¿Nos quieren polarizar?

Todos los días, a toda hora, a través de todas las formas de comunicarse posibles, me repiten que Colombia es un país completamente polarizado y que sólo entiende de extremos. A mí la intuición me dice que la realidad política de mi país no es tan sencilla. Voy a explicar mi razonamiento.

Por: Alejandro Jiménez*

El 12 de marzo de 2018 revisé los resultados de las elecciones para el Congreso de la República y ví que, a pesar de que varios partidos consiguieron una cantidad abultada de congresistas, trece propuestas políticas y visiones de país estaban representadas. A las que hay que adicionar a la Farc, que esta vez pondrá su proyecto en la discusión democrática de forma abierta y franca, sin recurrir a las armas.

La Cámara de Representantes, que resultó ser la más diversa en términos de cantidad de partidos y movimientos políticos que la conforman, tiene miembros que pertenecen, en orden de cantidad de curules, a los siguientes partidos y movimientos: Liberal, Centro Democrático, Cambio Radical, Partido de la U, Conservador, Alianza Verde, MIRA, Polo Democrático Alternativo, Opción Ciudadana, Lista de la Decencia, Colombia Justa Libres y Movimiento Alternativo Indígena y Social.

Es claro que la participación en política en elecciones legislativas en Colombia ha tendido hacia la agrupación de candidatos en colectividades; pero nuestro panorama electoral está lejos del unanimismo característico de ejercicios electorales en otros. Que trece partidos políticos hayan conseguido superar el umbral electoral para participar en el Congreso muestra que hay, por lo menos, trece proyectos políticos de país que tienen eco en la ciudadanía, algunos más distintos que otros. A estos hay que sumar aquellos de las minorías que no pueden alcanzar este umbral y continúan confirmando la deuda histórica que tenemos como sociedad con ellas.

A pesar de lo anterior, durante los días siguientes, a toda hora, a través de todas las formas de comunicarse posibles, me seguían hablando de un país polarizado, esta vez por dos consultas para elegir candidatos presidenciales. De alguna manera, a pesar de haber elegido movimientos políticos bien distintos para el Congreso de la República, volvieron a clasificar mi país en dos bandos. Con la clásica distinción entre izquierda y derecha nos dijeron cuáles eran las únicas dos propuestas políticas entre las que Colombia tendría que elegir, olvidándo no sólo las otras seis candidaturas presidenciales vigentes, sino invisibilizando los resultados legislativos.

A pocos se les ocurrió hablar en otros términos, distintos a los de los extremos. Casi nadie habló de “la consulta en que participaron Gustavo Petro y Carlos Caicedo” por un lado y “la consulta en que participaron Marta Lucía Ramírez, Iván Duque y Alejandro Ordóñez” por el otro. Ni se le ocurrió utilizar el nombre que cada grupo de candidatos decidió para su consulta (por más rídiculos que fueran). O tan siquiera presentar a quienes participaban como miembros de un partido o movimiento político determinado. Tenían que encasillarnos otra vez en esa guerra fría tropical que sólo existe en Twitter, los portales de fake news y la cabeza de algunos colombianos.

Para eso, como antes del 2 de octubre de 2016, día del plebiscito por la paz, usaron las redes sociales, el megáfono del miedo y la difusión de información parcializada, falsa u oscura.

Se me hace difícil pensar que Colombia es una lucha en que sólo dos bandos, opuestos diametralmente en lo que quieren, se pelean por el corazón de los colombianos. Más cuando ya ví los resultados del 11 de marzo. Creo que somos más complejos, más ricos en argumentos y propuestas, menos simples en clasificaciones y reivindicaciones. Francisco Gutiérrez lo decía hace poco, el eje derecha-izquierda sigue siendo útil para explicar la política colombiana, pero ahora hay muchas otras dimensiones que hay que tener en cuenta.

El 11 de marzo me mostró que Colombia no es el laberinto que pintan todos los días, todo el día, a través de todas las formas de comunicarse posible, para el que sólo hay dos salidas: la extrema izquierda o la extrema derecha, la democracia o el comunismo, la prosperidad o la debacle económica. Que la polarización no es intrínseca, ni a la sociedad colombiana ni a los ciudadanos colombianos, que cuando nos dan varias opciones, pensamos y decidimos distinto, fuera de esos extremos que señalan como los únicos existentes.  Que no estamos polarizados, nos quieren polarizar. Parece que alguien o algo lo quiere hacer y lo está logrando; basta revisar la diferencia entre las las encuestas presidenciales previas al 11 de marzo y las posteriores.

Trece opciones políticas diferentes con representación política en el Congreso por haber sido escogidas a punta de votos me enseñaron que los colombianos, en política, somos diferentes, diversos y complejos. Mi pregunta no es entonces, como en el título, si nos quieren polarizar. Es por qué y para qué.

PS. Este mes vi el hermoso ejercicio de construcción de memoria y reconciliación que están impulsando Alejandra Borrero y Casa E: Victus. Un grupo de personas, involucradas de una manera u otra en el conflicto armado colombiano, me mostraron que la guerra, con rostro, se piensa diferente.

 

*Investigador de Dejusticia