y hoy da la cara, sea comprendido como un interlocutor de la política sin armas.

En los diálogos de la cotidianeidad sorprende escuchar a tantas personas cargadas de odio sin reconocer que les mueve esta emoción y sin ni siquiera haber vivido la guerra en carne propio, actitud a la que lastimosamente los medios de comunicación y ciertas personalidades han contribuido inmensamente.

Cuarto, necesitamos acercarnos a las emociones menos desde una mirada dicotómica, esencialista y maniquea, y más desde una perspectiva que indague por sus dimensiones culturales e históricas, que comprenda que dejar de odiar a algo o a alguien no significa necesariamente pasar a amarlo (como muchos discursos de la paz light enarbolan), y que quien odia no siempre quiere vengarse.

Quinto, como parte de un cambio cultural y subjetivo, las y los colombianos debemos comenzar a cuestionar y a transformar la manera emocional en que se nos ha enseñado a relacionarnos con la diferencia, el contradictor, el opositor y el que piensa distinto. Urge una ética del relacionarnos que alimente la vida y detenga la muerte en un territorio en el que desde hace siglos anida, entre otras emociones, el odio.

@DianaMGomezC