Nos vemos en 10.000 muertos

No podemos perder la posibilidad de la mesa de negociación de vista, ese es nuestro horizonte: solo una salida negociada terminará la matazón de jóvenes en la fuerza pública y la guerrilla, líderes sociales, y colombianos en general, cansados de esta guerra. 

Por: Camilo Villarreal Gaviria

Antes de salir del salón donde se llevaron a cabo por varios meses los diálogos en Tlaxcala, México, uno de los delegados de las Farc se despidió de la delegación del Gobierno diciendo: “Nos vemos en 10 mil muertos”. Lamentablemente fue falso, fueron más de 10 mil muertos en los 20 años siguientes, hasta que el Gobierno Santos logró sentarlos de nuevo en la mesa para lograr un acuerdo de Paz. En esos años las guerrillas solidificaron los secuestros masivos y de importantes políticos, los grupos paramilitares se establecieron y legitimaron mientras hacían masacres en cientos de poblaciones, y el narcotráfico se volvió el financiador por excelencia de la muerte. Un breve análisis histórico lleva a notar que los rompimientos casi siempre llevan a fuertes escalamientos de la guerra. Los hechos de hace dos semanas quizás nos hayan apartado 10 mil muertos de la próxima oportunidad de lograr la paz con el Eln.

Se veía venir: el nuevo gobierno desde el día primero se negó a continuar los diálogos, suspendiendo la mesa de forma indefinida e incumplimiento el plazo prometido para definir la situación. Esto se suma al torpe trabajo del gobierno anterior, que dejó estos diálogos como último punto en la agenda nacional. Sin contar con los dos cambios de jefe negociador y el cambio de sede causado por un asesinato múltiple cometido por un diferente al Eln. El compromiso para la negociación que fue crucial para firmar la paz con las Farc nunca se vió con el grupo que, para el gobierno, era menor. Mientras tanto el Eln no diferencia la actitud de un gobierno con el otro, pues ve al Estado como un ente monolítico y homogéneo, que ni siquiera le ha cumplido a las Farc. El Eln se ha sentido ignorado y con miedo a ser traicionado en caso de dejar las armas.

Pero si en la casa de Nariño llueve, en la del Cura Torres no escampa. El Eln no ha sido capaz de leer el país que, para mal o para bien, no está dispuesto a continuar aceptando violencia. Todos los sectores políticos condenaron el acto terrorista del 17 de enero, sin ahorrarse palabras de asco y repudio. Esto se suma a tres nuevos secuestros de la tripulación de un helicóptero de valores, cuando la sociedad está hastiada del secuestro hace una década. Las explicaciones de la guerrilla no bajan de guerreristas, como lo evidencia el comunicado de adjudicación del atentado. El Eln, con fuertes bases sociales en muchos territorios, es aún inmaduro para aprender que no tiene apoyo para su lucha armada contra el Estado. En vez, la sociedad colombiana ve sus pronunciamientos como cinismo.

Entonces es evidente que hay dos grandes rompimientos de confianza que hay que enmendar. Dos hilos rotos, como diría Carlos Arturo Velandia. El primero va desde el Estado hacia el Eln, y el segundo desde el Eln hacia la sociedad colombiana. La confianza para el futuro se ve atravesada por el cumplimiento del protocolo de rompimiento de los diálogos y la implementación del Acuerdo Final, mostrando que es válido confiar en el Estado pues todos los gobiernos cumplen sus compromisos.

El posible recrudecimiento de la guerra no puede ser excusa para el incumplimiento del Acuerdo Final, sobre todo en los puntos de reintegración y del desarrollo rural. Por su lado, el Eln tiene que entender el sentir de la sociedad colombiana ante la violencia. Jamás se logrará aceptación popular al diálogo si esta guerrilla no deja el terrorismo y el secuestro, liberando pronto a todos los secuestrados, sin intentar justificar los actos con razones de la guerra.

Por nuestro lado, la sociedad civil tiene que buscar abrir recordar a ambos lados la necesidad de crear confianza y volver a abrir espacios de diálogo para la paz. No podemos perder la posibilidad de la mesa de negociación de vista, ese es nuestro horizonte: solo una salida negociada terminará la matazón de jóvenes en la fuerza pública y la guerrilla, líderes sociales, y colombianos en general, cansados de esta guerra.